Publicado ayer en Día Siete.

A la pregunta “¿para qué sirve el arte?” Susan Sontag solía responder: “no para hacernos mejores personas.” Agregaba un ejemplo: los nazis atizaban el horno del Holocausto durante el día y escuchaban a Bach o leían a Goethe durante la noche. No añadía –aunque podría haberlo hecho– que los líderes del partido también contemplaban, al volver a sus casas, las pinturas y esculturas que habían robado en toda Europa. Porque a lo largo de 12 años el Estado alemán implementó una sistemática política de saqueo y destrucción del legado artístico de Occidente. Auspiciados por la curiosidad artística de Hitler, muchos nazis se lanzaron a formar ilegítimas colecciones particulares. Oficialmente, se pretendía algo más monstruoso: reunir una inmensa cantidad de arte para luego exponerla en la desmesurada ciudad que Hitler deseaba levantar en Linz. Peor aún: durante la Segunda Guerra Mundial no sólo la avaricia de los nazis atentó contra el arte. También las bombas y el fuego y la vileza extinguieron innumerables obras.

Acaba de estrenarse en Estados Unidos un inteligente documental sobre el asunto. La película, The Rape of Europe (2006), es lo que es: una cinta sencilla y directa, armada a la manera de los documentales televisivos, sin pretensiones ni propuestas radicales. Hay, como es costumbre, una voz en off –de Joan Allen– y entrevistas con académicos y conocedores. Hay, cosa rara, tres directores –Richard Berge, Bonni Cohen y Nicole Newnham– y una exhaustiva investigación previa: el libro homónimo de Lynn H. Nicholas. Hay, por último, una trama que se desarrolla cronológicamente y cientos de fotografías que la ilustran. Así está bien: el tema es lo suficientemente abrumador como para agregarle más drama. Abrumador y, de algún modo, hermoso: al tiempo que el nazismo y la guerra se ensañaban con el arte, un grupo de individuos se fatigaba en todo el mundo para salvar las obras. Cuando las bombas se aproximaban, ellos vaciaban los museos, encerraban al David entre ladrillos, arrastraban a la Victoria Alada de Samotracia escaleras abajo en el Louvre. Cuando los bombardeos ya habían pasado, recorrían las ruinas para identificar las obras destruidas, restaurar las dañadas, proteger las que habían sobrevivido. Pese a su esfuerzo, predominó la destrucción: la casa-museo de Tchaikovsky fue vuelta una taller de motocicletas; un puente delineado por Miguel Ángel fue tirado después de tres intentos en Florencia; miles de obras fueron destruidas mientras los nazis abandonaban derrotadamente las ciudades.

Una tesis se consolida a lo largo de la película sin necesidad de ser pronunciada: la guerra tuvo, entre otros motivos, propósitos artísticos. No sólo se deseaba imponer el dominio ario: Hitler deseaba construir la más imponente de las ciudades y exhibir en ella todas las piezas secuestradas. Está comprobado que ciertos criterios estéticos rigieron los bombardeos: las ciudades que –según los prejuicios nazis– no poseían obras importantes eran arrasadas; otras fueron primero saqueadas y después destruidas; unas más se libraron de los ataques sólo porque así lo quiso el gusto artístico de Hitler. También en esto triunfa la película: ofrece un infrecuente retrato del Führer. Se recuerda desde un principio su fallida vocación artística: en su juventud quiso ser pintor y fue despreciado. Se sugiere que, frustrada su vocación, se vengó convirtiéndose en el crítico y curador más avieso de la historia. Fue el crítico más radical: destruyó todo aquello que no le complacía. Fue el curador más poderoso: planeó un magno museo y robó obras para tapizar sus paredes. Fue un espectador irreparablemente miope: aunque algo conocía de arte germánico, jamás pudo disfrutar el arte moderno.

En el bando contrario destacan dos personajes, ambos heroicos. La primera es Rose Valland, una mujer francesa de rasgos comunes y anteojos redondos. Durante la Ocupación, Rose colaboró con la Resistencia de un modo insólito: mientras fingía trabajar para los alemanes en el museo Jeu de Paume –donde éstos acumulaban las obras que saqueaban–, vigilaba el destino de las piezas, tomaba nota de los lugares a las que eran enviadas, evitaba que la Resistencia volara los trenes donde viajaban las obras. El otro personaje es el estadounidense Deane Keller, acaso el más notable de los Monument Men. Su tarea era la de sus colegas: acompañar al ejército de Estados Unidos para impedir que éste destruyera obras de arte y monumentos históricos. Hubo triunfos invaluables: los aviones norteamericanos lograron bombardear la estación ferroviaria de Florencia sin dañar el Duomo, a un costado. Hubo numerosas jornadas de trabajo: a su paso por las ciudades europeas, Deane evaluaba el grado de devastación y ordenaba la restauración de las obras. Hubo una mañana en Pisa que resume todo el horror y la belleza de esta historia: tras contemplar que la Torre Inclinada seguía en pie, descubrió que, a un lado, el Campo Santo yacía en ruinas, sus célebres frescos ya desaparecidos. Aun hoy un puñado de individuos se empeña en restaurar aquella Europa.

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