Fragmento de un ensayo sobre la “nueva” narrativa mexicana que publiqué en Quimera y Confabulario. 

Que los países están al fin rebasados. Que las literaturas nacionales están agotadas. Que todos somos uno y uno es, felizmente, contemporáneo de todos los hombres. Si un discurso marca a la generación de los setenta, ése es el de la globalización literaria. Mejor todavía: no el discurso sino la certeza. Antes de discutirlo, ya se sabe: da lo mismo estar en Argentina, Italia o Mexiquito, uno escribe como le pega la gana. Venturosamente –se intuye– las exigencias nacionalistas se han desvanecido y nada obliga ya a un mexicano a escribir como mexicano. Ninguna cuota de exotismo debe ser cubierta: el mercado compra hoy casi cualquier cosa, lo mismo las viejas novelas folcróricas que las esquemáticas divagaciones de un coreano sobre Persia. Existe, entonces, un poderoso circuito editorial internacional y la mayoría, me temo, escribe para complacerlo. El asunto es importante: pretenderse un escritor global supone escribir para un lector también globalizado. Las generaciones anteriores escribían, en principio, para sus vecinos; buscaban incidir, antes que nada, en sus vecindarios porque entendían que sus literaturas nacionales eran la parte que les tocaba de la Literatura. Ahora se escribe, mayoritariamente, para un lector sin atributos: ese lector global que, en teoría, está en todas partes y, sin embargo, no está en ningún lado; dueño de todos los idiomas y, al mismo tiempo, de ninguno; hombre o mujer, asiático o neoyorquino, melancólico o rabioso, siempre disminuido. Se escribe para todos y, simultáneamente, para nadie.

El lector global es dueño de todos los idiomas y, al mismo tiempo, de ninguno. Oculto en Pekín o Miami, antes que literatura, lee traducciones. Aparte eso: los escritores nacidos en los años setenta se enfrentan, como tal vez ningún generación antes, a un horizonte donde la traducción de sus obras a otros idiomas es cosa corriente. Hoy casi cualquiera puede ser vertido a otra lengua: la traducción se ha democratizado. Escribir al tanto de esto es –puede ser– más bien nocivo: anticipando su traslación a otro idioma, el narrador entrega justo eso, productos traducibles. Para facilitarle el trabajo al traductor, sacrifica aquello que más resistencia podría oponerle: las exploraciones formales, los caprichos del idioma, la íntima sabiduría de la lengua. Muy visiblemente, el campo de batalla se ha desplazado en los últimos años: la mayoría de los nuevos narradores, antes que batirse radicalmente contra el lenguaje, gasta sus municiones en otros escenarios. Los más ramplones parecen creer que da lo mismo escribir en un idioma u otro, como si el español y –por ejemplo– el alemán respiraran del mismo modo. El resto, salvo excepciones, no está dispuesto a marginarse de la fiesta produciendo obras intraducibles. Abunda por todas partes, en consecuencia, una prosa abúlica y apagada. Walter Benjamin explicaba que las obras de arte, al ser reproducidas, pierden su aura. Así, como si hubieran sido despojadas de un algo sagrado, lucen muchas de las escrituras contemporáneas: antes que originales, parecen lerdas, rasposas traducciones de otras lerdas, rasposas traducciones.

Allí, uno de los retos: ¿cómo oponerse al discurso de la globalización literaria sin volver a un nacionalismo ya caduco? Entre los nuevos narradores mexicanos ninguno ha respondido a esta pregunta. Se entiende: la cuestión es irresoluble. Porque jamás terminaremos de definir nuestras diferencias y semejanzas con los otros, eso no se exige. Se demanda cierta incomodidad, una postura combativa ante aquellos discursos obstinados en oponernos a los otros o en fundirnos, insípidamente, con ellos. En América Latina las generaciones anteriores ganaron su batalla: cuando las metrópolis les exigieron mantenerse exóticas y periféricas, conquistaron su derecho a ser significativamente universales. Ahora que el discurso dominante insiste en que todos somos tediosamente iguales, nuestra lucha debería ser la contraria: defender las diferencias. Habría que demostrar, en el ejercicio de la escritura, que no es lo mismo pensar en castellano que en otro idioma. Habría que divulgar, no como disculpa, que no es lo mismo escribir en París que en Oaxaca (el francés, atendido por el mundo, trabaja creyéndose en el centro; el mexicano, vapuleado por el mismo antiintelectualismo de su país, no aspira más que al dudoso reconocimiento de los españoles). Habría que repetir, contra los dóciles, que se escribe siempre aquí, siempre ahora.

Por lo pronto, una contradicción: se anuncia que los países están ya rebasados y, sin embargo, nada ha sido superado. Basta mirar a los nuevos narradores mexicanos para que el anuncio se desmorone: el país es aún un problema, el país no ha sido superado. Al revés: si algo asombra, es la incapacidad de estos autores para producir una imagen más o menos convincente de México. Son ya muchas sus obras y todavía ninguna contiene una vívida representación del país y sus ciudades. Hace años los jóvenes del boom despachaban este asunto sin problemas: a la vez que levantaban sus desmesuradas catedrales narrativas, entregaban notables, apasionados retratos de Lima, La Habana o la ciudad de México. Hoy lo más común es la fuga, el desdén por cierto realismo, la renuncia a representar el escenario más inmediato. Es improbable que alguna otra generación haya dedicado más esfuerzo que ésta a crear espacios autónomos, paralelos. La mayoría de los nuevos narradores mexicanos ubican sus ficciones en sitios fantásticos o en vagas tierras de nadie. Así lo hace David Miklos en sus dos novelas: funda Puerto Trinidad para depositar allí, a salvo de la sordidez, sus obsesiones más románticas. Así lo hace Vivian Abenshushan (ciudad de México, 1972) en los relatos de El clan de los insomnes (2004): obliga a sus personajes a deambular por un mundo indeciso, más cercano al sueño que a la vigilia. Así lo hace Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) en Belleza roja (2006): fabrica un escenario narrativo que debe más al cine y a la literatura que a la realidad fáctica. (No lo hace así Tryno Maldonado [Zacatecas, 1977], que a la manera del crack ubica su novela Viena roja [2005] en un esquemático país extranjero.) Casos más sorprendentes son los de Antonio Ortuño en El buscador de cabezas y Martín Solares (Tampico, 1970) en Los minutos negros (2006): ambos escriben obras de algún modo realistas, motivadas por ciertas preocupaciones políticas, y sin embargo también echan mano de un recurso alegórico: el primero crea una imprecisa ciudad para castigar a las derechas latinoamericanas; el segundo añade algunas señas ficticias al México que retrata. ¿Alegoría o fuga? Más bien lo segundo.

Quien sólo lea las primeras cien páginas de El huésped podría afirmar que allí hay, por fin, un elocuente retrato de la ciudad de México. Es verdad y, sin embargo, la malograda segunda parte de la novela sólo corrobora el punto: en tiempos de la globalización literaria, nuestros narradores apenas si saben representar el suelo que pisan. Lo que empieza, en la obra de Nettel, como un contenido relato familiar termina en una inverosímil estampa del D.F. Suerte semejante corren, en sus respectivas novelas, Ortuño y Solares: recargan demasiado la pluma, terminan entregando una alegoría tan intensa del país que justo eso, el país, nunca aparece. ¿Qué ocurre? Ocurre que México es hoy un páramo y nuestros autores más jóvenes no parecen aceptarlo. La novela moderna mexicana nació para relatar una gesta, la Revolución, y así, heroica, parecería querer quedarse. Ahora que la Revolución, el indigenismo y el priísmo –que tantas obras provocaron– se han desvanecido, muchos de nuestros narradores se fatigan, sin fortuna, con el tema del narcotráfico. Muy pocos parecen dispuestos a narrar lo que hay: un país cada vez menos pintoresco, aburridamente democrático, casi inocuo. Para no relatar apenas eso, una parte de los escritores jóvenes huye hacia espacios ficticios y la otra, en teoría más realista, no se resigna a perder cierto exotismo. Al final, nadie atiende lúcidamente el aquí y ahora: Solares regresa al príismo más tópico, Nettel coquetea con la idea de que en México todo es surrealista y Ortuño imagina improbables tiranías fascistas. ¿Habrá finalmente un lúcido capaz de pronunciar esto, todo esto?

Comentarios

2 comentarios para “Aquí, ahora”

  1. Viridiana en Mayo 3rd, 2008 9:04 pm

    ¿Cuál es la preocupación en ser tan apocalipticos con la nueva narrativa mexicana?
    La visión de ¿qué va a pasar con los escritores que prefieren albergarse en lugares fantásticos? me parece parte de un proceso necesario para replanterse qué sigue, como todo ciclo histórico, no faltaran los genios en las letras, no lo dudo, y aunque no vivimos en los tiempos post revolucionarios (pero muy probablemente si gestores de una nueva revolución), de gobiernos priístas, que pueden ser referentes para marcar pautas en la letras, no creo que las dolencias de un país sean las definitivas.
    El que las letras sean globales, como todo, traen sus riegos, pero si no fuera gracias a las traducciones no hubieramos conocido la grandeza de otros poetas y escritores, ¿qué si se escribe para complacer y para vender? pues si, pero no le veo el riesgo a este fenómeno, el que la gente prefiera leer a Cohelo, Brown, King, incluso a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, es muy su pedo, pero lo que ustedes como escritores no se han dado cuenta, es que esa gente que lee a estos cuates, es muy probable que en el futuro los lea a ustedes, incluso que termine comprando uno de tus libros.
    El lector que consume libros para entretenerse, es un lector que en potencia, podrá elevar su nivel de lectura a futuro, y tal vez sea él mismo quien se de cuenta que es necesario tener una higiene mental, pero, para ello tuvo que haberse manchado.
    Critican que los mexicanos leen poco, ciertamente, y lo poco que leen son libros que venden mucho y tienen escaso contenido o son de superación personal, porque cada día somos gente más deprimida, pero lo que importa es que ya rompieron una barrera y esa, aunque sea mínima, es que se abra una posibilidad para que un lector crezca y con ello permita la subsistencia de ustedes queridos ESCRITORES.
    Eso quise decir ayer en el encuentro de escritores en Oaxaca, pero ni me pelaron, no deberían tratar a los lectores como meros consumidores, sino como personas-pensantes que en potencia pueden ser sus lectores y sobre todo sus mejores críticos, un saludo.

  2. Doug en Mayo 12th, 2008 11:04 am

    zzzzzzzzzzzzzzzz

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