Publicado hoy en Día Siete.

Texto: Rafael Lemus

Alguien dijo alguna vez que sólo necesitaba dos imágenes para escribir una película: una pistola y una mujer, ambas letales. Francois Ozon (París, 1967) podría afirmar, vanidosamente, algo más extremo: basta casi nada, apenas una persona o un atisbo del mar, para filmar una cinta cada año. Ozon, ya es obvio, hace cine. Ozon, no es difícil anticiparlo, es francés. Ozon ha compuesto, desde sus primeros cortometrajes, una obra amplia y plural, a veces mordaz y de pronto emotiva, sostenida siempre en anécdotas sobrias y sencillas. Una mujer que pierde a su esposo, un esposo que no soporta más a su mujer, ocho mujeres en una casa, tres personajes en un departamento, una familia: casi cualquier cosa ha servido a Ozon para abultar su obra y andar, celébremente, de un festival al siguiente. Su constancia, común en Hollywood pero rara en Europa, hace pensar en Claude Chabrol. Claude Chabrol, por cierto, dijo alguna vez: me bastan dos imágenes, una pistola y una mujer, para escribir una película.

Si uno mira las películas más recientes de Ozon, uno piensa: el hombre es un director emblemáticamente francés. A la manera de Francois Truffaut, es fino y elegante y, de pronto, púdicamente sentimental. Como Eric Rohmer, es temperado y sobrio y, sin falta, crítico. El hombre sabe, además, de literatura. O eso parece. El lugar común señala que todo cineasta galo brillará –en oposición al gringo– al componer dramas, delinear personajes, revelar los tediosos resortes de la condición humana. Ozon no decepciona: sus cintas –escritas siempre por él– poseen, además de una intachable estructura dramática, inteligencia literaria. Piénsese en Bajo la arena (2000): el duelo y desamparo de una viuda (Charlotte Ramplimg) es referido con pulso maestro, en estampas despojadas, sin apenas paja. Piénsese en 5×2 (2004): el ascenso y la caída de una pareja (Valeria Bruni Tedeschi y Stéphane Freiss) son registrados con tal rigor que uno recuerda, casi naturalmente, Escenas de un matrimonio (1973) de Ingmar Bergman. Porque Ozon prefiere a las mujeres como protagonistas, algunos han pensado en Pedro Almodóvar. Más exacto sería decir George Cukor: templanza y potencia dramática.

Si uno mira sólo sus últimas películas, uno no entiende apenas nada. Además de estas cintas elegantes, Ozon ha realizado otras, menos delicadas y más incisivas. Sin la furia de Jean-Luc Godard o el arrojo de Alain Resnais, su obra también se inscribe dentro de la vanguardia francesa. ¿Su aportación? La revisión, siempre cáustica, a veces inusitada, de algunos dispositivos dramáticos. Lo mismo en Sitcom (1998) que en Los amantes criminales (1999), el propósito es reflexivo: desentrañar la mecánica de ciertos lenguajes audiovisuales (la comedia televisiva en un caso, el cine de horror en el otro). Algo semejante puede decirse de Ocho mujeres (2002) y Swimming Pool (2003): son dos enérgicos ejemplos de metacine, ejercicios que reflexionan sobre el cine desde el cine mismo. La primera cinta reúne a Catherine Deneuve, a Isabelle Huppert y a Virginie Ledoyen sólo para descubrir, entre sus faldas, los mancillados resortes del melodrama; la segunda mezcla la madura belleza de Charlotte Rampling con la perturbadora adolescencia de Ludivine Sagnier apenas para estudiar, a la orilla de una alberca, el repetido mecanismo de la narrativa de misterio. ¿Parece poco? Es más bien mucho: un cine consciente de sí mismo y, sin embargo, recurrentemente visitado por la Gracia.

Antes de escribir la primera de sus novelas, el colombiano Fernando Vallejo se fatigó en la redacción de otro libro: una morosa gramática del castellano. Como si no quisiera emplear el idioma sin antes exhumarlo, estudió pacientemente sus tópicos y sus recursos. Casi lo mismo ha hecho Ozon: para filmar sus películas más recientes, despojadas y emotivas, se paseó antes por un cine más reflexivo y especulativo. Sólo tras haber revisado el funcionamiento del melodrama se ha atrevido a realizar películas melodramáticas. Así, como un cine ya directo, resultado de aquellas exploraciones, puede entenderse Tiempo de vivir (2005), la película de Ozon próxima a estrenarse. Su tema: la muerte, como en Bajo la arena, primera parte de la trilogía que esta nueva cinta continúa. Su anécdota: la desventura de un joven, fotógrafo y homosexual, cuando descubre que morirá pronto, a causa de un fulminante cáncer. Su factura: sobria, casi minimalista, atestada de perturbadores silencios. El resultado: un Francois Ozon extremo, es decir, cine inteligente, es decir, cine.

Comentarios

Un comentarios para “Tiempo de Ozon”

  1. Marichuy en Junio 20th, 2007 9:45 am

    A mí me encantó Tiempo de vivir, me parece sobria y conmovedora al mismo tiempo. Sin embargo, he leído cada críitica, por ejemplo:
    ¿Podra usted creer que un crítico (Javier Cruz en el Universal) opinó que Tiempo de Vivir es pura sensiblería preciosista. Yo, al leer esto, me pregunté si este señor Cruz no vería otra película con título homónimo.

    Saludos

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