Ago
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En la imagen, Alonso Quijano lee. Lee un libro. Lee una novela de caballerías mientras sostiene, en la mano derecha, una espada. El acto, que según los cursis debería ser apacible, es tormentoso: jinetes, soldados, espectros –desprendidos todos del libro– amenazan, o al menos cercan temiblemente, su lectura. No es difícil imaginar un grabado adicional, también de Gustave Doré, con Cervantes escribiendo el Quijote. De no ser manco, Cervantes aparecería sosteniendo con una mano la pluma y con otra la espada. Porque no sobra, nunca, la espada. Porque no se escribe, nunca, plácidamente. Porque otros monstruos, rara vez nacidos de la imaginación, amenazan la escritura. Escribir es -para decirlo melosamente- combatir. En este caso, contra los engendros del presente: la corona española, el malevo feudalismo, la diaria condena de estar vivos. Hoy, contra los nuevos, y no obstante idénticos, engendros del presente: la república mexicana, el malevo capitalismo, la diaria condena de estar vivos. Se escribe siempre aquí. Siempre ahora.
(Arranque de un ensayo que publicará muy pronto la revista española Quimera a propósito del Fet a Mèxic.)


