Publicado en Día Siete.

Ésta es la ficha técnica. Película: The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (2007). Director: Andrew Dominik. Reparto: Brad Pitt, Casey Affleck, Sam Rockwell, Jeremy Renner, Sam Shepard. Sinopsis: los últimos meses de vida del bandolero Jesse James (1847-1882) y su asesinato a manos de Robert Ford, miembro de su pandilla. Ésta es la verdad: la cinta no ofrece novedad alguna. Más de treinta películas han gastado la figura de Jesse James y todas presumen lo mismo: ser más rigurosas y verídicas que las anteriores. Esto es lo importante: The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford es una película maestra.

Aunque la cinta sigue minuciosamente el ocaso de Jesse James, ése no es su mérito mayor. Su triunfo es casi abstracto: no el retrato de un personaje de carne y hueso sino la puesta en escena –asombrosamente inteligente– de la eterna trama de la víctima y el verdugo. En teoría, todo está claro. El título señala: hay un asesino, Robert Ford, y un cadáver, Jesse James. En realidad, todo es más oscuro. La víctima, Jesse James, es también un verdugo: asalta bancos y trenes, asola pueblos, despacha a sus compañeros. El verdugo, Robert Ford, es además una víctima: padece la creciente furia de su líder e, incluso después de asesinarlo, debe soportar el unánime escarnio público. Ocurre otra inversión: el delincuente, ya muerto, se vuelve un héroe y el hombre que lo ajustició, un traidor. Inversión y distorsión: al mismo tiempo que el gobierno estadounidense separa al mundo en nobles y malevos, esta cinta entrega un contundente elogio de la ambigüedad. Libre de maniqueísmo, todo deviene una danza siniestra en la que víctimas y verdugos se acercan, se amagan y terminan por confundirse.

Los más moralistas resentirán ese baile, exigirán castigo, extrañarán un mundo falsamente nítido. Nadie, sin embargo, podrá acusar de inmoralidad a esta cinta. Es lo contrario: un filme tan inteligente que incluso se cuida de no estetizar el crimen. Son pocos los pasajes violentos y son siempre dramáticamente necesarios. Además: no se celebra –como es costumbre– al villano solitario y romántico. No estamos, por fortuna, ante un tardío himno contracultural, capaz de refrendar aquellos versos de Bob Dylan: “Well, I look like a Robert Ford / But I feel just like a Jesse James.” No estamos, tampoco, ante aquellas películas de los años sesenta y setenta (Bonnie and Clyde, Badlands, Dog Day Afternoon) que hacían del criminal un anacrónico hijo de James Dean. The Assassination of Jesse James… es algo más clásico y olvidado, un western crepuscular obstinado en tender una sombra espesa sobre todas las cosas. Su virtud es su dureza: no exalta ni condena, sencillamente suspende el juicio moral. Como no chapotea en valoraciones éticas, ocupa su tiempo en afinar su propuesta estética. También eso: esta cinta es, visualmente, una de las obras más atractivas del último Hollywood. Con una apariencia casi documental, consigue una suerte extraña: emplear numerosos recursos sin desbarrancarse en el efectismo. Si se distorsiona la imagen, se utiliza un filtro o se bambolea la cámara, es porque la trama demanda filtros y temblores y distorsiones.

Una superstición contemporánea nos obliga a desdeñar el trabajo de los actores. Se piensa: lo fundamental en una cinta es la dirección. Se sospecha: con tantos recursos visuales y sonoros, el peso de las actuaciones es secundario. No aquí, no ahora. The Assassination of Jesse James… es una película extraordinaria sólo porque las actuaciones principales son extraordinarias. Para expresar los innumerables matices de la relación entre la víctima y el verdugo era necesario contar con dos actores capaces de todos los registros, y se optó por dos, en apariencia, inapropiados: Brad Pitt, regularmente un plomo, y Casey Affleck, cuyo único atributo era ser hermano de un actor deleznable. Ya se sabe: Brad Pitt está brillante y Casey Affleck, más que eso. Si aquél dota a su personaje de un temperamento hermético e imprevisible, éste va y viene de la ira a la devoción al pánico en una misma toma. Importa detenerse en las actuaciones, además, para no olvidar un detalle: que Brad Pitt presta su rostro a un delincuente. El fenómeno –estrellas que interpretan a villanos– es tan viejo que hemos dejado de notarlo. Pero aún es elocuente: revela la naturaleza contradictoria de Estados Unidos. La estrella y el villano se trenzan en un mismo rostro; la creación y destrucción ocurren simultánea, permanentemente. Esta película recuerda: mientras medio país permanecía civilizadamente en el este, la otra mitad avanzaba hacia el oeste, asolando a los indígenas, empezando de nuevo. Esta película pregunta: ¿qué predomina ahora: la creación o la demolición? Esta película responde: no hay manera de saberlo; es tarde y todo ha terminado por disolverse en una densa, inextricable penumbra.

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