May
27
Publicado hoy en Día Siete, en la columna “Vida en un cuadro”.
Texto: Rafael Lemus
Empezaré con una confesión: no puedo olvidar, no, una imagen de Grizzly Man. La cinta, se sabe, es documental y ocurre, casi enteramente, en Alaska. El protagonista, Timothy Treadwell, es –por decirlo de algún modo– un naturalista tan demente como entrañable: vive a solas con los osos, se cree a salvo entre ellos, filma obsesivamente sus movimientos. Una de esas imágenes, breve y espontánea, es pura genialidad. Así la recuerdo: Treadwell posa su cámara en el suelo, entre algunas hierbas, y se aleja lentamente. Lo vemos detenerse cerca de unos árboles y unas piedras. Lo vemos mirar fijamente la cámara. Lo vemos decir algo, cualquier cosa, sobre los osos y la demasiada vida. Cuando Treadwell se marcha –porque abandona, apurado, la escena– la cámara continúa filmando: las hierbas, los árboles, las piedras. Pasan dos, tres estáticos segundos y, de pronto, una ráfaga de viento sacude todo lo verde. Una hermosa coreografía, cierta música impensada. Una voz –la del narrador y director de la cinta, Werner Herzog– nos advierte: es la improvisada belleza de la naturaleza. Eso es lo que no consigo olvidar: el repentino rumor del mundo. Eso es lo que no dejo de extrañar: un cine capaz de registrar la existencia física de los elementos.
Es válido extrañar ese cine. Alguna vez lo hubo. Alguna vez fue incluso frecuente. Antes del desencanto, cuando los héroes, el cine era épico. Había, repetido aquí y allá, un magno tema: el hombre y la naturaleza. Había, en algunos directores, una convicción: para qué decir a este o aquel individuo si podemos decir el mundo. Había una estética propicia: amplios planos contemplativos, feroces travellings a través de algún tupido bosque, despojadas tomas del descampado. Piénsese, por ejemplo, en las películas maestras de Akira Kurozawa. Piénsese en la agreste belleza de los westerns. Piénsese, más allá del cine, en aquella certeza de Borges: lo épico vence a lo erótico. El cine actual se obstina en creer lo contrario: prefiere lo nimio –el retrato psicológico, la fábula moral, el divertimento amoroso– sobre la épica. Aun cuando se atreve a delirar, es comedido: ubica sus tediosas epopeyas en un futuro improbable, siempre desprovisto de elementos naturales. Casi ningún cineasta luce dispuesto a registrar aquel rústico murmullo del mundo. Casi ninguno desea hundir al espectador en aquella experiencia, indecible y sagrada, de la épica. Pertenecemos ya, exclusivamente, a la sedante vida cotidiana.
A la hora de registrar la naturaleza, el cine titubea. Comunicar la pasmosa existencia del mundo, transmitir las sensaciones físicas más básicas, son tareas imposibles para casi cualquier cineasta. Hay un obstáculo técnico: las cintas, siempre planas y retinianas, no huelen ni saben ni son tangibles. Hay un obstáculo artístico: los camarógrafos más pedestres registran una realidad lisa, sin texturas, ya muerta. Para resolver estas dificultades, algunos empresarios desalmados han ideado torpes artificios: la tercera dimensión, las pantallas circulares y, en algún momento, hasta el cine odorífico. Patrañas todas. El reto es crear un cine matérico, capaz de expresar la realidad material de las cosas incluso en contra del cine mismo. Películas casi asibles, eso se desea y se extraña. No obstante, más allá de ciertos documentalistas científicos, pocos realizadores parecen ocupados en esa tarea. Una excepción es Werner Herzog (Munich, 1942). Allí está, como ejemplo, Grizzly Man (2005) pero no sólo eso: también Aguirre, la ira de Dios (1972) o Fitzcarraldo (1982), dos épicas majestuosas. Aun ahora su nueva película, Rescue Dawn (próxima a estrenarse y situada durante la guerra de Vietnam), promete una factura semejante: una jungla espesa, un soldado exhausto, el hombre y los elementos.
Hay un arte panteista, enamorado de la naturaleza: el land art y sus intervenciones en el campo, las playas, los glaciares; las pinturas de Antoni Tápies, hechas con tierra, paja, follaje; algunas piezas de Gabriel Orozco, con huesos, conchas, espumas. En todos ellos despunta, antes que un ánimo metafísico, una lúcida aceptación del mundo. Entienden: una piedra es una piedra es una piedra. Celebran: el íntimo esfuerzo de la piedra para seguir siendo piedra. Un temperamento afín, primario y poético, descansa en el cuerpo de uno de los cineastas vivos más grandes, Terrence Malick. Malick (Texas, 1943) es eso que extraño: un artista que, en vez de decirse a sí mismo, se empeña en pronunciar el mudo rumor de las cosas. Obsesivo y minucioso, ha dirigido sólo cinco películas, todas al tanto de lo realmente existente. La última de ellas, El nuevo mundo (The New World, 2005), es una obra maestra, acaso una de las dos o tres cintas ya memorables de este siglo. Inútil intentar describirla: su poesía –espléndidamente registrada por el mexicano Emmanuel Lubezki– es concreta y, no obstante, indecible.
Antes de que expire la primavera, un cándido homenaje a dos grandes: Werner Herzog, Terrence Malick. Sólo eso.

