Publicado en La Tempestad, n. 34, 2004.

Me llamo Rafael y soy adicto a las drogas. En realidad, no a todas, apenas a una. Nunca he consumido… y menos… No encuentro motivo para hacerlo. Conozco gente que las consume y, al menos desde mi mundo, no lucen felices o especialmente emulables. Más bien al contrario: tienen el rostro idiota y los ojos tan extraviados como los míos. Hay, debe haber, otras drogas, pero no sé nada de ellas. La mía es legal, médica, felizmente anticlimática. Es azul, como el cielo, aunque no me levanta un centímetro del piso. Pesa lo que una aspirina y contiene diez miligramos de mesura. Se llama a veces Valium y otras Xanax, Traxene o Centrax. Es, se dice, una benzodiazepina y funciona, digo yo, como un preciso ansiolítico. Basta tomar una tableta y el tiempo, obediente, se distiende. Pasa un minuto y luego otro, sin misterios ni delirios. Prevalece la tranquilidad, la monotonía, el fijo transcurrir de los segundos. Nada pasa, salvo la vida, vacía, sedada.

Recuerdo la primera vez en que consumí, dichosamente, un tranquilizante. Era un verano atroz o un invierno infame. Alguien había ganado una guerra o acaso no hubo guerra alguna. Yo tenía veinte años y el mundo se caía a pedazos. Una mujer, de piernas suntuosas, se había marchado de mi vida. La extrañaba, sufría. Pensé en aprender de mi sufrimiento y aprendí, en efecto, algo básico: el dolor es omitible. Caminé, abatido, a una farmacia, y compré, sencillamente, consuelo. Ingerí mi primera dosis de Valium como quien descubre América: embriagado por el hallazgo. Entonces terminó mi adolescencia: dejé de verme como un misterio, me asumí un caso clínico. Consumí pastillas en mi primer acto de vida adulta. Y también en el segundo. Las consumí sin pausa, sistemáticamente. El mundo volvió a su fijeza: el árbol fue árbol; la nube, nube. Cesó la ansiedad y el melodrama, volvió la solidez y el hastío. No hubo más dolor ni mujeres asesinas con piernas como hachas. Viví entonces, vivo ahora, en un mundo felizmente básico. Esta habitación. Esta vida. Este bostezo. Nada me desencanta.

Soy anciano y conozco esto: la vida es mierda y es lúcido quien no se ilusiona. El entusiasmo es infantil y lo mismo toda droga que auspicie el delirio. Sólo la apatía es sabia. Sólo el tranquilizante es sabio. Lo demás es poesía, ilusión, estafa. La cocaína, por ejemplo, hace sentir inteligente a quien la consume: un engaño. Lo mismo la luz que súbitamente inunda al mundo y la tenue, líquida sensación de plenitud: estafa tras estafa. El tranquilizante, por el contrario, no miente. No nos hace sentir mejores ni disfraza al mundo con el estúpido velo del entusiasmo. Es una droga filosófica, no poética: sabe del vacío y no lo ocupa con sus delirios. Respeta la nada y a ella nos conduce. No transforma el mundo y, sin embargo, lo vuelve soportable. Todo es lo mismo, salvo nosotros, dotados de una serenidad extraña. El tiempo mata, el humano hiede y nosotros, desprendidos, admiramos todo desde una suave muerte anticipada. Virtud del Valium como de la filosofía: la absoluta indiferencia.

Escribo bajo el efecto de un tranquilizante. (O no lo hago.) El bolígrafo escurre sus manchas negras sobre una hoja blanca. (Aunque redacto en computadora.) Un vecino toca a mi puerta. (O a la suya.) Hace frío, sudo. Nada importa. El tiempo fluye y yo imagino, sin ilusiones, un paraíso sedado. Es una isla (o un continente) y todos consumen tranquilizantes. Nadie abandona sus habitaciones ni inflige a los otros el castigo de su presencia. Hay una paz cercana a la muerte. (O a la verdadera vida.) No se conoce el mal porque nadie actúa, y la acción es el mal. No hay niños, pues no se copula. Nadie escribe, aunque todos leen. Es, debe ser, un día estupendo para morir y, de pronto, todos mueren. Cada uno, en cada cuarto, ingiere el frasco entero de tranquilizantes. Súbitamente, el silencio y tanto blanco.

Bostezo en mi habitación. (O no lo hago.)

Comentarios

4 comentarios para “Elogio del tranquilizante”

  1. Jeff Browitt en Marzo 12th, 2007 4:47 am

    Cudiado con el Xanax. Me hizo mucho dano hace varios anhos.

    Saludos desde la-la land

    Jeff Browitt

  2. Coca Ponce en Marzo 30th, 2007 8:46 pm

    Mi ex me llamó a pedir ayuda: su novia lo había botado. ¿Qué hago? me dijo. Cuando a mi me pasó, le respondí, tomé xanax.

    Me gusta tu ironía.

    Saludos desde Quito.
    Coca

  3. Doug en Enero 9th, 2008 2:32 pm

    O como diría un amigo:

    “Una noche estaba sentado en la cama de la habitación de mi pensión de Bunker Hill, justo en el centro de Los Ángeles. Era una noche importante de mi vida porque tenía que tomar una decisión con respecto a la pensión. O pagaba o me tenía que ir: era lo que decía la nota, que la casera había deslizado por debajo de la puerta. Un problema tremendo, que merecía toda mi atención. Lo resolví apagando la luz y metiéndome en la cama.”

    Preguntale al Polvo, JOHN FANTE

  4. marcela en Marzo 1st, 2008 4:46 pm

    me parece muy bueno este fragmento, es bastante interesante, yo consumo tranquilizantes y estoy consiente que eh dejado de sentir…,si, he dejadod e vivir, o talvez comence a vivir…no lo se, solo se que ahora no puedo dejar mis tranquilizantes porque moriria sin ellos

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