Nov
25
Publicado hoy en Día Siete.
Usted viaja en una caja, no, en un avión. Vuela a tres, cuatro mil metros de altura y observa, arrobadamente, las nubes, los ríos, las montañas. Para qué negarlo, se siente bien. Se siente satisfecho y suspendido, como si flotara etéreamente, al margen de la tierra y de su peso. Pero, ay, no flota ni está solo ni, mucho menos, libre. En lugar de desprenderse del mundo, lo ha arrastrado consigo. Note que el ruido a su alrededor no cesa: el niño a su derecha ladra, la anciana a su izquierda bala. Mire a la sobrecargo: su mala cara, su mala leche. Ahora deje de ver a la sobrecargo y baje, por favor, la cortina de su ventana: la película está por comenzar. Así es: algún valiente –no usted ni alguno de sus vecinos– ha decidido que es mejor, más divertido, ver una película que contemplar las nubes. No tiene usted alternativa: coma sus cacahuates, mire la pantalla, mantenga su cinturón de seguridad abrochado. Para este momento ya es obvio que no verá una obra maestra, ni siquiera una película tolerable. Pero resista: el ejecutivo, allá abajo, eligió con amor y entusiasmo la película que usted mira ahora. No se queje, lo entendemos: ¡elevarse tantos metros para no desprenderse siquiera del estúpido rostro de Lindsay Lohan!
No me pregunten quién escoge las películas por nosotros. Es un misterio. Tampoco podría decirles quién las castiga, en México, con los títulos más atroces y el subtitulaje menos preciso. Imagino una conjura. Sospecho que un grupo de ejecutivos urde alevosamente en nuestra contra. ¿Quiénes? Los distribuidores, desde luego. Me atrevo a decir –casi al tanteo– que la culpa es de los distribuidores. Federico Fellini descubrió, tras años de tesón y trabajo, que el “negocio del cine es macabro, grotesco: una mezcla de partido de fútbol y de burdel”. A mí me basta una mala película para corrobar que el problema no es el productor (el hombre invirtió sus dólares) ni el exhibidor (el tipo mantiene limpia su salita) sino ese infeliz que exportó y promocionó y distribuyó la película para que yo, tan inocente, cayera y comprara y sufriera. Sé que mi argumento es irracional y así está bien. Ellos son los racionales. Ellos han hecho cuentas y han descubierto que las grandes tajadas de dinero no se ganan filmando ni proyectando películas: el negocio está, sencillamente, en llevar las cintas de un lado a otro. Antes, los grandes estudios de Hollywood filmaban tantas películas como podían; ahora, rara vez producen más de veinte cintas al año. ¿Por qué? Porque prefieren que otros mortales arriesguen su dinero mientras ellos sólo compran latas y las mandan, muy rentablemente, de un rancho al siguiente. Como advierte el proverbio árabe: “Si un negocio te abruma por el principio, comiénzalo por el fin.”
Usted dirá que las cosas, pese a todo, han mejorado. Que antes la oferta cinematográfica era menos amplia y más uniforme. Que ahora uno puede entrar descuidadamente a una sala y toparse, casi por accidente, con una extravagante cinta asiática o un documental de lo más tedioso. Exacto: las cosas están cambiando. Cambian, sí, pero no necesariamente para bien. Algunos ya lo advierten: el futuro está en internet. Muy pronto, señalan, uno podrá ser su propio distribuidor y decidir por uno mismo. Numerosos portales de internet ofrecerán extensos menús de películas –estrenos y clásicos– y usted elegirá –comprará– su película predilecta. No se queje, lo sabemos: ¡las películas no lucen bien en el monitor de la computadora! Porque se le quiere, algunas personas ya están resolviendo ese problema: la nueva Apple TV, nos avisan, será a la vez ordenador y televisor. ¡Qué encanto: llegar a casa y no distinguir un artefacto del otro! Por lo pronto, puede entrar ya a jaman.com y bajar, mientras espera, algunos filmes. Hay buenas cosas: cintas extranjeras, películas independientes, documentales que las grandes distribuidoras decidieron no embalar en su último envío. Vamos, baje sus películas, pero no me invite a verlas con usted: yo me opongo a ver cine en una computadora. Como todo mundo parece feliz y satisfecho, diré que yo estoy triste y arruinado. Imagino un futuro atroz: las salas cinematográficas se rendirán ante los blockbusters y el buen cine será condenado a la red y a las insípidas salas de nuestros hogares. ¡Y uno que pensaba que el único motivo válido para salir de casa era andar hasta el cine y ser devorado por su promisoria oscuridad!

