Publicado hoy en Día Siete.

Texto: Rafael Lemus

Las cosas ocurren más o menos así. El 23 de enero de 2002 el periodista estadounidense Daniel Pearl camina por última vez en Karachi, Pakistán. Reportero de The Wall Street Journal, investiga los vínculos terroristas entre los servicios de inteligencia paquistaníes y Al Qaeda. Ese día, tal vez plomizo, Pearl se dirige curioso y despreocupado a entrevistarse con un líder islamista. El secuestro es rápido y contundente: en apenas unos segundos un grupo extremista interrumpe su camino y lo toma prisionero. Se sabe pronto: sus secuestradores, el Movimiento Nacional para la Restauración de la Soberanía de Pakistán, amenazan con matarlo. A cambio del rehén demandan: la liberación de todos los presos recluidos en Guantánamo, el regreso de los prisioneros paquistaníes a su país, la salida del ejército estadounidense de Pakistán y la entrega de unos aviones F-16 alguna vez comprados y nunca entregados. Una foto –Pearl esposado y sentado en el piso, un periódico en sus maños, el cañón de una pistola apuntando a su cabeza– acompaña el comunicado del grupo extremista. El gobierno de Estados Unidos se resiste a negociar. Los secuestradores se obstinan en desoír las repetidas súplicas de la esposa, embarazada, del periodista. Unos días después, el 29 de enero, una espada pretendidamente bendecida por Alá corta de tajo la cabeza de Daniel Pearl.

Las cosas continúan más o menos de esta manera. El 21 de febrero del mismo año un video, capturado por los propios asesinos, exhibe panfletariamente el crimen. Antes de morir se oye afirmar a Daniel Pearl: “Mi nombre es Daniel Pearl y soy un judío americano.” Ya degollado el periodista, uno de los asesinos sostiene entre sus manos la cabeza de Pearl: orgullosa, justiciera, pavorosamente. Casi tres meses más tarde, el 16 de mayo, el cuerpo de Pearl es encontrado en Karachi, cercenado en diez pedazos. El caso, antes que concluir, se discute extensamente en todo el mundo. Los desalmados justifican el sacrificio de corderos: estamos, recuerdan, en guerra y nadie, menos un periodista estadounidense, es inocente. La viuda de Pearl, Marianne, escribe, en Un corazón invencible, una sentida elegía de su marido, una impactante crónica de esos días. Se recuerda, acaso redundantemente, que Pearl era un hombre bueno, tolerante, amante de la cultura musulmana. El documento más sólido y polémico, no obstante, lo escribe un francés, Bernard-Henri Lévy. En ¿Quién mató a Daniel Pearl?, su reportaje novelado, Lévy es definitivo: los terroristas son el mal, Pakistán es el infierno. Más sutil, el excelente músico Steve Reich compone, conmovido, The Daniel Variations. Ningún libro, ninguna pieza, sin embargo, logra expresar la barbarie como lo hace, en una frase, el terrorista Khalid Sheik Mohammed, detenido en marzo de 2007: “Yo decapité con mi sagrada mano derecha la cabeza del judío americano Daniel Pearl, en la ciudad de Karachi, Pakistán.”

Las cosas no acaban, hoy, hasta que el cine así lo decide. El caso de Daniel Pearl no está cerrado: en vez de apagarse, encenderá próximamente las pantallas. Durante meses los estudios de Hollywood se batieron unos contra otros por los derechos para filmar la historia y hubo, finalmente, dos ganadores, un par de películas. El interés de la industria por este caso no sorprende: desde hace algunos años Hollywood ha venido entregando extraordinarios filmes políticos. Uno debería simpatizar con el antiyanquismo más ramplón para negar lo obvio: ninguna cinematografía nacional está reflexionando hoy sobre el poder como la estadounidense. No se piense sólo en los repetidos y modestos documentales civiles. Piénsese en The Insider (Michael Mann, 1999), en Munich (Steven Spielberg, 2005), en Jarhead (Sam Mendes, 2005), en Syriana (Stephen Gaghan, 2005), en Good Night, and Good Luck (George Clooney, 2005). Piénsese ahora, también, en las dos películas sobre el caso Daniel Pearl: esa que Tod Williams está filmando, basada en el reportaje de Bernard-Henri Lévy, y esta otra, A Mighty Hearth (2007), sobre el libro escrito por la viuda. Estrenada en el pasado Festival de Cannes, A Mighty Hearth recogió múltiples aplausos: para su director Michael Winterbottom, para su protagonista Angelina Jolie, para la rigurosa estética documental del filme. Es fácil anticiparlo: la película tardará horrores en llegar a México.

Comentarios

4 comentarios para “El caso Daniel Pearl”

  1. Miguel Ángel en Junio 25th, 2007 12:01 pm

    Me gusta ese tipo de cine, me gusta. Gusten o no los enfoques que dan, al menos ponen esos temas en el debate público.

  2. nicolas en Agosto 9th, 2007 11:56 pm

    Lamentablemente el mundo esta lleno de ”progres”
    apestosos, y quieren hacer creer que los terroristas son las victimas y los judios y USA son el mal del mundo

  3. Len en Octubre 11th, 2007 4:38 pm

    Muy buena pelicula sin embargo la verdadera realidad es que es inaceptable que yanquis emplen y use a periodistas para investigar redes de terrorismo y tras las consecuencias ahora existan martires. Raro porque no hacer una pelicula de los presos en las carceles de irak vejados por soladados judios-americanos?

  4. german en Octubre 23rd, 2007 1:19 pm

    Todavia con mis 36 años no puedo creer que en el mundo exista gente que crea que matando a otro se logra algo, no saben que en la segunda guerra mundial murieron 50 millones de personas y el mundo no cambió. La muerte de este periodista como de miles de personas no solucionan nada, no existen culpables o inocentes, en todo caso todos somos ambas cosas, por cada ser humano que muere estamos mas cerca de nuestro destino, que lamentablemente sera como el inicio, la nada.

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