Dic
22
En Confabulario, este texto, extraordinario, de Álvaro Uribe, acompañado de una fotografía que aquí no se ve:
Hermana Navidad
De A.U.M. para A.U.M.
Hay otra fotografía, en blanco y negro, en la que tú y yo, muy niños aún, nos dejamos abrazar por un Santaclós de alquiler: el menor de nosotros, asustado sobre las rodillas del hombre; el mayor, de pie e intentando sonreír; ambos, con la mirada fija en un punto de escorzo en donde verosímilmente se encuentran nuestros padres. En ésta, de colores desleídos, tomada unos 15 años después, ya somos un par de adolescentes greñudos, los dos enfundados en el saco obligatorio en las cenas navideñas, aunque el mayor trae un suéter con cuello de tortuga, por no ser o para no parecer convencional, y el menor, ajeno a esos dilemas, usa corbata. A la izquierda de nosotros, derecha de la fotografía, se ve a nuestra abuela materna, que viene a colación porque en esa foto de hace 35 años debe de tener poco más o menos los cincuenta y pico que ahora nos desfiguran a ti y a mí. Con sus hábiles manos de modista, como ella quería que llamáramos a las costureras, abre el envoltorio de una serpentina que lanzará hacia su lado de la mesa, en donde se sientan los adultos. También nosotros, sentados en el voluntario limbo en que la adolescencia se aísla tanto de la infancia como de la madurez, nos distraemos con una serpentina. El menor de los dos habla mientras libera la espiral de papel de su envoltorio de celofán. El mayor sonríe mientras observa lo que el otro se trae entre manos. Hoy que la rememoro sin nostalgia, o nostálgico sólo a causa de mi extinta juventud, me doy cuenta de que en esa escena baladí ya estamos enteros tú y yo. Los hermanos. Quién sabe cuál de nosotros finge más, finge mejor. Si el mayor de los dos, que simula interesarse en el plan de ataque desplegado ante sus ojos por el otro. O el menor, que se afana aparatosamente en granjearse ese simulado interés. Qué difícil, para el primero de los hermanos, no ser ya nunca más el único. Qué difícil, para el segundo, ser siempre el segundo. Y, pese a todo, ninguno de los dos cambiaría su suerte por la del otro hermano. Atrás de nosotros, un mesero titubea con un plato de sopa en su diestra. Tiene instrucciones de empezar ya a servir la cena, pero no se atreve a entorpecer nuestra hermanable conversación. Si se percatara de ese titubeo, el mayor de los dos no dudaría en interrumpir al hermano en mitad de una frase, con tal de ejercer u ostentar su atención a los predicamentos de un empleado. El menor, en cambio, seguiría hablando, quién sabe si por indiferencia hacia el mesero o por la inercia de su propia simulación. Llegado el momento se hará, por supuesto, lo que decida el mayor de nosotros. Se hará una y otra vez, a pesar de los deseos del menor. Como se ha hecho desde siempre. Por las buenas o por las malas. Porque el mayor suele tener o pensar que tiene la razón. Porque el menor, que en el fondo piensa igual, sabe o alega saber que con su hermano es inútil y fastidioso discutir. Hasta el día, no muy distante de la Nochebuena coagulada en la foto, en que a la fuerza se oponga más fuerza. Más violencia amedrente a la violencia. Más terquedad derrote a la terquedad. Y entonces los papeles se inviertan. Y ya no sea el menor de nosotros quien tema enfrentarse a su hermano. Y el mayor, sin admitir lo mucho que ha cambiado entre ambos, se repliegue en un silencio obstinado o en un cortés laconismo con los que, de ahí en adelante, disimulará a medias su temor. ¿O me equivoco? ¿Y eres tú, contra la costumbre, quien tiene razón, por lo menos su razón? Qué lástima conocernos tanto. Mejor dicho: qué lastima creer que nos conocemos tanto. Porque desde tiempo antes o después de esa Nochebuena, confiados en lo mucho que creemos conocernos, ninguno de los dos hace grandes esfuerzos por conocernos más. Al mayor de nosotros le dio por los libros y creó con su mujer un mundo deliberadamente inexpugnable a donde, hay que reconocerlo, no ha dejado asomarse a su hermano. El menor administra sin gloria una fábrica de ropa y tiene una familia a la que supedita todo lo demás. ¿A cuál de los dos hermanos le tocó la mejor parte? ¿Quién, después de 35 Navidades, se puede proclamar más feliz? El mayor no se plantea a menudo tales preguntas, aunque en no pocos momentos de su vida, sin excluir el presente, ha creído conocer la felicidad. El menor, salvo en lo que concierne a sus hijas, la busca no del todo inconscientemente y en ocasiones la encuentra en el infortunio del prójimo. ¿Cuál de nosotros sale ganando? Ya no recuerdo si te dije alguna vez, cuando aún tenía algo que decirte, que la ventaja de ser escritor, en caso de que este oficio resulte ventajoso, está en que al final te quedas siempre con la última palabra. Supongo que no. Te habrías reído tirándome a loco. O quizá preguntado con sorna que a quién le importan las palabras. ¿Qué piensas de eso ahora que tú, al revés de la foto, eres el que calla? ¿Qué sientes ahora que, al revés de la foto, el que habla en esta página soy yo, el mayor de los dos?

