Delante de mí anda una anciana, ochenta, ochenta y cinco años. Camina acompañada de hijos y nietos, seis o siete personas. Ante cada obra exhibida en el museo –el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC), entonces recién inaugurado– se detiene unos segundos, gesticula, apunta: no me gusta, no entiendo, está fea, un niño lo hubiera hecho mejor. Cuando llega a la pieza de Teresa Margolles, estalla: unas cobijas, vaya tontería. Como para confirmar que de veras son cobijas, las toca, una y otra vez. Luego lee la ficha que acompaña a la obra y descubre que, en efecto, son cobijas pero no cualesquier cobijas: antes cubrieron los cadáveres de unos encajuelados, ahora están en un museo. Desde luego que grita. Desde luego que se aleja de la obra. Desde luego que los nietos ríen, y siguen.

Hablo de una anciana, pero podría hablar de decenas y decenas de intelectuales mexicanos: una y otros se comportan del mismo modo, manifiestan el mismo horror, ante el arte contemporáneo. Si no se cree, adviértase la reciente polémica en torno al MUAC y a Cantos cívicos, la malograda instalación de Miguel Ventura: textos, quejas, salibazos contra el arte actual. Veinte años después del escándalo desatado en Estados Unidos por Piss Christ (1987), de Andrés Serrano, se repite aquí, en clave paródica, el debate entre los defensores y los enemigos del arte contemporáneo. La sorpresa es que el grueso de nuestros escritores está, parece estar, del lado de los enemigos. No importa que el arte contemporáneo lleve ya mucho tiempo, ni que sean legión sus artistas y críticos, ni que haya bibliotecas y departamentos universitarios dedicados a la disciplina; ellos se expresan, en diarios, revistas y sobremesas, como si el fenómeno fuera nuevo y, peor, reversible. Que eso no es arte. Que no es bello. Que no expresa nada. Está bien: el arte contemporáneo es demasiado amplio y a veces frívolo y abundan, como en todas partes, los farsantes. Pero ¿cómo justificar la cerrazón, el rechazo absoluto de la creación contemporánea?

¿Qué se oculta detrás de esta intransigencia? En principio, un torpe celo gremial. Los escritores, esos escritores, escriben contra el arte contemporáneo para marcar su raya y señalar su pretendida primacía. Atrás quedaron, para ellos, los años en que los escritores y los artistas convivían tersamente, a veces codo con codo en una misma obra. Lo de ahora es la enemistad o, salvo durante la pasada polémica, la indiferencia. ¿Por qué? Para decirlo abruptamente, porque esos escritores se sienten amenazados. Antes la relación era posible porque las fronteras entre una disciplina y otra estaban, en teoría, bien trazadas: el artista plástico se ocupaba de las líneas y los colores y las imágenes; el escritor, de la narrativa y la política y las ideas, por decir lo menos. Pero ahora el artista –ya no sólo pintor sino instalador, performancero, videoasta, etcétera– ha abierto un boquete en la pared y se divierte con relatos y objetos y conceptos. De hecho, parece abarcar y utilizar casi todo, desde la fotografía hasta la escritura, desde el bendito urinario hasta sujetos de carne y hueso. Curiosa actitud la de estos escritores: intentan marcar una vez más los bordes en lugar de admitir que, más allá de las divisiones administrativas, la literatura y el arte son, al fin y al cabo, lo mismo –creación contemporánea.

Detrás de los enemigos del arte contemporáneo se oculta, también, un pila de cascados prejuicios románticos. Al revés de Duchamp, que alguna vez confesó a Pierre Cabanne ser agnóstico en el arte, algunos de ellos son creyentes y profesan devoción al Artista, la Obra, la Belleza. Como si los criterios románticos fueran invulnerables, atemporales, esperan del arte lo mismo que sus abuelos. ¿Hay que decir que ese, el romanticismo, no es un buen mirador para apreciar el arte contemporáneo? Si uno rinde tributo a la idea del artista melancólico y arrebatado, por ejemplo, no tolerará las obras de los artistas conceptuales, ni los trabajos creados colectivamente, ni la presencia de, digamos, los curadores. Peor: uno no entenderá que lo más importante en el arte contemporáneo suelen ser ciertos procesos, no los artistas. ¿Y qué decir del pesado culto a la Obra? Hay que desprenderse de él para empezar a apreciar la validez de los proyectos, los conceptos, los fragmentos.

Pero lo más grave es el miedo a lo informe, el amor a las etiquetas. Los enemigos del arte contemporáneo se oponen a este porque le temen, sobre todo, a lo abierto, a la violenta desdefinición (Harold Rosenberg) de las disciplinas artísticas. No sólo les repele que el arte pueda ser algo más que pintura y escultura; les horroriza la idea de que la peste se contagie y de pronto las novelas empiecen a parecer latas de sopa, o los poemas videojuegos, o los ensayos acciones. Su pesadilla es que la creación desborde los envases, los géneros, que ellos practican y estudian. Es decir, que la creación fluya. Una ansiedad semejante les provoca un objeto de uso cotidiano exhibido en un museo, o un performance celebrado en la vía pública. Se preguntan si eso es o no arte, si esa caja de zapatos, o esa corcholata, es una pieza de arte o un simple elemento de la vida diaria. ¡Como si los objetos no pudieran ser una y otra cosa a la vez! Lamentan, también, que cierta obra, firmada por un artista, pueda ser creada por cualquiera, cuando esa es una de las conquistas del arte contemporáneo: diluir la frontera entre artistas y espectadores, entre arte y vida. ¿O es que debemos condenar al espectador a una actitud pasiva y contemplativa? ¿Es que los artistas deben limitarse a su esfera, relamer su arte y prohibirse dar un salto para ver qué ocurre más allá de su jaula?

Al fin y al cabo, la oposición de muchos escritores mexicanos al arte contemporáneo es cosa vieja: se inscribe en nuestra larga, tediosa querella contra las vanguardias literarias. Repudiar el arte contemporáneo es sólo un episodio más en una tradición que incluye, entre otras linduras reaccionarias, la exclusión del estridentismo, la manía costumbrista, el desinterés por los medios alternativos, la inamovible fe en los géneros literarios, la corrección estilística. ¿Cuántas veces no se lee en revistas y suplementos mexicanos que la experimentación formal es un hábito anacrónico? ¿Cuántas veces se repite que lo practicado por un artista innovador fue ya hecho antes y que por lo mismo carece de validez? Sépase de una vez que la pulsión experimental no caduca –es una pulsión, no una costumbre– y que es posible repetir, recrear, radicalizar las vanguardias. Como ha escrito Hal Foster, no hay mejor manera de desconectarse de ciertas inercias presentes que reconectándose con los principios de las vanguardias históricas. Más aún: el proyecto de esas vanguardias permanece abierto y necesita ser completado. Por ejemplo: todavía son multitud los escritores que le temen al arte contemporáneo y es hora de aturdirlos.

- Rafael Lemus
El Ángel, Reforma, 21 de junio

Comentarios

7 comentarios para “¿Quién le teme al arte contemporáneo?”

  1. Rubén en Junio 24th, 2009 5:32 am

    Muy bien explicado este tema penoso de los enemigos del arte contemporáneo. Enhorabuena por el blog, lo agrego a mi lista. Un saludo

  2. Mateo en Junio 26th, 2009 10:57 pm

    totalmente de acuerdo rafael. también es cierto que en gran medida este rechazo al arte contemporáneo se debe a los abundantes casos de pretenciosos, o simplistas y poco creativos productos que ciertamente se encuentran en el panorama del arte actual. este rechazo prematuro solo es el producto de una falta de perspectiva histórica por parte del público: basta con darse cuenta que a lo largo de la historia, las distintas corrientes artísticas han sido plagadas por numerosos creadores sujetos a la moda, o a otros parámetros expirables, que tarde o temprano se ven desplazados por aquellos que con el paso de los años germinan asombro y admiración en el juicio de críticos o investigadores, y del público en general.

  3. Francisco X. Estrella en Junio 29th, 2009 8:52 am

    A.

    Confesaré que tu artículo me ha dejado inquieto, acaso aturdido si comienzo por admitir que mucho de ese arte contemporáneo me asquea, me aburre y, la mayoría de las veces, me deja perplejo. Para matar el tiempo he acudido a las páginas de un catálogo que conservo —es cierto, las arrugas se dibujan ya en su lomo— de la undécima “Documenta” de Kassel, año 2002. Admito que la imagen de esa joven, Tania Bruguera según reza el catálogo, comienza por aterrarme, fotografiada ella con un cordero amarrado de la nuca, despellejado el animal, sus costillas al aire, mientras la mano izquierda de la chica aparece manchada de carne y sangre. “El peso de la culpa” es una obra que —no podría ser de otra manera— se desarrolla como una performance de cuarenta minutos y algo más. Tras el golpe inicial descubro que la obra de la señora Bruguera incorpora el rito de algunos indios pertenecientes a una antigua tribu caribeña quienes, a manera de resistencia ante el conquistador europeo, ingerían carne dañada hasta provocarse la muerte. Éste es el contenido implícito de la performance. En los minutos que restan, la artista deglutirá una mezcla de tierra y agua con sal, y hará de su propio cuerpo el depositario del antiguo “peso de la culpa”, el milenario y ancestral lastre de la dominación. Develado el secreto “conceptual” de la obra, mis aterrorizados ojos ceden paso a un bostezo de cocodrilo que acompaña cada nueva página del que ahora ya es un viejo catálogo.

    Tienes razón: ni una gota de pintura, ni una masa, un volumen, una piedra: el arte contemporáneo definitivamente se mueve en otras aguas, echa mano de cualquier objeto, de la materia toda y, ah, nos deja el problema del nuevo significado, del significado otro de los objetos: que si una sala de reuniones de juntas bancarias, que si las fotografías de edificios abandonados en construcción, que si un documental israelí con las imágenes de las cruces de los héroes caídos, que si unas tablas de crecimiento y los gráficos de la renta per cápita que lo acompañan, y aquello que todas estas expresiones esconden, el péndulo de lo simbólico. Si hay algo que identifica a estas obras, a estas gracias, es la relatoría que las acompaña y, a su modo, las justifica, esa urdimbre densa en la superficie, verdadero ovillo sociológico de excusas y pretextos en cuyos pliegues se refugia el curador y el confabulador, aunque plana en el corazón, primitiva casi, pero siempre, casi siempre, política solamente.

    Resistencia política leo aquí y allá, ad infinitum, en los catálogos de arte contemporáneo: combatividad política, resentimiento político, estridencia. Ratifico esta necesidad, esta obsesión con la mecánica del poder, su intención de desarmarla y mearse sobre ella, ratifico su presencia en las salas, los museos y dominios del arte contemporáneo. Las cosas parecen estar ahí, los objetos, el cuerpo mismo, para que las palabras monten una parlanchina máquina de “résistance”.

    A ello debe obedecer que esta expresión y su contenido explícito me agobien cuando descubro tempranamente su clave, algo no muy difícil tras una primera raspada. Ocurre que muchas de estas obras —no todas naturalmente— atienden a preceptos que se agotan con prontitud: el bofetón de lo repugnante, la sorpresa de lo insolente, la conmoción fugaz de la estridencia… la repugnante pugnacidad de lo efímero.

    Después de oír esto, quizá pienses que te encuentras frente a uno más de esos escritores enmohecidos, peor aún, frente a un individuo que no alcanza a entender que uno de los principios de este arte, quizá su axioma central, deriva de haber peleado y acaso ganado la batalla contra lo instituido, lo perdurable y lo canónico. Bien, lo admito: soy un alma anticuada, me cuesta creer que pueda levantarse un habitáculo en el viento, que sobre lo pasajero pueda intentarse una residencia, un edificio. Pero esgrimo mis razones.

    Me aburre y exaspera pensar en ese contenido tan expresa y descarnadamente político que disuelve el encanto de los propios envases —un inodoro, una saga de cirugías plásticas, una mortaja—, algo que encuentro tan, prosaicamente, poco y nada misterioso (condición fundamental del gran arte, éste, el misterio), tan desembozadamente político y solo político, e imagino advertir en este hecho que el enfrentamiento formal, el riesgo de la forma (a fin de cuentas, un acto moral, ético y también político), evadido o fatigado por la literatura hoy en día, se ha concentrado malamente en el arte visual-plástico-matérico contemporáneo. De ahí vendrá el pis de Cristo, imagino —mearlo y ser meado por él—, el cantar cívicamente o sentir el peso de la culpa. De ahí todo aquello que se convierte en tan religioso, culpable y político. A partir de ahí, de esa emoción exaltada, chorrea lo que nos resulta tan enfadado, histórico e histérico, tan programático e ideológico. ¿Volver a la vida es reducir nuevamente los sentidos a sus malditos padecimientos políticos, necesarios, objetivos? ¿Eso, nada más, prodiga el arte conceptual, pura y predecible potencia de la voluntad o puro secuestro de la libertad? De serlo, cuando el paraguas esté cerrado ya y apagado el ventilador, la escritura debería luchar contra este tosco e infantil empeño por convertir de nuevo el arte en desembozada política.

    B.

    Pero es justo decir que detrás reside el problema de fondo que tú has identificado: el límite de las vanguardias y lo que podríamos llamar su proyecto inacabado. Hubimos de ser absolutamente modernos para dar con este estado de cosas, con esta crispación de las artes y su exaltada tradición crítica. Sin embargo, Rafael, lo tuyo parece atestiguar que, a la inversa de estas formas de la creación contemporánea —estas “artes visuales”—, la literatura y los escritores se regodean en darle la espalda a la línea del futuro, a ese incansable espíritu de negación, oposición y ruptura que ha caracterizado a lo moderno. Son los escritores, esas viejas flatulentas, quienes se niegan a inscribir su tradición en la ruptura con lo viejo y consagrarse de esta manera a lo nuevo, a esa posibilidad de descubrir en un objeto, en un videojuego, en esa cápsula o esa secuencia de números, un poema, un relato, un fragmento de novela, o quizá aquello que niegue expresamente los géneros. El problema son los escritores, esos escritores, obstinados en impedir que el ímpetu de la vanguardia se aproxime hasta los límites —aunque, como en algún lugar tú mismo recordabas, la experiencia de los límites sea hoy en día apenas un acto restringido— y temen, escriben o actúan como si nada de eso hubiese ocurrido, como si no hubiesen acaecido rupturas profundas y no existiese pulsión negativa alguna.

    Sin embargo, creo que es pronto para tomar la temperatura a nuestro tiempo y, supongo, la vida no nos alcanzará para dar cuenta del malestar de esta era y su cansancio. Lo que sí podemos hacer es condicionar las cosas y desconfiar de algunos postulados honrando lo que ocurre y es tangible. Por ejemplo, podemos pensar que subyace a esa proyección futurista de la vanguardia un hálito de progreso, una idea de cambio, de evolución y sustitución, alentado por la violencia, por la demolición y el reemplazo de unos valores por otros, incendiarios de los anteriores. “La revolución francesa sigue siendo nuestro modelo”, decía Paz, y creo que lo moderno, concluido o no, ha sido en exceso deudor de ese arco y esa flecha. La pulsión teleológica, revolucionaria, debe ser colocada en entredicho en los tiempos que corren porque si la duda moderna está fatigada (como advierte la debilidad cansancio de la literatura), la negación que los surrealistas exigían a lo que viniera después de lo moderno tampoco brilla en el cielo. Aunque los criterios del arte sean temporales, es decir, sostenidos por la cuerda de la historia, esta razón teleológica, ¿no nos lleva a pensar que los criterios del arte son ascendentes, evolutivos, progresivos? Luego: ¿arte como progreso, como la técnica, como la sabiduría y la ciencia? Parecería que para contradecir esa linealidad, mucha de la creación literaria contemporánea ha dejado de ser ruptura y crítica para ser repetición, recreación, variante. ¿No son éstos, repetición, recreación, variaciones, los principios de la literatura posmoderna —permíteme usar este término a falta de otro mejor—, de la expresión anómica y débil de nuestro tiempo? ¿No se aproximan paso a paso los escritores, los libros, los géneros a la variación de un modelo más que a la tradición de la ruptura y la negación?

    (Variaciones. Es curioso que para el clasicismo la novedad se sostuviera como la “variación de un modelo” y que hoy las obras, varias, muchas obras, aparezcan como variaciones, ya no de un modelo sino de un método. ¿No podríamos leer de ese modo, por ejemplo, El loro de Flaubert? ¿No podemos pensar —mientras por un instante dejamos en el congelador la desesperación que nos aqueja en este ambiente gaseoso— que la criticidad intrínseca de lo moderno que espolea la infatigable fe de las vanguardias por la experimentación, pueda ceder paso a un nuevo clasicismo? Al menos pensando en términos modernos y finalistas no sería tan descabellado, dado que la historia del arte occidental se ha desplegado con un ondular antagónico y pendular: entre los neo-clásicos y los románticos, entre los románticos y los modernos, entre los modernos y…

    Entonces:
    Il faut être absolument moderne? Encore?)

    C.

    Claro que podrías recordar que las vanguardias históricas de hecho estuvieron ahí para constatar el desencanto, l’ennui y hastío de lo moderno, es decir, que expresaron a lo moderno en su contradicción y criticidad. Pero el romanticismo también estuvo ahí, antes, cansado de ciencia y técnica, levantándose contra la razón práctica, para prevenir acerca de su arrogancia y totalitarismo, y para denunciar el despotismo de la razón. Recuerdo esto a causa de tu arremetida contra la postura romántica sobre la Obra, el artista y el individuo desde la cual, probablemente sea cierto, no se puede participar de la intimidad del arte contemporáneo, aunque se edificara el momento de ser parido el individuo y con él la noción de obra distinta e inimitable. Recojo el concepto de individuo para defenderlo de un ametrallamiento en nombre ¿del colectivo artístico radical, de la difuminación de la barrera entre artistas y espectadores, de la reconciliación entre el arte y la vida? Me anonadaría ver al hombre bregar desde los albores hasta conquistar un subjetivismo radical, el de Kierkegaard venido de Pascal y atravesado por Nietzsche, para rebajarnos ante el colectivo artístico.

    Y es que ese que parecería un mundo de “parásitos burgueses”, el de los escritores, creo sigue inscribiéndose en este subjetivismo radical. Tú lo sabes mejor que yo, tú eres el crítico más radical de México. Pero de hecho voy más allá: ¿no ha llegado la hora de partir lanzas y dividir, fragmentar, despedazar ese estamento llamado arte, la creación contemporánea? ¿Podríamos defender lo mismo, la fertilidad de la creación radical y crítica —pura política— de las artes visuales para la música contemporánea, por ejemplo, o para las —Dios— artes escénicas? ¿Y qué deberíamos hacer con el cine, ese gran rollo, si dejamos de verlo como un subproducto de la sociedad industrial de masas? ¿No es que, acaso en general, atravesamos una zona de gran conflicto y turbulencia?

    El arte contemporáneo verdaderamente se divierte, jode, hace estallar sus bombas pero creo que se divierte demasiado, que jode en una sola pista y hace estallar sus bombas en el patio. Se divierte en exceso y en ello reside su débil crédito. ¿Es eso también una herencia de cierta vanguardia, jamás épater la bourgeoisie y explotar el humor terrorista hasta el infinito? Podrás decir que la literatura, o lo que han hecho de ella los comerciantes, es demasiado pomposa, demasiado pagada de sí misma. Tal vez. Pero creo que la literatura se sitúa en primer lugar como testimonio del hombre y no solo de una arista del ser humano, que la literatura se coloca en una tensión integral con el individuo desde todos los flancos y de hecho cuestiona al propio individuo radicalmente, que reinterpreta y nulifica la historia. Más que los cambios en sí —y en eso es bastante moderna— es la idea del cambio la que le otorga “valor y significación”, como escribía Paz en referencia a lo moderno.

    ¿Pueden hoy en día la literatura y todo el arte, toda la creación contemporánea, asimilarse y describirse con los mismos términos? Pienso que no, y creo que la apertura del dique entre el arte y la vida, si es, solo sirve para honrar la vida con manchones de arte adocenado, reseco, con zurrullos de arte disecado, servil a la vida, solo sirve para levantar con manifiestos.

    En la otra orilla es posible defender cierta interpretación clásica de lo literario no precisamente posmoderna, contemporánea y no necesariamente anti-experimental. Lo has dicho bien, Rafael: el experimentalismo es una pulsión, no una costumbre, y como pulsión puede reinterpretar, variar críticamente los elementos de la tradición en que se inscribe, es decir, actuar de nuevo de una manera moderna. ¿Es poca cosa defender lo que con una palabra horrible podríamos llamar estatutos de la tradición clásica, los géneros, por ejemplo? Creo que el artista contemporáneo, el escritor, puede reconstruirlos críticamente, oponerse a ellos y reinterpretarlos para darle continuidad a su tradición. También la creación fluye dentro de los envases y las latas cuando la idea de cambio es la que rige el acto creativo y no la exterioridad de ese cambio, su epidermis. Ésta, la epidérmica, que es la literatura por destruir, la letra complaciente con el tiempo, no se entiende precisamente como una interpretación del espíritu. El escritor contemporáneo —neoclásico o lo que demonios fuese— debería cuidar esos envases y afinarlos radicalmente, ambicionar conquistar el tiempo con esos envases, uno de los cuales, la misma novela (que no creo inmutable ni infalible como género: ya Banville ha pensado en una novela futura como mezcla de historia, observación filosófica y memoria) puede afanarse a su reinvención con los pies firmes en la propia tradición, no en la culpa de la voluntad.

    Si no ocurre algo de esto, debería preguntarme el por qué los artistas contemporáneos siguen corriendo tras las faldas de los escritores, esas mujerzuelas, para llenar catálogos con sus palabras gastadas, agotadas, repetidas, por qué no se detienen si han perdido la fe, los artistas, en la contundencia y la autonomía de la palabra de los escritores, palabra que ahora parece también formar parte de su tráfico.

    Debería preguntar también —preguntarte— qué ocurrirá cuando el proyecto de esas vanguardias sea completado: ¿nos refugiaremos en la imitación o serán las variantes de un modelo como ocurría con el clasicismo primero? ¿O acaso las variaciones del método de alguna literatura nueva, contemporánea e inteligente no podría indicar otro sendero en este tiempo adverso y fatigado?

    No, no me cuento entre los seguidores del arte contemporáneo, pero tampoco creo temerle. Peor aún: imagino llegar a comprenderlo.

    Con la admiración de siempre,

    F.

  4. jp en Junio 30th, 2009 7:34 pm

    «Sin embargo, en el arte no existe iniciador ni precursor (cuando menos en el sentido científico). Todo reside en el individuo, cada individuo reinicia, por su propia cuenta, la tentativa artística o literaria, y las obras de sus predecesores no constituyen, como en la ciencia, una verdad adquirida de la que se beneficia el siguiente. Actualmente, a un escritor genial le queda todo por hacer. Su situación es más o menos la misma que la de las tiempos de Homero»

    Proust, en un párrafo de su “Contra Sainte-Beuve”.

  5. Luis en Julio 3rd, 2009 7:45 pm

    Muy interesante el comentario de Francisco X. Estrella.

  6. raul en Julio 29th, 2009 2:44 pm

    por qué escribes con puntuación, procurando la buena ortografía, la sintaxis, los puntos y comas?…por qué no sólo picas arbitrariamente y sin control el teclado y le llamas a tu texto ” Escritura contemporánea”…..que tal?; hermano: ni tú mismo crees en lo que defiendes. eso es lo patético de los “sin límites”.

  7. sidiuse en Noviembre 22nd, 2009 11:05 pm

    La pintura es imagen y se ve, la musica es sonido y se oye y asi con los demás sentidos. el arte seguirá muerto hasta que descubramos nuevos sentidos: ¿podemos ver sin ojos? ¿podemos escuchar sin sonidos?, es la única manera hasta el momento en que puedo expresarlo. Descubrir nuevos sentidos es resucitar el arte.

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