Publicado el domingo en Día Siete.

En un principio, el azoro: algunas luces, dos o tres objetos informes, una imagen que no termina de fijarse. Segundos más tarde, una sospecha: lo que vemos, lo que empezamos a ver turbiamente, como si volviéramos de un largo sueño, es la habitación de un hospital. Vemos a una enfermera. Vemos a un puñado de doctores. Vemos a un puñado de doctores acercarse a la cámara y preguntar –¿preguntarnos?– cómo se siente uno. Entonces comprendemos: quien mira la habitación no es sólo el espectador sino también el protagonista, un paciente que acaba de salir, aturdido, de un estado de coma. No cualquier paciente: uno –lo descubrimos ahora, al mismo tiempo que él y los médicos– que ha perdido súbitamente la capacidad de hablar y desplazarse. Aunque dotado de una actividad mental regular, el hombre no puede mover otra cosa que los ojos y los párpados. Peor: cuando uno de los doctores advierte que la película lagrimal derecha está seca, decide clausurar el ojo, coser el párpado, para evitar escoriaciones. Vemos cómo se le cose el párpado. Vemos, desde dentro, cómo se le clausura el ojo, puntada a puntada, extinguiéndose gradual, irreparablemente la luz.

Lo que empieza de esta manera es, cosa curiosa, una de las películas más bellas y estimulantes del último cine. No una cinta sentimental y tremendista sobre enfermos y hospitales; no un elogio más, naturalmente edificante, de la voluntad humana. Algo mejor: un poema brutal, mitad inspirador mitad avasallante, sobre un hombre sitiado por su propio cuerpo. La historia, como se acostumbra en estos casos, es verídica: en 1995 Jean-Dominique Bauby (1952-1997), editor de la revista Elle en Francia, sufre un ataque apopléjico. Cuando despierta días más tarde, se descubre en un hospital, absolutamente mermado: no puede hablar, no puede moverse. Atado a una cama, o a una silla de ruedas, contempla impávidamente el mundo: escucha pero no puede responder; piensa ágilmente pero su cuerpo es un lastre. Los doctores dictaminan: sufre un extraño síndrome llamado locked-in. Advierten: sólo tiene control sobre su ojo izquierdo. Raramente eso no es poca cosa: con ese ojo Jean-Dominique se mantiene vinculado al mundo y se comunica con la gente que lo visita. Un parpadeo: sí. Dos parpadeos: no. Incluso, y gracias a un sistema inventado por su terapista, Jean-Dominique consigue dictar de esa manera –con un solo ojo, parpadeo tras parpadeo– todo un libro, publicado unos días antes de su muerte. No cualquier libro: un recuento –notablemente escrito, se dice– de su vida y enfermedad. El título: Le Scaphandre et le Papillon. La escafandra: su cuerpo, un peso que lo condena a la parálisis. La mariposa: su espíritu, provisto del don del vuelo.

La escafandra y la mariposa (The Diving Bell and the Butterfly, 2007) es, también, una película de Julian Schnabel. Si este nombre dice poco a los cinéfilos, es una referencia común en el arte contemporáneo. Schnabel fue, en los años ochenta, el infant terrible de la pintura; es, hoy, un artista plástico con escaso reconocimiento crítico (ninguna de sus obras ha sido adquirida por, digamos, el MoMA). Su encanto, ya diluido, residió en su vigor y confianza: en una época conceptual y formalista, Schnabel deseaba expresar y confiaba plenamente, para ello, en la pintura. Son notables sus aproximaciones al expresionismo abstracto. Es admirable la fuerza, el arrojo, de sus mejores obras, muy distintas unas entre otras y capaces de incluir en un mismo lienzo distintas técnicas y estilos y objetos. Con una vitalidad semejante, Schnabel debutó en el cine hace poco más de una década. No, como tantos otros artistas, en el videoarte: en el cine. Porque Schnabel confía en el cine. Su primera película: Basquiat (1996), un efectivo retrato del artista Jean-Michel Basquiat. La segunda: Antes que anochezca (Before Night Falls, 2000), sobre las extraordinarias memorias de Reinaldo Arenas. Ahora, La escafandra y la mariposa. Después de ver esta cinta, un artista dijo: “Al parecer es más fácil hacer una gran película que una gran pintura.”

¿Por qué es grande La escafandra y la mariposa? Porque el guión de Ronald Harwood escapa, con inteligencia, al melodrama habitual de estas películas. Porque la mayoría de las escenas –Jean-Dominique (Mathieu Amalric) rasurando a su padre (Max von Sidow), por ejemplo– está tocada por la gracia. Porque es una película de Julian Schnabel. Sobre todo eso: aunque sostenida en el libro de Bauby, La escafandra y la mariposa es obra de un cineasta y, más, de un artista. En vez de ilustrar con humildad el libreto, Schnabel no temer inventar y arriesgar y rebasar el texto original. En lugar de atarse al quieto punto de vista del protagonista, es puro movimiento. Como lo ha señalado A.O. Scott en The New York Times, cada cuadro de la cinta es un ejemplo de libertad creativa: distintas texturas, ritmos dispares, imágenes inesperadas… Todo eso, sí, pero también lo contrario: un compromiso estricto con el orbe silencioso y confinado de Jean-Dominique Bauby.

Comentarios

2 comentarios para “La escafandra y la mariposa”

  1. julio en Abril 25th, 2008 12:35 pm

    Me alegra que destaques la escena en que Jean-Dominique rasura a su padre, es bellísima. Me encanta que al final de esa escena, un Von Sydow rasurado se mira al espejo y dice -en un guiño a los cinéfilos de hueso colorado- “ya no los hacen como yo”.

  2. Angel Gudiño en Mayo 13th, 2008 1:40 pm

    No en sí un comentario, pero quiero hablar de las desventajas del cine en un ensayo no bien escrito que algún día mejorará.

    “Aceptemoslo, la única ventaja del cine es que te ofrece la posibilidad de ver una película en una pantalla gigante, fuera de eso, todo es consumismo innecesario, es mucho mejor ver una película en casa, te evitas de muchas molestias y proteges a tu cartera de monetarias humillaciones.

    VENTAJAS DE VER UNA PELÍCULA EN TU CASA Y EVITAR EL CINE:

    No hay nada como el hogar, ¿conoces algún lugar más seguro y cómodo?, ver una película en casa es por mucho más barato que ir al cine. Aparte tienes la posibilidad de comer lo que quieras sin tener que compartir con extraños la misma sala o que te regresen a paquetería por llevar tu mochila, ¿No sería genial ver una película con una bolsa grande de papas, con un exquisito platillo mexicano o una rebanada de pizza?. Pero ten en cuenta, sobre todo, que al ver una película en casa tienes bajo tu dominio el don sagrado de la PAUSA para no perderte ni un sólo momento cuando quieras ir al baño o traer más comida. Eres amo y señor en tu propio hogar, y sobre todo, te sale BARATO. La proyección no será para llorar, y puedes sentirte muy a gusto de que todo es parte de tu inmueble para sentirte a tus anchas.
    El cine casero sería un interesante ritual a seguir, algo más familiar o individual, como se guste, pero con la certeza de que no hay error.
    Te darás cuenta también que en los estrenos de los grandes blockbusters todos quieren ser los primeros en ver por no quedarse atrás y se hacen las grandes filas de espera, pero la calidad de las películas de esta era no son dignas de cinéfilos reales. ¿Para qué pierdes tu tiempo? La piratería no es tan demoníaca como tanto se blasfema. Tiene sus ventajas también. ¿Es de verdad importante haber visto cierta película primero, en una gran sala del cine? yo creo que no, me aferro a pensar en las virtudes de un DVD, a un poco de espera que se recompensará en un disco y a olvidar la moral de una empresa.
    En el cine aparte de venderte la función para una película se te tratará de manipular para que compres y compres objetos de innecesario consumo que por tradición o por tu falta de discernir artimañanas compras con gusto, las promociones que se te ofrecen no te convienen para nada, tienes que leer (entender) la pobreza de los “privilegios” que te ofrecen por jurarles lealtad con una tarjeta de cliente frecuente, pon atención sobre todo en dulcería, siempre te van a ofrecer lo más grande, lo más caro, te insistirán sutilmente que compres más porque el cine es la esencia misma del capitalismo, ha pensabas acaso en el entretenimiento, para nada, que son amables contigo por bondad, para nada, tú, como cliente, eres la persona más exasperante que existe por tus necesidades que contrastan con los procedimientos empresariales, tú, que de todo te quejas, sólo asistes al cine para que hablen mal de ti, a ser testigo de sonrisas hipócritas de marionetas rencorosas, a discutir y gritar por la magnificencia del servicio.
    Puedes, si quieres, hacer a un lado tanta amabilidad que empalaga, tantos “hasta luego” sin entusiasmo.
    Te puedes evitar también de las frustrantes técnicas de venta de los empleados, te evitas de molestar a los empleados pagando con un billete de 500 el precio de dos boletos ¿Quieres presumir acaso que tienes mucho dinero y estas a la altura de una visita al cine? pues la taquilla no esta a la altura de tu caprichosa altanería de niño rico, paga con tarjeta o con cambio y absténte de presumir tu idiotez frente a tu novia que todos mirarán con lasciva delicia.
    Las películas que merecen la atención, el flirteo de tu consciencia reflexiva, la crítica de tu gusto experto son una leyenda para tus cosechas de cultura porque por desgracia, hombre culto, vives en una zona de ignorancia, y tienes que viajar grandes distancias para ver cine de verdad o resignarte a los gustos superficiales de tu comunidad inculta.

    Como ves, el cine está sobreevaluado, y tú menospreciado, pero te gusta, y prefieres el cine a tu casa por querer presumir que asistes a un lugar de clase, que tienes los recursos necesarios para llevar a tu familia a una pantalla gigante, pero es de lo más patético ir al cine con el afán de malgastar la cartera, que la globalización bendiga tu economía.”

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