Publicado en La Tempestad n. 53.

Cuesta trabajo escribir sobre Alejandro Rossi sin emplear un lenguaje mesurado. Los matices de su prosa, la templanza de su obra terminan por imponerse y por fijar sus condiciones: si se ha de hablar de ellos ha de ser templada, matizadamente. Es inútil delirar ante una obra que despunta, ante todo, por su prudente sabiduría. Son insensatas las generalizaciones teóricas ante una escritura que, aunque meditada por un filósofo, se demora en detalles y miniaturas. Más provechoso sería levantar un inventario. Decir: Alejandro Rossi (Florencia, Italia, 1932) es autor de dos libros de ensayos (El manual del distraído y Cartas credenciales), dos volúmenes de cuentos (Un café con Gorrondona, La  fábula de las regiones) y un breve tratado filosófico (Lenguaje y significado). Añadir: a los 74 años ha dado a imprenta Edén, su primera novela.

Una burda superstición nos ha hecho creer que no hay género más alto ni expresivo que la novela. Pensamos, con pasmosa complacencia, que toda escritura aspira a la narración y que debajo de todo escritor se oculta, avergonzado, un ansioso novelista. Así podría ser leída Edén: como si la obra de Rossi hubiera tenido que culminar, obligadamente, en el ejercicio novelístico. Así y también como si entre sus páginas descansara el núcleo –la justificación– del resto de su obra. Lo cierto es que Edén se resiste, con necedad, a esas lecturas. Aunque escrita en la última parte de una carrera, no es un desenlace ni depende de la inercia adquirida. Aunque biográfica, no ata cabos. Es una obra autónoma y, más todavía, sorprendente. Nada en la sensibilidad mordaz de Rossi hacía pensar que alguna vez negociaría con el duende de la novela, tan dado al sentimentalismo. Nada en su prosa –tensa y exacta– anticipaba una narración de largo aliento, por fuerza más relajada. Sin embargo, aquí está Edén, tan emotiva como fluida. Cosa admirable: para componer su novela, Rossi no continuó, sacrificó su estilo, empezó de nuevo.

¿Qué es Edén? Si atendemos el subtítulo, unas memorias noveladas. El protagonista, Alejandro, es –como el autor– escritor, filósofo, amigo de Octavio Paz. Su drama es proustiano: un encuentro fortuito, en un viaje trivial, lo sume en una lenta marea de recuerdos. Dócil ante el oleaje, recuerda su infancia y todas y cada una de sus etapas: Florencia, Roma, Buenos Aires, Montevideo, Caracas y, de manera especial, un elegante hotel argentino. A primera vista, estamos ante una memoria poco corriente, capaz de recrear con esmero diálogos y anécdotas. Porque se funde con la imaginación y ocurre a su propio ritmo –traslapándose un recuerdo con otro–, se antoja tildarla de vasta y potente. No obstante, es necesario matizar, como siempre que se habla de Rossi. Poderosa en la superficie, su memoria es también contenida. Así describa minucias, sólo a eso –a contar minuciosamente– se dedica. No enjuicia ni compone un relato ejemplar. Aunque Europa se desgarre en otra guerra, el libro no pierde su mesura –lograda a través de una narración en tercera persona– ni agrega otra cosa que los juicios, a ratos fascistoides, del niño Alex. Aparte, eso: hay un niño, con nombre propio, y no un infante típico; un puñado de anécdotas y no un edificante aprendizaje sentimental. Edén descansa muy lejos de, por decir algo, las memorias de Elias Canneti: mientras éste dibuja el itinerario moral de un pensador humanista, Rossi refrende su amor por la sobriedad y las miniaturas.

Se dirá: Rossi es, como Canetti, un intelectual humanista. Lo es y, sin embargo, es necesario matizar, de nuevo. Su novela supone un elogio del cosmopolitismo, confía en las virtudes civilizadoras de la literatura, adopta una forma conocida antes que el desplante experimental y, sin embargo, mentiríamos si dijéramos que su factura es del todo clasicista. Allí donde empieza a fijarse una novela tradicional irrumpe, de pronto, la incertidumbre: las mentiras del protagonista, los prejuicios de un narrador hasta entoces objetivo. Allí donde está a punto de afianzarse un temperamento tersamente humanista brota, con sabiduría, el tronante mal humor de Rossi: su ironía, su mala leche, sus esporádicos escándalos.

En un país todo tópicos destaca la compleja naturaleza de Edén.

Alejandro Rossi, Edén, Fondo de Cultura Económica, México, 2006, 271 pp.

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