Jun
21
Me topo en Acantilado, el blog de Irad Nieto, con dos textos de Ignacio Echevarría.
El primero, sobre el gran Anton Ego, de la gran Ratatouille, que incluye –el texto, no la película– estas frases:
Aquí sólo hay lugar para subrayar su mensaje esencial: en contra de lo que se suele pensar, la crítica -tan a menudo tachada de conservadora, de negativa, de hostil a su propio medio- está ligada a lo nuevo, al descubrimiento y a la defensa de lo nuevo. Esta es su misión más alta y valedera. La supuesta negatividad de la crítica está asociada a ese compromiso con lo nuevo, que la obliga -por decirlo ahora con palabras de Robert Musil- a “no autorizar la repetición de lo mismo si no es con un nuevo sentido”, a segregar lo verdaderamente nuevo del magma indistinto de lo último. El buen crítico, así, tendría algo de adivino. O más bien de profeta. Detecta antes que otros lo que está por venir, lo que está ocurriendo ya sin que nadie se dé cuenta todavía. Y lo acepta.
El segundo, una reflexión sobre el crítico como disc-jockey y la creciente tiranía de los lectores:
Hace cuarenta años, el escritor alemán Reinhard Baumgart hizo públicas una serie de provocadoras propuestas destinadas a vapulear a la crítica de su país. La más sensacional de todas ellas consistía en postular, para el reseñista de los diarios, un papel semejante al de disc-jockey en una pista de baile. Atrás va quedando, cada vez más desprestigiado -decía Baumgart-, el crítico investido de autoridad, ya sea la autoridad del académico, del policía, del aduanero o del agente de tráfico. Éste formulaba sus juicios desde el supuesto de que el público al que se dirigía estaba necesitado de orientación y de recomendaciones, cuando no directamente de instrucción. Pero entretanto, la inflación plebiscitaria ha abonado entre los lectores la convicción de ser ellos mismos peritos tan aptos como cualquiera para calibrar los méritos de un libro. Basta ver lo que ocurre muy patentemente con el fútbol o con el cine. Así las cosas, el crítico tiende a actuar como una especie de delegado de ese cuerpo general de peritos que constituye su público, ni más ni menos que como actúa un disc-jockey. El éxito de éste, como el del nuevo crítico, depende de su capacidad de sintonizar con los ocupantes de la pista, cuyas apetencias, cuyos gustos, cuyo grado de excitación o de embriaguez le corresponde a él adivinar, estimular y acompasar.


Estimado Rafa Lemus:
Antes que nada, gracias por la visita.
Sería bueno que hicieras algún comentario sobre críticos como Anton Ego, con esa influencia terrorífica gracias a sus reseñas que enferman a sus criticados. Me pregunto si son aún posibles.
Por otro lado, te recomiendo el librito de Rónán McDonald, The death of the critic (Continuum, 2007).
Saludos!!
¡Tendida la redada, crítico! Te descubrí en las gafas de Anton Ego. F.