Jun
20
Publicado en Día Siete.
Texto: Rafael Lemus
Algún día, cuando la oscuridad lo avasalle todo, alguien preguntará: ¿Qué era el cine? Quien sobreviva responderá: El western, el cine era el western. No hay ni habrá respuesta más exacta. El western es Hollywood y Hollywood es el cine. Hollywood sobrevive pero el western, ay, está muerto. De vez en vez algún valiente exhuma su cadáver y acomoda los huesos de otro modo. El género no revive pero el espectador atisba, de nuevo, cierta poesía primitiva. Ahí están Clint Eastwood y Los imperdonables, Tommy Lee Jones y Los tres entierros de Melquiades Estrada, Ang Lee y Brokeback Mountain. Basta mirar una de sus secuencias para entenderlo: con el western no muere un género sino un lenguaje, una manera de decir las cosas. Todo, desde el sombrero hasta el polvo, componía un idioma. Todo significaba, decía. Un vaquero rasgando el mediodía era un verbo: expresaba algo que las palabras no sugerían. Ahora, sin western, el mundo se oscurece.
La muerte del western supone algo más que el deceso de un género cinematográfico. Significa la crisis del cine. No hay cine más específico, más autónomo, que el de los géneros. Sólo en ellos este arte alcanza su absoluta independencia. En el western, como en el musical, el cine se desprende de la realidad y crea un mundo otro: gente baila, otras cantan, vaqueros disparan insaciablemente. Ningún otro arte lastra a estos géneros: todo nace de ellos mismos. Ahora se piensa que el verdadero cine lo hacen los autores, no los géneros. Es hora de los farsantes: Dogma, Greenaway, el último y pretencioso asiático. Alguna vez se entenderá que no hay reto mayor para un cineasta que ejercer un género: crear a partir de un código ya dado, expresarse a través de sus limitaciones. Tampoco hay reto más grande para el espectador: sólo si conoce a fondo un género podrá disfrutar sus cintas, sus leves y temperadas variaciones.
¿Qué cosa no podrá ya decirse? El mito. Sin western, el cine no conoce de lo mítico. El thriller y el melodrama no lo suponen; menos todavía los desvaríos europeos. Sólo el western nació para revelar lo sagrado. Ésa fue su función primaria: crear mitos para una nación naciente. Estados Unidos despunta y el western erige su mitología. La erige tardíamente: en el siglo XX, retomando hechos del XIX. La erige tramposamente: confundiendo la Historia con el mito. La erige frente a nuestros ojos, embelesados. Nunca el mundo había contemplado el espectáculo de un país inventado, en la oscuridad de una sala, su propio origen. Nunca un rito nacional había sido tan incluyente. Sentada la mitología norteamericana, el western encarna mitos universales: el origen que dibuja es de todos. Su acción ocurre sólo por accidente en Estados Unidos: su espacio es el descampado. Allí, en esa tierra de nadie, bajo el cielo y entre la hierba, cualquier hombre es todos los hombres. La aventura del cowboy es la del humano: un solitario enfrentado a un cosmos inexplicable. Así fue al principio. Así lo será siempre. El western es el origen y el origen es el destino. Con su muerte se extingue ese milagro que D.W. Griffith celebraba: ya ningún espectador entrará civilizado a la sala de cine y saldrá primitivo de ella.
Se pierde, también, la grandeza. Se pierde la epopeya. La muerte del western significa la victoria de lo pequeño. Ya todo es comedia y melodrama. Ya todo es anodino y cotidiano. Nada apunta a la desmesura. Nada es verosímilmente épico. Ningún género es capaz siquiera de postular un héroe válido. El heroísmo, como la aventura, era cosa del western. Incluso la más pobre de sus películas sugería: antes de ti hubo titanes. Al principio, titanes previsibles: blancos, justos, con una placa de sheriffs en su pecho. Después, tras la Segunda Guerra Mundial, héroes menos clásicos, a veces indios, siempre oscuros y forajidos. Ésa fue una de las hazañas mayores del género: cuando ya no pudo expresar el heroísmo, expresó su ausencia. El héroe, o su vacío, estuvo siempre en el centro.
Se dice: en las películas del Viejo Oeste se enfrentan el bien y el mal. Se enfrentaban, en realidad, cosas más importantes: la civilización y la naturaleza, el pecado y la redención, la libertad y el destino. El western expresó los dilemas más importantes de la existencia y lo hizo a su manera: con escasos recursos dramáticos. Todo en este género tiende al minimalismo. El vaquero: un sombrero, un arma, un caballo. Sus móviles: la venganza, alguna promesa, una pasión desbordada. El pueblo: la main street y, en ella, apenas un saloon, un hotel, un banco, la comisaría. Pocas veces recursos tan escasos han creado alegorías tan intensas. Cuesta creer que cualquier otro arte pueda hoy expresar tanto con tan poco. Más difícil es creer que aquellas grandes disyuntivas puedan ser aún plasmadas. Desaparece el western y, con él, cierta metafísica. Una metafísica y una moral. El western sostuvo un sistema de valores, hoy en desuso. El honor, por ejemplo. ¿Qué otro género será capaz de registrarlo? Honor era John Wayne montando, impávido, un caballo; Gary Cooper enfundando, sin temblar, su arma; Clint Eastwood disparando, heladamente, sobre Gene Hackman.
Y la poesía. Desaparece, también, la poesía del western. El cine es, sobre todo, superficie, y la del western era hermosa. Una superficie toda luz y vacío, tan libre como yerma. Una poesía rústica, atada voluntariamente a lo elemental. Nada es más difícil de registrar que lo básico, y el western se especializó en esa materia. Transmitió lo menos comunicable: la sensación del viento sobre nuestra nuca, la humedad del lodo entre nuestros dedos, la desesperante aspereza del polvo. Eso, todo eso. Y a través de eso, una y otra vez, lo único que tiene sentido: el todo y la nada que es la existencia. Que es el cine.

