Publicado hoy en Día Siete. 

Texto: Rafael Lemus

La luz, primero, en la infancia. El pequeño Ingmar tiene cuatro o cinco años y viaja con su padre, un estricto pastor luterano, a lo largo de la comarca sueca. En la posada de algún desamparado pueblo, se demora en un plato de espinacas. Cuando un rayo de sol se cuela hasta su traste, mueve instintivamente el plato de un lado a otro para proyectar, contra el techo y las paredes, diferentes, imprevisibles imágenes. La luz, también, meses más tarde. Ingmar está en el templo. Su padre dicta, severo, un sermón. En vez de escuchar, el niño observa. Observa la luz, los rayos de sol que atraviesan finamente los vitrales. La luz, por último, durante el resto de su vida. Ingmar Bergman, ya adulto, escribe guiones, dirige actores, organiza el movimiento de las cámaras. Es decir, hace cine. Es decir, esculpe despaciosamente la luz.

Pero Ingmar Bergman ha muerto. Su cadáver, bello y anciano, yace ya bajo montones de obituarios. Sombríos obituarios. La mayoría de los críticos ha guardado el acostumbrado tono fúnebre y destacado, no sin razón, la cerrada oscuridad de Bergman. Se dice: exploró los rincones más lúgubres del espíritu. Se enumeran sus obsesiones: la soledad, la incomunicación, la angustia, la ausencia de Dios, la muerte. Se alaba, cosa rara en estos tiempos, su sabio pesimismo. Todo esto es cierto y, sin embargo, no es suficiente. Para mí, Bergman es, esencialmente, la demasiada luz. No oscuridad sino lucidez. Antes que negrura, la impecable luz del pensamiento. Pesimistas somos muchos. Pensadores, en el cine, hubo apenas uno, y acaba de extinguirse. En un arte reacio a la reflexión filosófica, Bergman se erigió como el intelectual más alto: empleó un invento mecánico del siglo XIX para disertar sobre las preocupaciones metafísicas de siempre. ¿Opacamente? Por el contrario: con insoportable claridad, bajo el brillo de una Suecia toda nieve.

No sólo la luz del pensamiento, también las repetidas iluminaciones de la intuición. Además de ser el pensador más potente de la historia del cine, Bergman fue un soberbio psicólogo. Una buena cinta incluye, si tenemos fortuna, dos o tres revelaciones repentinas sobre la conducta humana. Las películas de Bergman podían contener cuatro o cinco fogonazos en una sola secuencia. Mejor: no había, no parecía haber, tema ajeno al sueco. ¿La muerte? Por lo menos, una obra maestra al respecto, El séptimo sello (1957). ¿La vejez? La película insuperable sobre el asunto, Fresas salvajes (1957). ¿El silencio? Persona (1966). ¿La maternidad? Sonata de otoño (1978). ¿La infancia? Fanny y Alexander (1982). Fanny y Alexander, además, es ejemplo del Bergman más festivo. Porque hubo, al lado del aplastante pesimista, un Bergman festivo. Lo hubo en esa película (el episodio en casa del comerciante judío, por ejemplo) y también, de pronto, a la mitad de algún espeso drama: los jóvenes de Fresas salvajes, los juglares de El séptimo sello, la esporádica y fugaz complicidad entre un hombre y una mujer. Momentos escasos, sí, y por lo mismo doblemente elocuentes: rayos de luz que, al penetrar una oscuridad casi unánime, bastaban para encender la sala entera.

La luz, por último, en todas partes. En la limpia composición dramática de sus obras. En la exacta interpretación de sus actores (piénsese, desde luego, en Liv Ullmann). En la serena fotografía de todos y cada uno de sus filmes (debida, las más de las veces, a Sven Nykvist). Sobre todo eso: aunque algunos críticos insistan en que Bergman fue por encima de cualquier otra cosa un hombre de teatro, sus películas jamás fueron teatro filmado. Fueron cine. Son cine. Hágase, para probarlo, un experimento. La próxima vez que algún cine ponga una película de Bergman, pague un boleto y siéntese, silencioso, entre la oscuridad, a la mitad de la sala. De pronto, cuando la cinta corra ya, deje de ver un instante la pantalla. Mire hacia arriba. Mire esa luz que, escupida por el proyector, viaja bamboleantemenente hasta la pantalla. Eso, todo eso, es Ingmar Bergman: una sabia luz que danza a un ritmo templado, casi metafísicamente, muy por encima de nosotros.

La muerte, dijo alguna vez Ingmar Bergman, “es sólo una luz que se extingue”.

Comentarios

2 comentarios para “Ingmar Bergman (1918-2007)”

  1. Juan Carlos Moya en Agosto 24th, 2007 4:43 pm

    MI BERGMAN

    El que dos personas se unan creyendo en el amor subraya el sinsentido humano de confiar en la felicidad y beneficio de dicho sentimiento. Estar enamorado es estar debilitado. Obnubilado. Amar es querer amor. Amar, casi siempre, no es generosidad, es YO PIDO.
    Bergman ha muerto. Ha muerto un escritor que filmaba sus novelas. Acaba de morir un hombre casado con los infortunios del amor, matrimoniado con el divorcio.
    Bergman jamás creyó en el amor de una pareja. Su visión es sabia, él cree que el amor (ese momento de debilidad y necesidad) promueve que dos almas heridas o lastimadas se busquen para lamerse las llagas. Llagas que provienen de traumas complejos y mentales. Por supuesto Bergman sabe que eso no se cura, ni con sexo ni con besos. Eso es un candado negro y pesado que tira hacia abajo, hacia la autodestrucción y las lágrimas.
    “El mar se mide con olas, el cielo con alas, nosotros con lágrimas”, escribe el poeta Sabines.
    Bergman se dedicó a vivir y morir en una isla. Su encierro y libertad en ese pedazo de tierra afirma el desdén por el conjunto, por la especie, por el número plural.
    Nuestro querido y noble difunto sueco estaba obsesionado por descubrir las insondables sombras del alma. A punta de cámara y texto. Mucha filosofía en los diálogos (vea la película Persona) y mucha amargura bulliciosa en el andar, amanecer y desayunar (vea Vergüenza).
    La riqueza textual que Ingmar Bergman propone en su libreto solo puede devenir de un narrador con hondura sensible y existencial. Recuerdo el inicio supremo y magno del filme La Pasión de Ana. Un hombre intenta proteger el techo de su casa del invierno. El sol de la mañana es fugaz. Lo abandona y lo deja desamparado.
    La soledad no fue tema del director muerto, sí el desamparo. Ver su rostro en las fotografías a blanco y negro que llegaron gracias al teletipo, es ver la duda. Motivo suficiente para que nazca la filosofía, la insatisfacción, el vacío. Y de ahí la necesidad de la escritura como experiencia de sublimación y testimonio.
    Pero qué controvertida idea he escrito algunos párrafos atrás… Los enamorados se unen a lamerse las llagas. Almas enfermas que se lamen los traumas y hambres, las necesidades y pobrezas. Ellos se lamen las llagas. ¿Es esa la verdadera definición de sexo oral? Bergman, eres mi Dios. Leo tu Biblia antes de dormir. En tu santa escritura visual el amor siempre muere y no resucita al tercer día. Amén.

  2. Juan Rivas en Marzo 18th, 2008 11:58 am

    "Pensadores, en el cine, hubo apenas uno, y acaba de extinguirse".
    ¿Apenas uno? ¿Por qué tanta exageración? ¿Por qué las críticas hiperbólicas son tan populares?
    ¿Y Rohmer? ¿Y F for Fake? ¿Y…?
    ¿Apenas? Lo dudo.

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