Reseña publicada en Confabulario, suplemento cultural de El Universal.

Primero, el desconcierto.

Es tanta nuestra desconfianza y tan poca nuestra familiaridad con las novelas maestras que cuando nos topamos con una no sabemos cómo leerla. Sospechamos, casi mecánicamente, la existencia de un secreto, una trampa, un error en nuestro juicio. Sospechamos cosas peores cuando esa obra, además de nuestra devoción, gana premios y el siempre dudoso favor de nuestros enemigos. ¿Habremos leído bien? ¿Nos habremos vuelto así de complacientes? Estas preguntas valen tras leer, arrobadamente, Los ejércitos, la novela más reciente de Evelio Rosero. En teoría, deberíamos deplorar el libro. Ganó, nos dicen, el II Premio Tusquets Editores de Novela (el primero: desierto) y ya se sabe: las editoriales premian, casi sin excepciones, puras baratijas. Peor: su autor es colombiano y Colombia, últimamente, rima con Gabo y tontería. Además: se promete aquello que uno ya alucina: violencia, narcotráfico, otro edén subvertido.

Y sin embargo Los ejércitos es una novela maestra.

¿Cuál es el secreto? No hay ningún secreto. Hay una novela ejemplar y apenas más que eso. Contra lo que uno supondría, Rosero no oculta truco alguno ni precisa batirse contra la novela para componer una novela aún viva. Hace, anticlimáticamente, otra cosa: apenas lo adecuado. Ésa, la clave: problematiza su oficio (¿cómo escribir hoy otra novela? ¿cómo registrar la violencia? ¿cómo decir lo real?) y termina dando con una solución elegante, en apariencia natural. En vez de innovar o redactar con indolencia, escribe razonadamente, al tanto de la severa crisis del género. Conoce que la violencia, como tópico, está ya cascada y por lo mismo no pretende otra cosa que referirla cascadamente. Al revés del tropel de bestsellers, su novela no oculta la agonía de la novela: canta, por el contrario, entre los escombros.

Afirmaba Julio Ramón Ribeyro: “No somos más que un punto de vista, una mirada.” Casi lo mismo parecería creer Rosero, que carga todo el peso de la novela sobre los hombros de su protagonista. Su certidumbre: no es necesario tejer una trama estridente ni buscar (como si los hubiera) temas novedosos; lo esencial es el punto de vista, la zona desde donde miramos y escribimos. Quien mira y escribe, en Los ejércitos, es Ismael, un anciano profesor jubilado. Casado con Otilia, el viejo gasta sus días en el sedante pueblo de San José: recoge naranjas, espía a las mujeres, narra bamboleantemente su aceptable realidad. Antes de eclipsarse se enciende, una última vez, junto al entorno: cuando el pueblo es devastado por un ejército impreciso, su estabilidad mental se desploma. El anciano hace pensar –para no ir demasiado atrás– en los ancianos de Coetzee: voces marginales, ajadas, abolladas por una realidad que ya no comprenden. La estrategia de Rosero hace pensar –para no ir más lejos– en la estrategia de Coetzee: elegir a un anciano como narrador para referir, senilmente, la agonía de un escenario, la cercana vecindad de la muerte. No hay, ni en este ni en aquellos casos, concesiones: el relato del viejo, zigzagueante y denso, no echa luz sobre lo narrado. Más bien al contrario: refleja la confusión, la cerrada oscuridad de la existencia.

Sobre todo eso: cuando Rosero podría representar la realidad, decide mejor imitarla. En vez de retratar la herrumbre y la violencia, compone una novela violenta y herrumbrosa. Antes que referir, remeda. Este procedimiento, en apariencia obvio, no es una práctica común: son todavía legión los autores que pretenden tratar el asunto de la violencia sin ensuciarse algo más que las manitas. Observan y, con irriosoria seguridad, novelizan. Creen, anacrónicamente, que las formas clásicas son aún capaces de expresar la podredumbre. Confían, los pobres, en los atemporales poderes de la novela. Más sensato, Rosero se ubica en el extremo contrario: está dispuesto a sacrificar la petrificada belleza del clasicismo a cambio de cierta elocuencia. Con el fin de expresar, no duda en entregar el relato a un anciano confundido. Para mantener tirante su novela, no se rebaja a complacer un segundo las demandas más toscas del mercado: nada consuela, todo señala: eres un gusano y serás aniquilado. Porque así procede, Rosero consigue, con Los ejércitos, esa novela sobre el narcotráfico y la brutalidad que tanto y tan vanamente han intentado, por ejemplo, los narradores del norte de México.

Se lee en el primer párrafo:

Y era así: en casa del brasilero las guacamayas reían todo el tiempo; yo las oía, desde el muro del huerto de mi casa, subido en la escalera, recogiendo mis naranjas, arrojándolas al gran cesto de palma; de vez en cuando sentía a las espaldas que los tres gatos me observaban trepados cada uno en los almendros, ¿qué me decían?, nada, sin entenderlos. Más atrás mi mujer daba de comer a los peces en el estanque; así envejecíamos, ella y yo, los peces y los gatos, pero mi mujer y los peces, ¿qué me decían? Nada, sin entenderlos.

El fragmento basta: estamos ante una de las prosas más potentes de la última literatura hispanoamericana. Una prosa, en principio, natural. Porque el narrador es un anciano y el escenario una pila de ruinas, el estilo debía ser como es: titubeante, sincopado, al borde siempre del balbuceo. Las frases, en vez de sucederse finamente, se estrellan unas contra otras. Porosas, tienen huecos, flotan agujeradas. Se agradece, aparte, el sentido común: para componer su letanía Rosero ejerce menos esfuerzo sobre el vocabulario que sobre la sintaxis. Antes que una prosita coloquial, construye un quebrado canto de ruido y furia. ¿Sentido común? Mucho más que eso. Si en el resto de la novela Rosero hace lo adecuado, en su prosa hace lo impensable. Sus imágenes inusitadas, nunca triviales, sugieren aquello que la narrativa más reciente se obstina en olvidar: escribir es delirar.

¿Es necesario decir que Los ejércitos es una de las novelas latinoamericanas más importantes de los últimos años?

Evelio Rosero, Los ejércitos, Tusquets, México, 2006, 203 pp.

Comentarios

Un comentarios para “Los ejércitos”

  1. Jos den Bekker en Diciembre 24th, 2007 8:52 am

    Gracias por esta reseña lúcida, la mejor que hasta ahora leí. ¿Le puedo hacer algunas preguntas sobre el libro de Rosero, por favor? Gracias.

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