El pasado 8 de noviembre se inauguró, en el primer piso del Museo de Arte Moderno de Nueva York, la exposición Diego Rivera: Murals for The Museum of Modern Art. La muestra es, en cierto sentido, una pequeña reposición de la mítica retrospectiva de Diego Rivera en la antigua sede del museo en diciembre de 1931 y enero de 1932. En aquella ocasión el espectador pudo ver, además de lienzos del artista, cinco “murales portátiles” que Rivera realizó allí mismo, en un improvisado taller dentro del museo, unas semanas antes de la inauguración, reproduciendo algunas imágenes de sus frescos mexicanos. Ahora se presentan tres de esos cinco murales –Guerrero indio (1931), El levantamiento (1931) y Zapata (1931)–, acompañados de bosquejos y análisis técnicos de esas obras ejecutadas sobre grandes bloques de cemento. Se presentan, también, dos de los tres murales portátiles que Diego terminó poco después de la inauguración, los tres inspirados en la ciudad de Nueva York: Martillo neumático (1931-32), Energía eléctrica (1931-32) y el extraordinario Activos congelados (1931-32) –un tablero dividido en tres partes: arriba, los rascacielos neoyorquinos; abajo, la bóveda de un banco; en medio, una siniestra bodega que alberga hileras de cuerpos exhaustos.

Punto y aparte: unos pocos días antes de mi visita a la exposición, el martes 15 de noviembre, la policía de Nueva York desalojó a los cientos de manifestantes que acampaban, desde hacía casi dos meses, en Zuccotti Park. Ya no sé si fui yo el que inventó una conexión entre ambos acontecimientos –la exposición de Diego y el desalojo del campamento– o si ambos eventos se conectaban naturalmente, pero recuerdo bien que mientras paseaba por las salas del museo pensaba en Occupy Wall Street y que un par de días más tarde, cuando recorría Zuccotti Park, las imágenes de la exposición irrumpían en mi cabeza. Vaya, tampoco es necesario ser un excéntrico para advertir algunas afinidades entre la exposición original de Rivera, a principios de los años treinta, y la emergencia de Occupy Wall Street este otoño. Hay que empezar por atender las fechas de emergencia de ambos eventos: diciembre de 1931 y septiembre de 2011, años de crisis económicas, uno secuela de la Depresión de 1929, el otro de la Recesión de 2008. Hay que mirar, después, los objetos y sujetos representados en los murales neoyorquinos de Diego: ante todo rascacielos y trabajadores en las entrañas o los sótanos de esas construcciones, nada muy distinto a lo que uno podía ver hasta hace unas semanas en Zuccotti Park, con todo esa gente a los pies de los rascacielos del Distrito Financiero. Hay que ver, por último, cómo Rivera y los manifestantes coinciden en un mismo objetivo: revelar, en el centro mismo del capitalismo, los oscuros fondos del capitalismo. Rivera se obstina en mostrar los cimientos de las grandes corporaciones –la explotación que las hace posibles– mientras los indignados se empeñan en exhibir más bien sus efectos –las deudas, el desempleo, la desigualdad social que reproducen.

Ahora bien: nadie podría trazar una línea recta entre la ideología de ambos eventos. Los murales neoyorquinos de Diego son marxismo puro y duro: el hombre detesta la sociedad burguesa –al menos en el discurso– y desea una revolución proletaria. Es 1931 y hay entonces dos grandes posiciones ideológicas: o socialismo o liberalismo –y Diego se acomoda en una de ellas. Además, acaba de volver de un viaje por la Unión Soviética (en el MoMA se exhibe su diario de viaje) y la experiencia lo ha distanciado, temporalmente, del indigenismo y acercado a un marxismo más ortodoxo. Apenas si es necesario decir que el perfil ideológico de Occupy Wall Street es mucho menos nítido, bastante más flexible. Salvo por algunos radicales, el movimiento está lejos de declararse marxista y no se plantea nada tan dramático como el derrumbe del capitalismo. Casi por el contrario: es, ante todo, un movimiento de clase media y es menos un proyecto de emancipación que un acto de resistencia ante la inercia del capitalismo financiero. Si esto suena demasiado genérico, es porque así es, y ha querido ser, el movimiento: abierto y elusivo a las definiciones. Ocurre que a estas alturas el mundo ya no está dividido en dos grandes modelos y uno ya no puede optar, como Diego, por una de dos posiciones ideológicas. Ahora es necesario crearse una posición sobre la marcha, y eso han intentado los participantes de Occupy Wall Street quién sabe con qué tanto éxito: ocupar un espacio propio, improvisado por ellos mismos.

En la exposición del MoMA también pueden verse materiales –bosquejos, fotografías, cartas– sobre el escándalo de Rivera en el Rockefeller Center. Se conoce la historia: en 1932 John D. Rockefeller le encarga a Rivera realizar un mural en uno de los edificios del complejo que construye en la Quinta Avenida; en marzo de 1931 Diego empieza a trabajar Man at the Crossroads en una de las paredes del rascacielos RCA; dos meses más tarde el encargo es suspendido y el mural destruido. La empresa apunta: Rivera incumplió el contrato y modificó sobre la marcha el diseño previamente acordado. Todo mundo lo sabe: incluyó el rostro de Lenin en la pieza y se negó a quitarlo cuando los Rockefeller se lo exigieron. En cualquier caso, no sorprende la decisión de la empresa: destruir y desaparecer la obra. No sorprende porque esa, destruir y desaparecer, es una de las estrategias más comunes del poder a la hora de lidiar con aquello que lo incomoda y desafía. Hay que volver, otra vez, a las calles del Nueva York actual para corroborarlo –así actuaron las autoridades al desalojar a los manifestantes, también a dos de meses de iniciado el conflicto, también para quitar de la vista esos elementos que no combinaban con el paisaje.

Pero ¿así de fácil desaparecen las cosas? Hace ochenta años un grupo de empleados, a las órdenes de los Rockefeller, se aseguró de destruir el mural de Rivera y sin embargo el mural hoy está ahí: en las paredes del Museo de Bellas Artes, donde Diego lo replicó en 1934, y en las salas del MoMA, exhumado en bosquejos y fotografías. Un poco lo mismo sucede ya con Occupy Wall Street: aunque el campamento ha sido levantando, uno puede ir a Zuccotti Park y encontrar ahí a cientos de manifestantes. Es fácil anticipar, además, que, cuando esas personas abandonen definitivamente la plaza, la huella del movimiento persistirá de todos modos, ahora representada en esta obra, ahora incorporada a aquel discurso, ahora alimentando nuevas insurgencias. Ocurre que, por fortuna, las cosas no desaparecen tan sencillamente. Muchas veces, cuando el poder cree anular al otro, solo lo desplaza –el otro abandona la superficie y se muda a los sótanos, donde permanece latente, o a los márgenes, desde donde prepara su regreso. Porque ya se sabe: tarde o temprano retorna lo reprimido, tarde o temprano lo marginal vuelve al centro.

Un día después de visitar la exposición regreso a Zuccotti Park. Lo primero que veo, al doblar la esquina de Broadway y Liberty Street, es a un manifestante que justamente se resiste a desaparecer o, mejor, a ser desaparecido: oculto detrás de una máscara de Anonymous, sostiene una pancarta en alto (You can’t evict an idea!) frente a un grupo de veinte o treinta policías, formados en dos o tres hileras, estáticos pero amenazantes. Un poco más allá cien, ciento cincuenta personas se dispersan en la plaza. Nada que ver con el sitio atestado y bullicioso de semanas atrás. Ahora Zuccotti Park es un lugar casi vacío –cercado por vallas y policías– que los manifestantes pueden ocupar durante el día pero no por las noches. Ahora es una plaza como tantas otras –árboles, bancas de pavimento– y no queda rastro de la cocina ni de la biblioteca que los indignados levantaron y operaban. Ahora la tensión ya no está en el centro del sitio sino en sus bordes, justo donde las vallas separan la plaza de la calle y a los manifestantes de los policías. Ahí, en el filo, todo es tensión: una mujer discute con un oficial, un joven patea la valla, tres o cuatro manifestantes amagan a un imperturbable policía. De pronto la tensión estalla en una esquina de la plaza –un joven y un policía se gritan– y casi todos se desplazan hacia esa parte. Luego la tensión estalla en otra esquina, y luego en otra, y todo se agita. Uno sabe, sin embargo, que pronto será de noche y que los manifestantes tendrán que abandonar la plaza. También se sabe que desaparecerán ellos, no la tensión, no el conflicto.

-Rafael Lemus
24 de noviembre (publicado hoy en El Ángel, del periódico Reforma)

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