Publicado en Día Siete núm. 341, como parte de la columna “Vida en un cuadro”.

Texto: Rafael Lemus

No tomo tequila. No bailo cumbias ni rancheras. No voy a los gallos ni a las luchas. No deseo que la selección mexicana gane alguna vez el Mundial de Fútbol. No me gusta el fútbol. No me importa si un mexicano gana una medalla o si la conquista, merecidamente, un finlandés. No me interesa si un premio literario recae en un argentino o en un mexicano. Me gustan los buenos libros. Me da lo mismo si un cineasta mexicano o estadounidense se lleva a casa el Oscar. Me gustan las buenas películas. ¿Debo pedir disculpas? Como no lo sé, insisto: no me emociona patrióticamente la “nueva ola mexicana”. Para qué inventar que se me enchina el cuero cada vez que Alejandro González Iñárritu recibe, entre aplausos, una nueva estatuilla. Para qué fingir que me enorgullece que los gringos hayan descubierto que, además de ser buenos para la pizca, podemos hacer películas. Me conmueve el buen cine y es poco el buen cine que hacen los mexicanos. ¿Debo callar? Como de veras no lo sé, añado que no estoy siendo injusto. Por el contrario: nada peor para un país que la complacencia y el aplauso generalizado. Son buena cosa los aguafiestas.

Para arruinar el festejo con argumentos: México no es, no ha sido históricamente, una fábrica de talento cinematográfico. Dígase lo que se quiera de nuestras playas y magueyes pero nuestra cinematografía no ha estado nunca a la altura de las de otros países. Ni siquiera eso: no se compara el lustre de nuestro cine con el vigor alcanzado, en algún momento, por nuestras artes plásticas y nuestra poesía. El mejor director mexicano, Luis Buñuel, era español. El mejor fotógrafo mexicano, Gabriel Figueroa, aprendió su estética contemplando el trabajo de un soviético. De una u otra manera ambos fueron espléndidos. Como Fernando de Fuentes. Como el Indio Fernández. Como otro reducido puñado de personas. Todos ellos son admirables pero no son suficientes: son excepciones. Lo común es y ha sido el melodrama ramplón, la impericia técnica, la miserable y mezquina cinematografía estatal. Conociendo esto, no extraña que millones de mexicanos se congratulen (cualquier pretexto es bueno para festejar y beber y acribillar al compadrito) de que hayan por fin películas nacionales que, al menos, se pueden ver y escuchar sin tener que sentarse en la primera fila. No asombra que nos emocione estar fugazmente de moda: no lo estábamos desde que aquel mexicano apagó, con una patriótica meada, la llama eterna de los parisinos. Lo que preocupa es que, entretenidos en festejar y ser festejados, no aprovechemos la coyuntura para apuntalar lo más importante: una industria cinematográfica capaz de producir otra cosa que bostezos.

Quisiera hablar de Juan Carlos Rulfo, nuestro impetuoso documentalista, o de las piernas suntuosas de Dolores del Río. El mundo, no obstante, se empeña en hablar de González Iñárritu, y yo soy dócil. ¿De veras estamos ante un cineasta de tamaño? Si nos limitamos a la primera parte de Amores perros, podríamos llegar a considerarlo. Si tuvimos el infortunio de mirar 21 gramos y Babel, no hay manera de seguir aplaudiéndolo. Lo digo como lo veo: Babel es una estafa. Su fórmula: tremendismo más efectismo. Por una parte, un guión todo “sangre”: desvergonzadamente melodramático desde el primer instante, pintoresco en su turismo e incapaz de vincular dramáticamente las tres tramas. Por la otra, una puesta toda “luces”: excesiva en su estética (tanta que todo se vuelve superficie) y decididamente fascinada consigo misma. ¿Alguien conoce a un cineasta que se quiera tanto como para alargar de tal modo, anulando todo efecto dramático, sus escenas más “vistosas”? ¿Alguien recuerda una película que derroche tantos elementos melodramáticos sin conseguir apenas ninguna intensidad?

Se dirá que Alfonso Cuarón es mejor, y acaso lo es. Pero apenas. Allí donde a González Iñárritu le sobra galleta, a Cuarón le falta hondura. Cuesta creer que una película como Niños del hombre termine siendo solamente un entretenimiento más o menos ineficaz. Cuando yo era joven la ciencia-ficción servía, además de para entretener, para reflexionar y hasta para exponer, desprendidos del costumbrismo, cuestiones metafísicas. Ya no. No con el potentemente mexicano Cuarón.

Para no cesar de quejarme, quisiera decir que Guillermo del Toro es también un cineasta menor. No lo es, es el problema. El laberinto del fauno es una cinta notable, tal vez hasta espléndida, pero no diré más. No ahora. Para qué celebrar cuando puedo advertir: si piensan celebrar una fiesta, no cuenten conmigo.

Comentarios

Un comentarios para “The Mexican Wave”

  1. Alejandro Páez en Febrero 21st, 2007 10:17 am

    Casi nadie le ofrece en una esquina un pedacito suelto de bicicleta o trompo. Casi nunca es verano en pleno invierno por razones de estricta y pulimentada lógica. Hay que ser lo que se es, o no ser nada, y nada lo sacará de sus casillas. Nadie lo sacará. Y si un caballo ladra no lo sabremos nunca porque los caballos no ladran.

    –JULIO CORTAZAR

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