En unos días, el 23 de junio, se cumplirán cincuenta años de la muerte de Boris Vian, uno de esos escritores a los que vuelvo cuando la literatura me empieza a parecer un tanto tiesa. El domingo pasado publiqué en Día Siete este retrato, apenas una impresión:

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A los 19 años Arthur Rimbaud (1854-1891) escribe: “mi vida será siempre demasiado inmensa para consagrarla a la belleza y a la fuerza.” A los 21 abandona de una vez por todas la literatura, y en los años que siguen recorre a pie buena parte de Europa, se enrola con el ejército holandés, viaja a Java y a Chipre, es agente de una empresa en Yemen, es comerciante en Etiopía, es traficante de armas en no pocos países de África. A los 37 muere, y eso debería ser todo. Pero no lo es, al menos no para el grueso de los escritores, que han hecho de ese joven, de esa fuga, uno de los mitos más perdurables de la literatura moderna. La pregunta es: ¿por qué Rimbaud –o, mejor, por qué un joven genial como Rimbaud– desatiende de pronto la poesía? ¿Por qué canjea la literatura por la aspereza de la vida activa? Sospecho que otros hombres –obreros o campesinos, profesionistas o mercaderes– encontrarán poco profundo este misterio: Rimbaud –dirán– escribió primero poesía y después traficó armas porque uno, sencillamente, puede hacer una cosa y luego otra. Pero esta respuesta, natural, es inaceptable para la mayoría de los escritores. En principio, porque la poesía, para ellos, no es cualquier cosa: es una vocación y se la padece toda la vida. Después, y sobre todo, porque los autores errantes, intranquilos, siguen siendo una pequeña minoría en el sedentario mundo de las letras, apoltronado, para bien y para mal, en la más absoluta modorra.

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Entre la tropa de escritores intranquilos pocos como Boris Vian (1910-1959). Hablar de él es hablar de un escritor y bastante más: de un hombre, infatigable, que hizo de la literatura sólo uno más de sus oficios. Fue traductor. Fue ingeniero. Fue inventor. Fue cantante. Fue trompetista. Fue actor. Fue director artístico de un sello discográfico. Entre un trabajo y otro encontró tiempo, además, para animar muchas de las fiestas del París de la posguerra y escribir una obra considerable: seis novelas, cuatro colecciones de cuentos, siete obras de teatro, un generoso puñado de poemas y canciones. Encontró tiempo, aun, para componer cuatro novelas policíacas bajo el seudónimo de Vernon Sullivan, un supuesto escritor negro de Estados Unidos, todas ellas de títulos irresistibles: Escupiré sobre vuestras tumbas (1946), Todos los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) y Con las mujeres no hay manera (1948).

Sencillamente no había modo de vivir en el París de la posguerra y no estar en el centro del mundo. Vian estaba allí, y vaya si aprovechó las circunstancias. Cuando el surrealismo agonizaba, él percibió el poder de esos estertores y creó algunas obras (La espuma de los días, 1946, ante todo) de franca imaginación surrealista. Cuando arrancaba el teatro del absurdo, él atestigüó el fenómeno desde la primera fila y contribuyó a este con sus propias obras teatrales (una de ellas, Los constructores de imperios o el Schmürz, 1957, extraordinaria). Cuando Alfred Jarry fundó la patafísica para parodiar las certezas científicas, él suscribió ese delirio y convivió, en el grupo, con Pablo Picasso, Raymond Queneau y Eugene Ionesco, entre otros. Mejor todavía: Vian fue uno de los exponentes más notorios del existencialismo que entonces asolaba las calles de París. No es sólo que gastara sus días en los cafés de Saint-Germain-des-Prés ni que, en su momento, haya publicado en la revista de Sartre y en el diario de Camus. No es siquiera que de sus obras se desprenda, pese al humor y la vitalidad, una espesa sensación de desasosiego. Es que este hombre era un sólido ejemplo del ser existencialista: pesimista pero activo, activo pero oprimido por el peso de la libertad, oprimido por ello pero entregado a una vida libérrima.

Dicho de esa manera, Vian parece un producto previsible de su tiempo, y en cierto sentido lo era. En otro sentido fue un visionario: abanderó algunas causas hoy obvias e irrefutables. A finales de los años veinte, principios de los treinta, juraba por manifestaciones artísticas entonces desdeñadas: el jazz, la novela policíaca, la cultura popular estadounidense. Trompetista, se adelantó treinta años a Cortázar en el elogio del jazz y el blues. Autor de vertiginosas novelas negras, adivinó la futura reivindicación de este género. Traductor de Raymond Chandler, acompañó la creciente devoción de cierta élite francesa por la literatura (Faulkner) y el cine (Hitchcock) estadounidenses. Es una lástima, de hecho, que haya muerto el mismo año en que la Nueva Ola comenzó a filmar sus películas: hubiera disfrutado de ellas, a un tiempo “artísticas” y “populares”, “francesas” y “americanas”, pues algo le debían.

Vian sería simplemente otro tipo simpático y agitado de no ser por su obra. Lo más atractivo, al final, no fue su vida sino la manera en que pudo trasladar el nervio de su vida a su obra: en una y otra palpitan la misma incomodidad, la misma prisa. Así como el medio literario no pudo contenerlo, los hábitos realistas tampoco sujetaron su escritura, siempre al borde del delirio y el absurdo. Del mismo modo que él se abstuvo de hacer distinciones entre el arte y la cultura popular, no hay manera de separar sus libros serios de esas novelitas negras, desenfadadas y salvajes, que escribía en no más de tres o cuatro semanas. Y la misma fiesta que hubo en su vida está, por fortuna, en su obra: juegos, bromas, ironía, embriaguez.

Es seguro que Vian no fue un escritor genial: pero fue formidable. Tampoco fue un gran trompetista, ni un notable inventor, ni un exitoso ingeniero ni el mejor de los cantantes. Esa fue su condena: hombre de múltiples talentos, no terminó de consumar ninguno. Ese es, en realidad, su encanto: el vaho de inestabilidad, de inmadurez, que despiden sus mejores libros. Ahora, cuando casi todos los escritores parecen profesionales y, antes que obra, hacen carrera, los libros de Vian son oxígeno: riesgo y juego y movimiento. Escritos de paso, entre una actividad y otra, todos ellos tiene algo de pasajero y provisional, cosa buena entre tantos libros graves y relamidos.

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Demasiado ardor. Demasiada prisa. Demasiados cabos sueltos. Con una vida así es difícil tener un final sereno, una muerte de esas que parecen redondear toda una biografía. Boris Vian no la tuvo. Murió de manera fulminante, un paro cardiaco. Murió hace cincuenta años, cuando tenía apenas 39. Murió en una sala de cine, mientras veía la adaptación a la pantalla de su novela Escupiré sobre vuestras tumbas, un instante después de decir: “¿Se supone que estos tipos son americanos? ¡Cómo no!” O algo así, siempre algo así.

Comentarios

Un comentarios para “El intranquilo Boris Vian”

  1. Ana Elena Mallet en Junio 21st, 2009 10:05 pm

    Rafael, leí esta mañana tu artículo en El Ángel de Reforma, Muchas gracias en verdad, ¡Vaya! no sabes qué alivio ver que por lo menos hay ciertos escritores, aunque sean los menos, que todavía entienden y están pendientes de los que sucede a su alrededor y no sólo en sus minúsculas cabezas o en sus desmedidos ego…ya había mencionado yo el tema recurrentemente en mi por nadie leída columna en CHILANGO pero me da gusto que alguien de la comunidad literaria aborde el tema desde dentro, muchas gracias…

    8:04 PM

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