Publicado hoy en Día Siete.

Algún día un valiente escribirá una historia de la infamia cinematográfica. En ella el cineasta alemán Friedrich Wilhelm Murnau (1888-1931) ocupará un capítulo feliz y afortunado: el de bribón que se salió –para fortuna de todos– con la suya.

Se conoce el suceso: es 1920 y F. W. Murnau desea filmar una brumosa versión de la novela Drácula. La idea parece notable –el libro se acomoda bien con los principios del expresionismo alemán– salvo por un detalle: la cabeza dura –pero legal– de Florence Balcombe, la viuda de Bram Stoker, autor de la novela. Terca, Florence se niega a conceder los derechos para el rodaje; necio, Murnau urde una estrategia infantil: seguir adelante, cambiar el título de la obra, modificar la apariencia del vampiro. Cuando finalmente aparece Nosferatu (1922) estalla un pleito judicial, ganado, desde luego, por la viuda. Se ordena: que el negativo original y todas las copias de la película sean quemadas. Se obedece la sentencia –el negativo provoca una llamarada magnífica– pero existe otro problema: ciertas copias ya han sido distribuidas en el extranjero. Entonces, la fortuna: algunas almas nobles, en vez de prender fuego al celuloide, lo conservan bajo llave. Cuando los derechos del libro se vuelven del dominio público, la película ve otra vez –casi por primera vez– la luz. Se reconoce de inmediato: es una obra maestra: del cine mudo, del cine de horror, del cine a secas. Hoy, otro golpe de suerte: una nueva edición –remasterizada y en dos dvd´s– de la película. Buena cosa para Murnau: un sonado triunfo póstumo. Buena cosa para los Stoker: la versión cinematográfica más vigorosa de Drácula. Buena cosa para uno.

La desaparición –hay que decirlo– no era un destino del todo injusto para Nosferatu. Aun sin la sentencia legal, hay algo en la película que ansía desvanecerse. No estamos –es claro– ante la pastosa adaptación cinematográfica de una obra literaria. No estamos, tampoco, ante una versión barroca y amanerada de las soporíferas historias de vampiros. Por el contrario: Nosferatu es un filme vaporoso, casi abstracto. Antes que intentar una traducción literal de la obra, Murnau se empeña en reproducir –e intensificar– su poesía. En vez de narrar solventemente la historia, compone una obra plástica donde lo esencial no es la anécdota sino la atmósfera. Ni siquiera la atmósfera: todas aquellos elementos intangibles –neblina, luz, sombra– que conforman la atmósfera. Opuesto a la grandilocuencia del cine estadounidense de entonces, Murnau no filma elefantes blancos sino destellos: crepúsculos espesos, sombras que suben amenazantemente las escaleras, ratas que anuncian la peste, la peste, el horror. Leal al expresionismo alemán del momento, abjura del costumbrismo para rodar una película casi etérea: aunque fechada en el siglo XIX, sin tiempo; aunque ubicada en Transilvana, universal.

No es necesario ver la película para adivinar la trama: un vampiro centenario, varias víctimas desangradas, un amanecer criminal y definitivo. Es necesario verla, sin embargo, para conocer su elemento más perturbador: la figura del conde Orlok. ¿Conde Orlok? De nuevo: en su intento por esquivar la ley, Murnau imaginó un nuevo nombre y una nueva apariencia para el vampiro. Imaginó, con tino, el apellido Orlok. Imaginó, con genio, una figura mucho más contundente que la que Bela Lugosi interpretaría diez años más tarde. No el conde aristócrata y relamido, de capa y colmillos, al que estamos acostumbrados. Un monstruo, un monstruo herrumbroso: casi un cadáver. La cabeza calva y afilada. La mirada honda y las orejas turgentes. Dos dientes, podridos, y diez uñas como garras. Un cuerpo alto y tieso que anda despacioso, arrastrando la peste. ¿El actor? Según los créditos, Max Schrek. De acuerdo con ciertos rumores, el mismo Murnau. Si atendemos los susurros, un vampiro, un vampiro verdadero.

La historia de Nosferatu no termina cuando acaba el último metro de cinta. Se extiende, como la peste, por otras películas. Si el Drácula (1933) de Tod Browning y Bela Lugosi dio lugar a pésimos refritos e infinitas parodias, Nosferatu ha engendrado dos cintas extraordinarias. Primero, en 1979, el Nosferatu de Werner Herzog, con Isabelle Adjani, Bruno Ganz y el formidable Klaus Kinski. Después –con menos genio pero no sin magia–, La sombra del vampiro (2000), un sentido homenaje doble: al efímero Murnau y a su monstruo tenaz. Porque, desaparecido el uno, persiste el otro. Venturosamente.

Comentarios

Un comentarios para “Nosferatu”

  1. Alfredo González en Mayo 1st, 2008 5:06 pm

    Acabo de descubrirlo, Sr. Rafael Lemus, y qué buenas críticas. Felicidades.
    2 en especial: Bergman y Nosferatu. Inspiradoras.
    Seguiré sus escritos posteriores que ya por ser de la misma pluma que los que acabo de leer prometen mucho.

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