Publicado hoy en Día Siete como parte de la columna Vida en el cuadro.

Texto: Rafael Lemus

Un fantasma recorre Hollywood: el fantasma del 11 de septiembre. Casi cualquiera lo sabe y, sin embargo, apenas nadie lo dice: los estudios cinematográficos no han sabido qué hacer –no lo saben todavía– con los atentados terroristas de 2001. Antes que la reflexión, el silencio. En vez de la lúcida recreación del horror, la censura: postergar indefinidamente el tema, acotar las alusiones políticas, editar aquellas escenas –en El hombre araña, en Hombres de negro 2– donde las Torres lucían aún triunfantes. Se esperaba lo contrario: mayor arrojo, más inteligencia. En teoría, Hollywood estaba a la altura del acontecimiento. Durante años había imaginado y puesto en escena hipóteticas catástrofes civiles. Durante años había gastado millones destruyendo, incendiando, anegando virtualmente la ciudad de Nueva York. No obstante, cuando el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center, la industria se hundió en un espeso letargo. Seis años después el shock persiste, vergonzosamente. Lejos de ocupar el vacío dejado por los rascacielos con una elocuente contranarrativa –tal como deseaba Don DeLillo–, Hollywood ha balbuceado sólo dos películas: la olvidable Las Torres Gemelas (World Trade Center, 2006), de Oliver Stone, y la tensa pero inútil Vuelo 93 (United 93, 2006), de Paul Greengrass. El resto es apenas humo: una muda imagen de las Torres Gemelas en Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, Martin Scorsese, 2002), un meloso melodrama sobre un damnificado (Reign Over Me, Mike Binder, 2007) y toneladas de celuloide que se obstinan en fingir, con torpeza, que nada, absolutamente nada, ha ocurrido.

¿Por qué el silencio? En teoría, por decencia. Los estudios, se dice, no han querido explotar el dolor de los otros. Argumento irrisorio: el arte se ha aprovechado, desde siempre, del sufrimiento ajeno y Hollywood, se sabe, no es piadoso. La razón de su mutismo es menos honorable pero más comprensible: no parece haber manera de recrear válidamente lo sucedido. ¿Cómo referir un acontecimiento cuyo alcance simbólico aún no vislumbramos? ¿Cómo describir un evento que contiene, por lo menos, aristas políticas y sociales y religiosas y económicas? ¿Cómo superar las brutales imágenes que todas las televisoras registraron esa mañana de septiembre? Reproducir, con la colaboración de una computadora, la caída de las Torres es sencillo pero inútil: no hay espacio para el simulacro. Además: no hay modo de explicar el 11 de septiembre. No es posible comprender ese día causalmente: las cosas no ocurrieron por esto o aquello, sucedieron. No hubo lógica sino vértigo. ¿Cómo narrarlo? Si la sociología no dice el vacío, la narrativa tradicional tampoco lo pronuncia. Por el contrario: tendida entre un principio y un final, se empeña en ordenarlo todo. Peor: imprime, a su pesar, un estilo a las cosas. ¿Cómo narrar entonces aquel día? Acaso no con una historia. Con una imagen.

Por lo pronto, dos imágenes, ambas creadas por el cine independiente, ambas realizadas meses después de los atentados. La primera, de Spike Lee, en la estupenda La hora 25 (25th Hour, 2002). Dos amigos conversan. Dos amigos conversan en el quicio de una ventana. Tras ellos, a través del cristal, un asomo de vacío: el desolado desierto de Ground Zero, la evidencia de un Nueva York mutilado, ya nunca el mismo. La segunda, en un portentoso cortometraje de Sean Penn, incluido en la casi prescindible 11 de septiembre (11’09’’01, 2002) La historia es mínima y, por lo mismo, pertinente: un viejo gasta su vida en un departamento a la sombra del World Trade Center. Demente, conversa y riñe con su inexistente mujer, ya desaparecida. De pronto, cuando la primera torre se desploma, la luz se hace en su habitación. El viejo, en un principio, ríe. El viejo, un instante después, se lamenta y llora. ¿Qué ocurre? Según la abultada tropa de antiyanquis, no demasiado: Sean Penn valora con mesura el peso de los atentados, demuestra que la pena de unos es la felicidad de otros. Ocurre, en realidad, algo más brillante, sanamente patriótico: el cortometraje contempla los atentados con dolor pero también con optimismo, como si el horror ocultara una promesa de lucidez. Caen las torres y, con ellas, la fantasía del sueño americano. Crece el vacío y, con él, la luz, la oportunidad de admirar las cosas ya sin obstáculos. Que los atentados –es la plegaria de Sean Penn– no sean tanto un desenlace como un origen. Que sus compatriotas sean capaces de mirar el mundo, entre las ruinas, directamente. Que, en medio de la devastación, despunte la inteligencia.

Pero no despunta. Persiste el silencio. Hasta que algo explote de nuevo.

Comentarios

Un comentarios para “Hollywood y el 11 de septiembre”

  1. julio en Septiembre 19th, 2007 11:59 am

    Cuando estrenaron la película de Stone Jonathan Rosenbaum -uno de los críticos de cine más interesantes en Estados Unidos- publicó una nota muy interesante en el Chicago Reader. Aquí el enlace:

    http://www.chicagoreader.com/features/stories/moviereviews/060811/

Deja un comentario