Por lo pronto, hay dos asuntos que ya ni siquiera vale la pena discutir.

El primero es si los libros digitales brotarán y proliferarán y atestarán el mundo. No, no lo harán: ya lo están haciendo. Para comprobarlo vaya usted a la página web de Barnes & Noble: más de 700 mil títulos digitales a su disposición. Vaya a Amazon: 340 mil, y cientos de nuevos libros al día. Allí mismo, en Amazon, mire el Kindle: dispositivo portátil, pantalla de tinta electrónica, capacidad para guardar hasta 3,500 títulos digitales. O vea, si prefiere, el eReader de Sony o el iPad de Apple, también lectores de libros descargables por internet. Nada de qué extrañarse: un ejemplo más del ya duradero, y al parecer imparable, proceso de digitalización del mundo.

El segundo asunto es si los libros impresos sobrevivirán. Desde luego que sí. De entrada, porque hay ya millones y serán conservados y heredados y leídos. Luego, porque el libro, como objeto, no ha sido rebasado. No es necesario escribir un elogio más de la belleza del papel para convencer a los escépticos. Basta con enumerar las virtudes del libro impreso: es pequeño, es portátil, no necesita electricidad ni baterías, puede prestarse y regalarse, consiente una relación más íntima –rayones, dedicatorias, dobleces– que los electrodomésticos o las computadoras. Ahora bien: ¿el libro impreso sobrevivirá, como hasta ahora, hegemónicamente? Desde luego que no. Convivirá, como ya empieza a hacerlo, con el libro digital, a veces en desventaja. Compartirá con otros muchos medios –blogs, revistas virtuales, diarios en línea, redes sociales– la función de transmitir la cultura escrita. ¿Algo que lamentar? Hasta ahora no lo creo.

Ni siquiera las grandes bibliotecas –públicas o universitarias– parecen amenazadas por la aparición de las bibliotecas digitales. En los hechos, ya conviven unas con otras, las más de las veces íntimamente: unas escanean sus acervos impresos, las otras dependen de los volúmenes coleccionados por las primeras. Como ha mostrado Robert Darnton, las bibliotecas digitales no terminarán por sustituir las vastas colecciones de papel y tinta; por el contrario, estas colecciones son tan necesarias como antes. Para empezar, son el respaldo más confiable de nuestro patrimonio cultural: si algún día la tecnología muta y las copias digitales se vuelven obsoletas e ilegibles, allí estarán los libros. Son, además, el acervo más preciso y riguroso, sobre todo porque al escanear las obras se suele perder todo aquello (el tono del papel, el diseño de la caja tipográfica, la disposición del texto y las imágenes) que fue pensado específicamente para el objeto-libro. Por eso, concluye Darnton, lo mejor es atender a la vez unas y otras bibliotecas: hay que seguir nutriendo los acervos impresos, hay que digitalizar bien y rápido.

Pero no todo es felicidad. Por supuesto hay fricciones entre lo impreso y lo digital y a veces, como en el caso de Google Books, francas disputas. La historia es más o menos esta: en 2004 Google anuncia su intención de escanear obras impresas y colgarlas en la red. La sorpresa no es el proyecto sino su tamaño: se habla primero de digitalizar 18 millones de títulos y luego todos y cada uno de los libros publicados en la historia. La segunda sorpresa es la estrategia: Google acuerda, para empezar, la captura del acervo de cinco magnas bibliotecas. Seis años después tiene ya alianzas con más de treinta bibliotecas y, por lo menos, diez millones de títulos digitalizados. ¿Es esto poco o mucho? Mucho si se considera que la biblioteca material más copiosa del mundo, la del Congreso de Estados Unidos, ha acumulado treinta millones de títulos en poco más de doscientos años. Muchísimo si se piensa que la megabiblioteca José Vasconcelos tiene capacidad para albergar 1.5 millones de ejemplares y que ninguna otra biblioteca en línea puede competir ni de cerca con la colección de Google. De hecho, es tal su tamaño que otros varios proyectos de digitalización han sido cancelados, al tanto sus promotores de que no hay competencia posible.

Desde luego los propietarios de Google niegan estar construyendo un monopolio. Para convencernos sostienen que no se beneficiarán económicamente del proyecto y que el acceso a las copias digitales –cuando los derechos de las obras lo permitan– será gratuito. Pero ¿por qué creerles? Google es una empresa como cualquier otra, cotiza en la bolsa y está obligada a generar ganancias para sus socios. Además, ¿por qué confiar en que los ejecutivos que seguirán a los actuales mantendrán las mismas ideas? ¿Por qué descartar que una empresa más ávida podría terminar absorbiendo a Google? ¿Por qué no asumir sencillamente que Google morirá algún día, como mueren todas las empresas, y que el patrimonio digital –si todavía es técnicamente legible– quedará a la deriva, al alcance del mejor postor? Del mismo modo, los líderes de Google aseguran que ellos no son los dueños exclusivos de las copias digitales. Cierto: de cada obra se hacen dos copias y una de ellas es para uso de la biblioteca. Lo que no dicen es que esa biblioteca tiene prohibido, por una cláusula del acuerdo, reunirse con otras bibliotecas y crear una red cibernética capaz de competir con la de Google. Tampoco dicen, cuando indican que otras compañías pueden escanear libros y empezar su propio acervo, que ellos llevan tal ventaja que cualquier esfuerzo por igualarlos es inútil. ¿Admirar la astucia empresarial de Google, que supo adelantarse, o cuidar que la cultura escrita permanezca diversa y descentrada? Por piedad, lo segundo.

¿Hay que decir que, más allá de las prácticas monopólicas, Google Books entraña riesgos culturales? Jean-Noël Jeanneney, presidente del programa de digitalización de la Biblioteca Nacional de Francia, ha expuesto varios de ellos en Google desafía a Europa: el mito del conocimiento universal. Primero, la calidad de la copia: ya que Google trabaja con apuro –miles de páginas escaneadas por hora–, muchos libros son capturados malamente, cosa que no ocurre cuando la digitalización es llevada a cabo en pequeños grupos y por especialistas. Segundo, los criterios del buscador: si se desea consultar las copias digitales, hay que hacerlo a través del buscador de Google y este es arbitrario (privilegia un idioma, no conoce cánones locales, está abierto a la publicidad). Tercero, el sesgo de la colección: como escanear todos los libros es imposible, hay que seleccionar –qué libros, qué bibliotecas– y ya empieza ser obvio que la cultura anglosajona estará sobrerrepresentada en la muestra. En realidad, el solo hecho de sugerir que Google digitalizará todos los libros de todos los tiempos de todas las lenguas es ya irresponsable: hace pensar que si algo no está en Google es porque sencillamente no existe.

Pero las cosas, a veces se olvida, no necesitan del visto bueno de Google para existir.

-Rafael Lemus
Día Siete, 13 junio 2010

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