Jun
16
A es un escritor notable y afamado. B es un reportero –tremendamente popular entre su familia– que desea ser un escritor notable y afamado. Para no lucir pedante, A escupe trivialidades: sobre su vida, su obra, la bendita suerte de estar en pantalla. Para no parecer trivial, B se esmera en ser pedante: eleva la voz, arrebata la palabra, formula circularmente sus preguntas.
C cambia de canal justo cuando A comienza a preguntarle a B sobre su vida, su obra futura, la bendita suerte de estar en pantalla.
*
Lo sé: peor que la televisión cultural mexicana sería no tener televisión cultural mexicana.
Veamos o no los canales 11 y 22 y 40, da gusto saber que existen.
Si algún día uno se cansa de leer libros o caminar calles o seducir mujeres, uno podría llegar incluso a verlos.
Más en serio: es bueno que haya una oferta cultural en la televisión mexicana. Es bueno e indispensable: no se puede vivir de televisión comercial y el país, como todo país, merece una oferta plural de información y entretenimiento.
Tengo para mí que las telenovelas del canal 2 y el 13 son exactamente lo mismo. Como los noticieros de una y otra cadena. Como los programas de espectáculos de una pandilla y otra. Para eso, precisamente, está la jodida publicidad: para hacernos creer que hay diferencias entre un producto y otro cuando, en realidad, no las hay.
Una buena televisión cultural debería ofrecer, entonces, una programación esencialmente distinta. No sólo otros programas y otras voces: una estética diferente, un ritmo propio, una visión particular de las cosas. Además de cumplir con sus tareas más virtuosas –acercar a la gente a los eventos culturales, formar espectadores inteligentes, debatir los asuntos públicos–, debería actuar negativamente: no sólo a favor de la cultura sino en contra de todo aquello que se le opone.
Dos deseos:
1) Que la televisión cultural mexicana se oponga a la estética deslavada de la televisión comercial; que, en vez de atarse al dudoso encanto de lo fotogénico, exponga la convulsa fealdad de lo real.
2) Que la televisión cultural mexicana se oponga a la manía contemporánea de divertir; que, en vez de ofrecer programas divertidos, proponga materiales densos o polémicos o inteligentes o sofisticados o radicales.
Ahora bien: si creyera que los deseos pueden volverse realidad, no desearía nada de esto.
Muy probablemente desearía que no hubiera televisión.
*
La frase “El problema de la televisión cultural es que es televisión” debe esperar.
Por lo pronto, puede decirse: el problema no es la televisión cultural; el problema soy yo.
Permítanme presentarme: me llamo Rafael y soy un televidente mediocre.
Justo ahora, mientras redacto esta frase, estoy sentado frente a la pantalla de una computadora, la espalda recta, la vista al frente, la atención más o menos fija en esta última palabra. Mucho me temo que cuando miro televisión mi postura es menos correcta.
Me tumbo –o, mejor, me desparramo– en un sillón.
Algo como; a veces bebo.
Un segundo veo el televisor y al siguiente ya miro el techo o me rasco la cabeza o me corto las uñas de los pies.
Si no dormito, tampoco estoy del todo despierto.
No pienso ni río ni escucho y apenas veo a las personas que, dentro del televisor, se obstinan en hacerme pensar y reír y escuchar.
Ese es el problema: me postro ante la televisión cuando no quiero hacer nada; no creo que ver televisión sea hacer algo.
Ese es el problema: me enternecen los esfuerzos de las personas que aparecen en la televisión cultural mexicana pero, al menos conmigo, no consiguen nada.
La cosa es que durante las últimas dos semanas he visto intermitentemente, con el solo fin de redactar este texto, la televisión cultural mexicana.
La cosa es que luego de esta experiencia, a veces dolorosa, normalmente sedante, sigo pensando lo de siempre: la televisión es el enemigo.
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¿Alguna anécdota curiosa? No, ninguna.
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Descubro –mientras veo Entre líneas en el Canal 22 y/o la cápsula cultural del noticiero de Carlos Loret de Mola– que no le deseo éxito a la televisión cultural mexicana. Que informe sobre los eventos culturales, sí. Que fomente el debate público. Que ofrezca buen cine. Que oponga su propuesta a la de la televisión más idiota. Etcétera. Pero que no adquiera demasiado poder. Ocurre hoy que aquellos hechos políticos que no son referidos en la pantalla de un televisor parecerían no existir. Lo mismo pasa –como lo ha señalado Gabriel Zaid– con los productos: si no pueden ser publicitados en un anuncio de veinte o treinta segundos, dejan de ser competitivos. ¿Eso se quiere para la cultura? ¿Que la televisión no sólo administre el ocio de la mayoría y manipule la agenda política sino que, aparte, influya decisivamente en la alta cultura? ¿Que sólo exista lo sancionado por el noticiero cultural? ¿Que todo aquello que no pueda ser presentado en un programa de televisión –la teoría, por ejemplo, o el arte conceptual– pierda fuerza y termine por desvanecerse? Porque no lo creo, confieso que no me alarman, y a veces hasta me tranquilizan, los bajos ratings de la televisión cultural mexicana. La cultura está en otra parte.
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Una mesa redonda donde: A es un escritor notable y afamado, B es un arquitecto notable y afamado, C es una arqueóloga notable y afamada. Cuando se le pregunta algo a A, A responde. Lo mismo B, cuando le toca, y C, que respeta devotamente los turnos. La cosa termina pronto, entre aplausos y risas y anuncios comerciales.
D apaga el televisor cuando una pregunta –“¿Por qué diablos nunca se discute en la televisión cultural mexicana?”– amenaza con rasgar su somnolencia.
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Descubro leyendo un ensayo de Zygmunt Bauman –y no mientras veo La dichosa palabra– que la idea de la eternidad está devaluada. Si antes los artistas y escritores creaban para conquistar –siglos después– la gloria, hoy buena parte de ellos trabaja para obtener –aquí y ahora– fama. También eso: la televisión, así sea pública, promociona la cultura de la fama y ésta, como ha demostrado Zaid en varios ensayos, no siempre rima con el arte y la literatura. Aunque es dudoso que una figura de la televisión cultural pueda volverse de veras famosa, es muy probable que al final del día goce de más reconocimiento que este buen escritor o aquel destacado artista. Dicho de un modo bastante elemental: antes uno escribía un libro para conquistar cierta celebridad; ahora uno se vuelve primero famoso y después publica, entre risas y aplausos y anuncios comerciales, su esperado libro.
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Una anécdota, sí.
Tres o cuatro veces he aparecido en programas de la televisión cultural.
Nada importante: mi rostro pálido y miope en algún noticiero, una mesa redonda, tal vez una entrevista.
Si se acerca la maquillista, no opongo resistencia.
Si la conductora pregunta, respondo.
Cuando me dejan, regreso a casa.
Desde luego no regreso a casa y enciendo el aparato y contemplo, devastado, mi sombría figura.
Pero una vez lo hice, y la impresión fue tan tremenda que dejé de ver la televisión durante meses.
El bárbaro de mi psiquiatra diría que el asunto es sencillo: desprecio la televisión cultural mexicana porque en ella aparece gente como yo.
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Descubro leyendo un ensayo de Vicente Verdú –y no viendo las pavorosas entrevistas de Carlos Alazraki en Canal 40– que el filósofo español Javier Echeverría postula la existencia de tres esferas: la natural, la cultural y una tercera, más o menos virtual, creada por los medios masivos de comunicación. ¿A qué esfera pertenece la televisión cultural? Sencillo: a pesar del adjetivo, a la tercera. Es decir: antes que alta cultura es televisión. Por lo mismo su tarea es compleja, si no es que contradictoria: debe publicitar los eventos y las obras de la segunda esfera en la tercera. Para hacerlo, tiene que traducir, primero, el lenguaje de las artes y la literatura en imagen televisiva. Tiene, también, que sintetizar los múltiples sentidos de una obra cultural en una cápsula de treinta segundos, una noticia de dos minutos o un programa de hora y media. Por último: tiene que hacer comprensible para un público muy amplio lo que tal vez fue pensado para un selecto puñado de lectores o espectadores. ¿Qué ocurre? Que, al cumplir con su tarea de divulgación, la televisión simplifica a fuerzas la cultura. Simplifica = homogeniza, achata, empobrece. Todo esto para decir: la televisión cultural ofrece un acercamiento pálido, sesgado, a la cultura. O de otro modo: la televisión cultural no puede, no debe, sustituir a la cultura.
O por último:
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“Si la gente cree que una imagen de la naturaleza es igual o similar a la experiencia de la naturaleza, y queda por lo tanto bastante satisfecha con la imagen que no ha obtenido de su experiencia real, entonces la naturaleza está en apuros. Si la gente cree que las imágenes de los hechos históricos o de la actualidad son iguales a los hechos mismos o al menos una muy buena aproximación a ellos, entonces la realidad histórica está en problemas.” (Jerry Mander, Cuatro buenas razones para eliminar la televisión.)
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[Música de despedida]
Descubro platicando con un amigo –y no mientras veo Solórzano en la red– que Jean Baudrillard vaticinó lo siguiente:
Que en el final de los tiempos, cuando todo se haya desplomado y el último humano haya muerto, un televisor permanecerá brutalmente encendido, despidiendo su ruido sordo, retransmitiendo entre las ruinas un loop infinito.
Señoras y señores del público, esta es mi pregunta: ¿la escena sería menos atroz si las imágenes reproducidas una y otra vez provinieran de un programa de la televisión cultural?
Como la respuesta es NO, ahora ya podemos decirlo:
EL PROBLEMA DE LA TELEVISIÓN CULTURAL ES QUE ES TELEVISIÓN.
Rafael Lemus
Día Siete


I.
¿Debo aclarar que jamás he visto la televisión cultural mexicana?
Esto, porque no soy mexicano, porque nunca he pasado por México.
Malvivo en las coordenadas de un país de mierda.
Sin embargo ya estoy diciendo mentiras: he visitado México por otras vías. Entre Octavio Paz y la última telenovela de Televisa.
¿O sería la primera?
Ocurre que usted, Rafael, lo dice bien: la televisión simplifica, achata, homogeniza, empobrece. Ese es, ciertamente, su lance.
Más, menos: la televisión promociona la cultura de la fama. “Televisión cultural” es una contradicción en los términos.
¿Y el cine?
Dejemos el cine para más tarde. Por el momento puedo decir que se trata de una industria que en sus ratos libres interpreta el papel de arte.
Sabemos ya que la televisión cultural es una contradicción en los términos —“debe publicitar los eventos y las obras de la segunda esfera en la tercera”—, sabemos que la televisión es el enemigo, pero, ¿de quién?
Se escurre por el pasillo la silueta filiforme. Piel “amasada con leche y rosas”, imperdible estola, fríos los ojos, serena la voz. Catherine Deneuve u otra, un castillo, cualquier otro. Por la noche el cuerpo se revuelca sobre el césped del Bois de Boulogne con las piernas abiertas, un orgasmo como cualquier otro. Alta cultura. Gran puta.
¿Menos abyección? Hace varias décadas un filósofo, Adorno su nombre, desgarrada la actitud, atestiguó la caída de la alta cultura y las paradojas del arte moderno. Usted sabe Rafael, Adorno, la industria cultural de masas y la razón instrumental; Adorno, la atonalidad dodecafónica, la razón crítica, su dialéctica negativa; Adorno, el autoritarismo del director de orquesta, la pulsión totalitaria del capitalismo; Adorno, cine y jazz conejillos diseccionados por el carácter reaccionario —aporético— de la cultura de masas. ¿La alternativa a la reacción, al cul-de-sac de la racionalidad? Adorno: cierta vanguardia artística, los últimos cuartetos de Bethoveen, el dodecafonismo, un puñado de pasajes literarios, Oscar Wilde. Pesimismo romántico se ha dicho, el romántico pesimismo de Adorno. ¿La nostalgia? Alta cultura. Alta. Cultura.
Adorno tocaba el piano maravillosamente. Sus padres judíos hicieron negocios como solo saben hacerlo los judíos. Hijo elegante y hedonista, penetrante, inusualmente inteligente, genial. Amado por las mujeres, amado por los salones, amado por la viuda de Max Weber. Románticamente alto, altivamente romántico.
¿Cultura popular? ¡Segunda contradicción en los términos! ¿De verdad ha pasado por vuestra mente, espectadores, la idea de que la cultura popular ofrece alternativa? Adorno, como casi todo lo que dijo, pensó y escribió, esgrime sus razones de nuevo.
La pregunta es, sigue siendo, ¿alternativa a qué?
II.
No he visto la televisión cultural mexicana ni la peruana ni la uruguaya. En la línea imaginaria en la que vivo apenas si existe televisión (de la más idiota), mercancías, cartas. Algo que existe, esa sí, es la noción de sospecha porque somos un nido de mentirosos. No puedo sustraerme a este mal, así es que, sospecho.
Sospecho, querido Lemus, que este enemigo en particular es el equivocado.
Lo diré de esta manera: patear calles, sodomizar hembras, babear en la sala de cine pueden convocar la misma modorra que, por ejemplo, ver televisión. Son igual de inútiles, estúpidos a partes iguales, son hacer nada. No forman parte del arte, forman parte del síntoma.
Estamos de acuerdo, Rafael, nada podemos hacer por una televisión cultural mexicana, peruana, uruguaya, imaginaria porque son televisión. En lo que no vamos de acuerdo, es en que el enemigo de la cultura, alta, baja, puta, sea la televisión porque ésta no forma parte de la misma esfera que aquella. Bien ha recordado usted las esferas, con Echeverría, con Verdú o sin ellos.
Bien ha dicho además: me llamo Rafael y soy un televidente mediocre.
Me detengo para hablar en primera persona, última: soy un televidente incomparable, es decir, un imbécil. Mejor: tan estúpido como el que patea calles sin sentido, el que da por culo moviéndose sobre el vacío, el que babea en la sala de cine mientras el proyeccionista pasa otra de Douglas Sirk. Perdóneme: soy parte del síntoma.
¿Paradojas a la vista?: formo parte del síntoma, repudio la carne igual que paso por la piedra al espíritu o a parte de él, pero de la misma forma que quien no cree en nada, chapoteo en la mierda con la idea absurda de decir el tiempo o intentarlo al menos.
Nada tiene sentido.
En el aula de clase un hombre repite que el deporte, la comida, la trapería, el estilo de aparearse forman parte de la cultura, esa falacia. Me adormezco y en el sopor pienso que todo, hasta el libro, en primer plano el libro, forma parte de la cochinada que el hombre excreta. Balbuceo que nos lavamos la cara con que la cultura, alta, baja, ramera, es nuestro hogar. Es que no tenemos otra tierra. No tenemos nada.
El señor Adorno fue un hombre rico. No podía ser él de otra manera. No podía pensar de otra manera.
Mecanicismo marxista. Quizá sea que mi cabeza ha pasado por el molino. Horas, horas y más horas de TV.
III.
Hace unas semanas caminé en dirección a mi librería favorita. Ingresé. Encima de la mesa de novedades Sobre la música, uno de mis libros favoritos, dormía junto a Sueños digitales, detestable. Ha dicho bien, usted, Lemus: el crítico debe crear sentidos. Eso, por el momento, lo tengo claro. Sobre lo que me pregunto es acerca de la naturaleza de la mesa en la que duerme Adorno con, permítaseme escribir este nombre, Paz Soldán, me interrogo acerca de la madera de esa mesa, su fabricación, su utilidad, su sentido como objeto, su servicio. Puedo pensar también acerca de su bondad, esto es, sostener sobre sus patas al pensador Adorno junto a esa o aquella basura. El capitalismo, su bondad, su posibilidad. Lautréamont lo predijo: la máquina de coser, el paraguas.
Mi Adorno, mi yacente romántico junto a la mierda sobre una mesa. El crítico conseguirá crear el sentido. Creo yo, debería también reconstruir la historia de la mesa.
Los románticos suelen ver a los fantasmas. Son visionarios, profetas, clarividentes porque añoran. Hablan de los simulacros, hablan del fenómeno y la esencia, hablan de la apariencia los románticos y creen que la imagen sustituye a la realidad. Que la realidad son textos, que la realidad es el simulacro creen los románticos. Yo, al igual que otros, adoro escuchar a los románticos. Pero sospecho, sospecho que obedece a que en el fondo no lo soy. Nada tiene sentido.
Abracemos el arte sin cultura entonces. Nosotros los nihilistas. El televisor seguirá encendido después del tiempo, más allá del tiempo. Que suene, que traquetee, que se joda. Nuestros fantasmas rasgarán un papel, cualquiera, la hoja de un libro tal vez, y se limpiaran los mocos.
Estimado Rafael, no tengo el gusto de conocerte en persona pero he leído muchos de tus textos y lamento decirte que éste no me gustó. ¿Por qué? francamente creo que tu crónica está muy al ras de lo que realmente acontece alrededor del panorama de las televisoras culturales. Creo que es muy somera y deberías investigar sobre asntos como los manejos monetarios de sus directores como Jorge Volpi y su proyecto de introducir publicidad en el Canal 22 y cosas por el estilo, además de ese otro sospechoso proyecto de gastar un dineral para enviar a una comitiva a China para cubrir los juegos olímpicos que, creeme, ha tenido repercusiones significativas. Siento que a ambos canales por el hecho de ser alternativos al duopolio Televisa-TVAzteca no quiere decir que sean inofensivos y no estén exentos de una mala programación, ya no digamos una administración deficiente…
Estoy abierta a tus opiniones