Publicado el domingo pasado en Día Siete.

Texto: Rafael Lemus

Hay, en principio, un campesino y el campesino, anciano y manco, mira arder la leña. Hay, también, un niño y el niño contempla, con su abuelo, la lenta coreografía de la fogata. Algo, de pronto, pregunta el niño. El viejo –el rostro curtido, los ojos sabios– responde con una leyenda. Alguna vez, cuenta, los dioses crearon a los hombres. Todos, niños y adultos, fueron creados plenos y probos. Todos, en todas partes, eran iguales. Como ninguno se imponía sobre los otros, el espectáculo era siempre semejante. Para divertirse, un dios cabrón vertió sobre la Tierra envidia y ambición. Surgieron entonces los hombres egoístas. Fueron sometidos entonces los hombres verdaderos. Para liberarnos, afirma el viejo, es que luchamos. Porque él, como el niño, anda en el monte, entre la guerrilla. Porque él, como sus vecinos, huye del ejército. Porque ellos, los campesinos, y no los otros, los soldados, son los hombres verdaderos.

Hay, también, una cámara y la cámara se desplaza lentamente mientras el anciano habla. Al principio, el camarógrafo registra el gastado rostro del viejo, sus gestos, sus arrugas. Segundos después, ya desliza la cámara por el cuerpo del hombre y no se detiene, no, en sus huaraches. Filma el fuego, la tierra, las hierbas, la también añeja corteza de un árbol. Pasan despaciosamente los segundos y la imagen sólo se funde en el negro cuando él, el viejo, asegura a su nieto que él, el niño, contemplará alguna vez la victoria de los hombres verdaderos.

Esta escena, a un tiempo hermosa y demagógica, resume la naturaleza de El violín: maestría estética, ingenuidad ideológica. El filme ha sido unánimente aplaudido, y vaya que lo merece: está tan bien hecho que hasta parece –chiste viejo– extranjero. Puede decirse de él lo que de apenas otras pocas películas mexicanas: su factura, en todos los campos, es impecable. Habitualmente nada se gana desgajando, uno a uno, los elementos de una película; esta vez da gusto hacerlo. La dirección, digamos, es extraordinaria. En su primer largometraje Francisco Vargas Quevedo ha logrado lo que la mayoría de los directores mexicanos no consigue en toda su carrera: forjarse un tono propio, un ritmo propio, una estética propia. La fotografía es, asimismo, intachable. Imitando los hallazgos del cine documental, el camarógrafo Martín Boege Paré ha creado algunas de las imágenes más sobrias y elocuentes del último cine nacional: despojadas y rotundas en su contrastado blanco y negro. Las actuaciones, finalmente, son espléndidas. Aunque algunos actores son profesionales, todos parecen amateurs: así de auténticos lucen. Aunque algunos actores son amateurs, todos parecen profesionales: así de eficaz es su trabajo. La revelación actoral tiene apenas 83 años, se llama don Ángel Tavira e interpreta, con inusitada dignidad, al violinista viejo y manco. Si la literatura mexicana rara vez ha creado personajes memorables, nuestro cine ha producido apenas nada. Aquí, la excepción: un anciano tan enérgico y entrañable como los de, digamos, Juan Rulfo.

Algunos críticos han querido ver en El violín (2005) un asomo del cine mexicano que viene. Otros somos demasiado ancianos como para conservar todavía ilusiones nacionalistas: nada bueno, sabemos, sienta escuela en México. Se entiende el entusiasmo: con sus imágenes minimalistas, deudoras de cierto arte póvera, la película plantea una estética que podría ser provechosamente explotada. Una estética capaz de distanciarse de los referentes mexicanos más nocivos: el insano tremendismo de Arturo Ripstein, las pretensiones tarkovskianas de Carlos Reygadas, la complaciente trivialidad de Carlos Cuarón, la infinita tontería de la pareja Iñárritu-Arriaga. Vargas Quevedo es, o promete ser, otra cosa: el más contundente de nuestros cineastas. Por lo pronto, ya consiguió algo que a los otros, pretendidamente metafísicos y redundantemente universales, les parecerá poca cosa: derruir un tabú, criticar en un filme al ejército mexicano. En un país otro, con una industria cinematográfica boyante, esta cinta inauguraría una corriente, generaría fanáticos y seguidores. No aquí. No ahora.

Vargas Quevedo ha declarado admirar a Luis Buñuel. Su intención, ha confesado, era realizar una película capaz de revelar, como Los olvidados, la “realidad oculta” de México. Si confiamos en los críticos, lo ha conseguido: la película, dicen, muestra al país tal como es. La izquierda ha aplaudido frenéticamente la cinta y ya asegura: es un triunfo más de esa intachable señorita llamada Sociedad Civil. Alto y carcajadas. Si esta película es leída políticamente, sus virtudes disminuyen. Aparte de la valiosa crítica del ejército, el resto de su discurso es puro sentimentalismo: campesinos sabios y nobles, guerrilleros puros y fraternales, escenarios divididos en dos esquemáticas, infantiles mitades. Antes que un documento realista, es una fantasía romántica: el edén otra vez mancillado. (Podría ser, si se le leyera maliciosamente, incluso fascista: al suponer que hay hombres verdaderos, sugiere que hay otros, falsos y, en consecuencia, omitibles.) Para conservar su encanto, seamos mesurados: admiremos El violín cinematográficamente. Como una película. Como un poema visual inusitadamente logrado. Como una memorable pausa en nuestro ya bicentenario bostezo.

Comentarios

Un comentarios para “El violín”

  1. Ángel en Mayo 20th, 2008 3:24 pm

    El violín me pareció una película magnífica, una las mejores que he visto últimamente. Y podría hablar del retrato de la realidad nacional, de personajes profundos y de un mensaje sobre la lucha y la búsqueda de justicia, pero esta cinta tiene otras cualidades, unas que también el espectador de cine hollywoodense, que no tiene el menor interés en ver brutalidades cometidas por el ejército a una población campesina, puede apreciar: una buena trama, narrativa ágil e incluso suspenso. Las escenas finales en las que el violinista debe abrir el estuche de su instrumento sabiendo que lo encontrará vacío son el tipo de escenas que tienen al espectador al borde de su asiento diciendo “que no lo abra, que no lo abra, que se le ocurra algo, por favor…”.
    Por eso pienso que es triste que cintas como ésta, con potencial para llegar a todo tipo de audiencia, no reciban la difusión que merecen. Un ejemplo contrario es Babel: a los que gustan del nuevo cine mexicano, la publicidad les dice “la nueva de Iñárritu” (aunque ni sea mexicana); a los que prefieren ver caras bonitas, “sale Brad Pitt”; a los que buscan impresionarse con grandes producciones, “se filmó en tres continentes y en cinco idiomas”. Resultado: éxito en taquilla.
    El cine nacional debería manejarse de esta manera, como un producto con algo de interés para todos, y El violín en definitiva puede gustar a todo el público: desde al fan del cine mexicano, hasta el que ha perdido la fe en él, pasando por el que gusta de cine de acción y suspenso y el que entró a ver la película porque era la única función a esa hora.

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