Ago
15
Publicado en Día Siete.
Texto: Rafael Lemus
¿Por quién doblan las campanas? No, definitivamente, por las estrellas actuales, pálidas marionetas de los medios y la industria. Doblan por las viejas estrellas. Doblan por Ingrid Bergman. Imposible escribir sobre ella –o sobre Rita Hayworth o Audrey Hepburn o Barbara Stanwyck– sin sumirse en una íntima tristeza reaccionaria. Es que las cosas eran distintas antes. Eran, sencillamente, mejores. Los más ancianos recordamos que hubo, entre nosotros, titanes, todas mujeres, muchas rubias. Si no eran seres divinos, tampoco eran enteramente terrestres. Eran múltiples: aparecían un día como condesas, en pantalla, y al mes siguiente eran ya enfermeras en alguna guerra. Eran, de algún modo, perdurables: su muerte no se imprimía en celuloide, allí permanecían siempre chispeantes. Eran, al final, mejores versiones de nosotros mismos. Más sofisticadas. Menos expuestas a los infortunios de lo real. Aunque estaban aquí, eran de otra parte.
De otra parte era Ingrid Bergman. No de Hollywood sino de Suecia, remota tierra de semidiosas. De Suecia eran, también, Greta Garbo, que ardía como el hielo, y Anita Ekberg, que incendió apenas una vez la pantalla, suficiente para no desvanecerse ya nunca. Si la Garbo fue –sobre todo– un rostro y Anita, dos magnos pechos, Ingrid Bergman fue una cosa y la otra: una hermosa cara montada sobre un imponente cuerpo. Fue, también y por encima de cualquier cosa, un expresivo par de ojos. Acaso ninguna otra actriz haya tenido una mirada más melancólica que la de ella. Gloria Swanson –se sabe– podía interpretar una tragedia apenas con sus ojos, pero éstos nunca brillaron tan dramáticamente, tan entrañablemente, como los de Ingrid Bergman. En cada close up las pupilas de la sueca centelleaban, como si estuvieran siempre al borde de las lágrimas. Ése era, cosa rara, su estilo: mantenerse todo el tiempo –por una razón que sólo el melodrama conoce– a un paso del llanto. Pero rara vez lloraba. Al revés de las estrellitas actuales, que gimen en comisarías, Ingrid Bergman apenas si tenía motivos para sollozar fuera de los escenarios. Al parecer, su vida transcurrió tan apaciblemente como es dable: cuando quedó huérfana, apareció un tío piadoso; el teatro abatió su timidez casi clínica; la cámara jamás padeció su presencia. Incluso el tránsito de Estocolmo a Hollywood no supuso riesgo alguno: para debutar en Estados Unidos interpretó un papel que, tres años antes, ya había trabajado en una cinta sueca. Tan sencillo como esto: de Intermezzo (Suecia, 1936) a Intermezzo (Estados Unidos, 1939).
Se ha explicado repetidamente que las cosas, al multiplicarse, se banalizan. También las estrellas: mientras más rápido se reproducen, menos importan. Si uno atiende hoy la prensa, son miles las estrellas que pretendidamente nos rodean. Tantas y, por lo mismo, tan inocuas: sus uniformes desventuras –líos con la policía, con el alcohol, con otras alcohólicas estrellitas– son noticia de apenas una noche. Antes era de otro modo. Ingrid Bergman provocó un solo escándalo a lo largo de su vida y el bullicio duró cerca de 2,555 días: siete años. ¿Qué hizo? No filmó un video pornográfico ni estrelló su auto contra las rodillas de un zángano paparazzi. Ejerció sencillamente el derecho de toda estrella: se separó sin aviso ni culpa de los mortales. Corría –para decirlo al viejo estilo– el año de 1949. Estaba, Ingrid Bergman, en Roma y filmaba una película, Stromboli. Fácil y rápido: la estrella se enamoró de otra estrella, el director Roberto Rossellini, y abandonó a su esposo, un insípido mortal, un soporífero dentista. El público estadounidense no perdonó el desliz a la sueca y la sueca no perdonó al público estadounidense tanta mojigatería. Antes que ofrecer disculpas, se exilió de Estados Unidos durante siete años, sin volver una sola vez casa. En Italia, con Rossellini, filmó seis películas. En Italia, con Rossellini, engrendró tres hijos. Sí, Isabella.
Es ahora, de pronto, 1957. En el RKO Pantages Theatre se anuncia que Ingrid Bergman ha ganado el segundo Oscar de su carrera, esta vez por su trabajo en Anastasia. Pero ella, ay, no está en el teatro: chapotea plácidamente en la tina de su casa romana. Es ahora 1958. Ingrid Bergman está en el teatro. No para recibir otro Oscar sino para entregarlo a la mejor película del año. Es –se sabe– su regreso a Hollywood después de siete años de ausencia. Con todo, no hay suspenso: cuando aparece al fin en el escenario sucede lo previsible: una cerrada, sorda ovación. Lo mismo ocurre 15 años más tarde, en el Festival de Cine de Cannes. Ingrid Bergman está en el festival como presidenta del jurado. Cuando aparece el primer día en la sala de proyecciones sucede, esta vez, lo imprevisible: una sorda, cerrada ovación. Lo mismo ocurre el segundo día y las jornadas posteriores. Alguien señala: no es habitual, no es costumbre ovacionar al jurado. Otra persona añade: no hay manera de contemplar a Ingrid Bergman entrando en una sala y no ponerse inmediata, ceremoniosamente de pie. Sobre todo eso: Ingrid Bergman entra a una habitación y todo mundo se levanta. ¿Por qué? ¿Por qué la devoción? En parte, por su belleza y por esa aura que en las estrellas se llama, glamourosamente, glamour. Antes que nada, por sus películas. Porque Ingrid Bergman, al revés de las estrellitas presentes, tiene, además de un rostro, una obra.
Está, por lo pronto, su obra con Roberto Rossellini: Stromboli (1950), Europa’51 (1952), Viaggio in Italia (1954), La Paura (1954), Giovanna d’Arco al rogo (1954) y Fear (1956). Está, también, su obra con Alfred Hitchcock: Spellbound (1945), Notorious (1946) y Under Capricorn (1949). Porque Ingrid Bergman fue -como Grace Kelly, como Kim Novak, como Tippi Hedren– una chica Hitchcock. La chica Hitchcock, de hecho: rubia, gélida y letal. (Para ser más precisos: rubia, temblorosa y alcohólica en Notorious, una de las cintas perfectas de Hitchcock.) Está, por último, su obra con el también sueco –y casi homónimo– Ingmar Bergman. Una sola película, Sonata de otoño (1978), y no cualquiera: una de las mejores de Bergman. Bergman director y Bergman actriz. Uno dirige, acaso, la mejor película sobre la maternidad que existe y la otra interpreta, en uno de sus roles más poderosos, a una desobligada madre, pianista célebre, que se reencuentra, ya mayor, con sus dos hijas, una de ellas retardada. Fue ésta la última película de Ingrid Bergman y así está bien: clausuró redonda, impecablemente su carrera. Lo que empezó en Suecia a mediados de los años treinta terminó, cuatro décadas más tarde, en el mismo sitio. Más que una vuelta al hogar, un final feliz, hollywoodense: la rara alegría de atar el principio con el final.
Pero no. Ingrid Bergman es otra cosa. Es Casablanca.

