Abr
15
Publicado hoy en Día Siete.
Texto: Rafael Lemus
El hombre es, digamos, ancho. Mide un metro 83 y pesa casi 150 kilos. El hombre es, digamos, feo. Parece, por atrás, un guardaespaldas, y de frente, ni siquiera eso: la obesa parodia de un guardaespaldas. El hombre no tiene, digamos, modales. Cuando come, salpica; si una sopa, sorbe. El hombre, no obstante, es poderoso y tiene millones y millones lo admiran. ¿Qué hace? Películas. ¿Cómo? De mal modo. Arroja ceniceros y sillas contra sus empleados. Adquiere compromisos con la misma irresponsabilidad con que no los cumple. Se ensaña con aquellas películas que no entiende. No entiende muchas películas. Amenaza veladamente, y también sin velos, a sus actores, a sus guionistas, a sus directores. Si a alguien le disgustan sus hábitos, no importa: tiene otros. Cuando es necesario, es elegante y brillante y seductor. Promueve filmes políticamente responsables. Recoge, conmovido, el Óscar. Vive, el pobre, para el cine.
No estamos, aunque así parezca, ante la lesiva caricatura de un productor hollywoodense. El hombre existe y se llama Harvey Weinstein. Produce cintas, pero no precisamente para Hollywood: es el magnate del cine independiente. Con su hermano menor, fundó en 1979 Miramax, una empresa de distribución cinematográfica. El objetivo: comercializar, en Estados Unidos, las películas extranjeras y marginales que los grandes estudios desdeñaban. Su experiencia previa: la organización de conciertos de rock en Buffalo y un mentado gusto por el cine francés (especialmente, Los 400 golpes). Porque no sabía lo que hacía, terminó por hacer lo que nadie había imaginado: un gran negocio, toda una industria, con el cine pretendidamente no comercial. ¿Cómo? Primero, editando, recortando y doblando las películas que sólo debía distribuir. Después, publicitando vorazmente la opera prima de Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y video, el éxito que demostró a cualquiera que el cine off-Hollywood también era rentable. Al final, levantado su propia, ambiciosa productora. El plan: producir películas mestizas, hechas por autores alguna vez independientes pero patrocinadas por un magnate digno del Hollywood más salvaje. ¿Es necesario decir que Harvey terminó por avasallarlo todo?
Si se quiere, Harvey es buena cosa. A su infatigable voluntad debemos casi 200 películas, la dudosa fama de Quentin Tarantino y los frágiles hombros de Gwyneth Paltrow. Con su dinero, nunca poco y jamás sin condiciones, están en deuda lo mismo Matt Damon que Martin Scorsese. Weinstein ha producido, para mencionar sólo algunos éxitos, Pulp Fiction y Good Will Hunting, El paciente inglés y Shakespeare enamorado, El señor de los anillos y El aviador. (También cintas tan memorables como Scary Movie y Mimic 2.) Quien disfrute unánimemente estas películas no creerá lo que sigue: si se quiere, Harvey es también mala cosa. Aun antes de producir, el hombre ya era un bárbaro: destazaba las películas, doblaba a su antojo a los actores extranjeros, padecía el que ciertos cineastas no gustaran del happy ending. En tiempo récord se hizo de un sobrenombre: Harvey Manos de Tijeras. Ya como productor, impuso una costumbre desconocida en el cine independiente: las funciones de prueba. Cualquier película era mostrada, antes de su estreno, a un público pedestre; si la gente se aburría, Weinstein ordenaba cortar metraje, incluir desnudos, subrayar la historia amorosa. Su lema: “El objetivo es comunicar, ¿no?”. El resultado: un cine exitoso pero apenas independiente, previsiblemente diluido, cada vez menos diferente del producido en Hollywood. ¿Es necesario decir que Disney se asoció, en 1993, con los Weinstein?
¿Qué prevalece? Para algunos, el Harvey bueno: el hombre que no sólo popularizó el cine independiente sino que obligó a Hollywood a revisar su calidad, a buscar nuevos talentos, a producir mejores cintas. Para otros, el Harvey malo: el ávido comerciante que hizo del cine marginal, alguna vez heroico, un inocuo negocio. Una y otra cosas son ciertas. Porque Weinstein hizo dinero produciendo películas respetables, incluso Steven Spielberg filma ahora obras tan rigurosas como Munich. También por la misma razón, Gus Van Sant parece ya, de pronto, un artesano más de la industria. La frontera entre Hollywood y los independientes se ha difuminado: para triunfar el cine marginal tuvo que desdibujarse. Atrás quedaron las épocas estoicas, el demasiado esfuerzo, el nulo reconocimiento. Atrás, también, aquellas cintas improbables y subversivas como Easy Rider o Taxi Driver. Lo de hoy es Harvey Weinstein. Su robusta figura de mafioso. Su fofa cara de crío.
(Pero incluso Harvey, mucho más delgado hoy, empieza a derretirse.)

