Jul
14
Reseña publicada hoy en Confabulario, de El Universal.
Texto: Rafael Lemus
Que Philip Roth es el viejo más potente de la literatura estadounidense es cosa obvia. A sus 74 años, el hombre no flaquea ni se ablanda. Lejos del clérigo anciano, no predica ni confunde la escritura con el regaño. Resumir en un solo tomo sus motivos y preocupaciones, es una tarea que no le atañe. Tampoco intenta, en un postrero esfuerzo, renovarse. Roth ha envejecido ejemplarmente: insobornable, necio, ajeno a todo sentimentalismo. La experiencia, que no siempre rima con sabiduría, ha actuado ventajosamente en su caso: antes que enseñarle nuevas cosas, ha reafirmado sus nociones primeras, atizado su descontento. Eso es lo que observamos en el último Roth: no la serenidad de quien ha comprendido sino la contundencia de quien ha vencido –y sigue, libro a libro, conquistando.
Es posible que Roth haya escrito sus mayores obras en los últimos quince, veinte años. Patrimonio, Operación Shylock, El animal moribundo. Es probable, también, que lo contrario sea cierto: sus primeras novelas son insuperables. El lamento de Portnoy, Mi vida como hombre, La visita al maestro. Que uno dude entre estas y aquellas obras es ya suficiente. Existen, creo, dos claves en el encomiable envejecimiento de Roth. Una es obvia: los personajes han crecido al mismo ritmo que el autor. Lo mismo Nathan Zuckerman que David Kepesh –protagonistas de varias novelas– han seguido a su creador en la caída: son ahora sendos ancianos, el primero más sereno que el segundo. Rara vez Roth ha escrito sobre algo que no le concierna visceralmente, y ése es el secreto. Cuando joven y célebre, escribió sobre la celebridad y la juventud; ahora que es ya viejo, lo hace sobre la senectud, la enfermedad y la muerte. La otra clave de su triunfal vejez es más asombrosa: con los años Roth ha desaprendido el oficio novelesco. Si revisamos sus últimas novelas, advertiremos que son literariamente pobres: la prosa es imperfecta, la técnica es elemental, nada en la forma nos deslumbra. Comparadas con sus primeros trabajos, son obras despojadas, directas, cada vez menos literarias. ¿Por qué? Porque el último Roth tiene, además del sentimentalismo, otro adversario: el artificio. Contundencia y sinceridad.
Elegía, su novela más reciente, es una pieza maestra. Lo es, cosa rara, sin pretenderlo. Roth, se sabe, no aspira a componer esos libros hermosos y sublimes que uno califica –la voz agitada, las pupilas dilatadas– como maestros. Por el contrario: en Elegía extrema su desaliño y entrega una de sus novelas menos novelescas. Apenas si hay un relato: estampas en la vida de un hombre ordinario. Apenas si hay artificio: tras describir el entierro del hombre, se refieren fríamente algunos momentos de su biografía. Para no distraerse, la novela se ata obsesivamente a tres temas: la vejez, la enfermedad, la muerte. Para ganar concisión, sintetiza en una frase su sentido: “La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre.” ¿Algo más? No demasiado. Uno no admira en Roth su exhuberancia sino su hondura.
Mientras más despojadas son sus novelas, más nítidamente brota el genio de Roth. ¿Dónde descansa lo específicamente rothiano? No, decididamente, en la prosa. John Banville ha apuntado, en una reseña incisiva, que la prosa de Elegía tropieza con frecuencia; no ha notado que eso no importa. Roth, al revés de su mentor Saul Bellow, no es dueño de una prosa electrizante, cosa que no le ha impedido ser tan bueno como su maestro. Su genio tampoco reside, no enteramente, en los temas. Las obsesiones de Roth son suyas y de cualquiera: Eros y Thanatos. Tan sencillo como esto: la maestría de Roth reposa en su acerado temperamento. No en este o en aquel asunto sino en el punto de vista a través del cual refiere este o aquel asunto. No en la belleza de su prosa sino en la intensa elocuencia de ésta. ¿Qué temperamento? Un alma seca, como quería Heráclito. Casi naturalista. Adversaria de la idealización. Dispuesta a pronunciar la existencia física de las cosas. Aun cuando se sumerge en temas que otros aprovechan para hacer metafísica, Roth no levanta un centímetro la vista del suelo. Es un lúcido: dice lo que mira. El sexo, en su obra, es sólo sexo; la muerte, como advierte uno de los personajes de Elegía, es pasmosa, desoladoramente… muerte.
La pregunta sería: ¿cómo ha escrito tanto Roth si ha inventado tan poco? ¿Cómo puede un autor escribir tantas novelas cuando se obstina en novelizar lo menos posible? Mucho me temo que la respuesta es un meloso lugar común: porque el mundo no necesita de ninguna ilusión para ser apasionante. Roth ha encontrado en lo real –en una ciudad, en un individuo, en el inacabable agujero de una mujer– materia suficiente. Suficiente, no siempre hermosa. Rara vez hermosa. Como algunos otros, ha comprendido al envejecer que vale más decir el mundo que decirse a uno mismo. Un ejemplo hermoso: el austero desenlace de Elegía. En vez de gastar las últimas páginas exponiendo su propia interpretación de la muerte, Roth describe. ¿Qué? El extenuante trabajo de un sepulturero.
La sonda que éste introduce en el suelo para descubrir, a sesenta o noventa centímetros de la superficie, el lugar preciso de la tumba.
El marco de madera con que fija los lados de la fosa.
El tractor con que cava.
La demasiada tierra.
El hedor.
Philip Roth, Elegía, traducción de Jordi Fibla, Mondadori, Barcelona, 2006, 150 pp.


Sin duda, de las mejores reseñas sobre Roth. Eros y thanatos… Me parece, sin embargo, que en otros libros del autor (Pastoral Americana, Me casé con un comunista) también se refleja una crítica a la sociedad norteamericana y a los prejuicios que todos los individuos tenemos. Felicidades por la reseña.
Elegía
Philip Roth
por Emilce Acuña
Aunque los diccionarios muchas veces no ayudan a la comprensión cabal de una palabra, en este caso vale la pena mencionar la definición que en él aparece de la palabra que da título al libro de Philip Roth: Elegía: composición lírica en que se lamenta un suceso digno de ser llorado.
Clara, concisa y eficaz. Si hay en el mundo un suceso digno de ser llorado por todos los mortales, si existe un lamento que nos coloque en igualdad de condiciones con cualquier hombre, ese hecho es, sin duda alguna, la conciencia dolorosa de la desaparición absoluta.
La novela hace referencia a una obra de teatro alegórica del siglo XV, cuyo tema es la evocación de la muerte en la vida. Su título original es Everyman (todo hombre) y resulta interesante pensar éste título en función de la temática que desarrolla el autor, puesto que si existe un hecho que haga que un hombre sea a la vez cualquier hombre, quiero decir; si hay un suceso que iguale a todos los mortales anulando desde la raíz toda diferencia sea cual fuere, ese hecho es la muerte, la muerte niveladora.
La novela comienza con una escena en el velorio del protagonista al cual asisten las dos familias de las que formaba parte y una enfermera que lo cuidó durante su largo padecimiento de salud. Puede que lo singular de la manera elegida para narrar, sea el hecho de que se detallan operaciones con extrema crudeza porque no median metáforas y no utiliza vacíos para decir, sino que dice, cuenta absolutamente todo con tal realismo que el lector agradece el hecho de ser espectador de eso que le sucede a otro, aunque sea en la ficción. Es, en ese sentido, una escritura descarnada y absolutamente violenta.
La enfermedad crea en el protagonista una conciencia extra, un plus, sobre la fatalidad de la muerte y no puede evitar mirar el mundo a través de ese sentimiento trágico. Aunque su propia muerte se da en la ancianidad, tenemos la sensación de que se ha ido poco a poco en cada una de sus operaciones, apagándose hasta ser sólo oscuridad, acercándose cada vez más al adiós definitivo.
Los personajes que rodean al protagonista son definidos a partir de sus estados de salud. El hermano, por ejemplo, goza de una excelente vitalidad generando en él una envidia a la que teme asomarse, el enamoramiento fortuito que surge en él al ver correr por el parque a una joven mujer rozagante, el recuerdo de ese niño que compartía la habitación del hospital durante su primera internación y que un día ya no estaba allí.
Todos los personajes quedan involucrados en su historia a partir de algún episodio que tiene a la enfermedad como protagonista central y que va conformando en él una manera singular de ver el mundo, una mirada que descubre en cada hálito de vida la certeza de su inminente fugacidad.
14/09/07
everyman, lo estoy dando en la universidad,y la verdad que me gustaria dsaber de un glosario del libro que está suelto por internet.En relación a la reflexión del autor creo que nospasa a todos y que la iluminación que es la verdad y l paz interior con uno y con todos , es algo que yo no creo que tenga todo el mundo, más diría yo que pocos tienen o al menos también casi todos poseemos egocentrismo que nos ciega mucho de los puntos importantes del exterior.un saludo agui.