Publicado en Día Siete el domingo pasado.

Basta cruzar el primer umbral del Arsenale, durante la Bienal de Venecia, para toparse con una obra aceradamente política: dos paredes tapizadas –descuidada pero lúcidamente– con caricaturas del rumano Dan Perjovschi. No pinturas ni instalaciones: caricaturas. No caricaturas amables y divertidas: garabatos que discuten lo más inmediato: la guerra en Irak, la complicidad entre el arte y el mercado, la Bienal misma. Si uno traspasa los demás umbrales, la experiencia no es muy distinta: se contemplan con frecuencia obras críticas, militantes, tiradas por la pulsión de denunciar el estado presente de las cosas. En una sala, un video del italiano Paolo Canevari: un joven que se divierte pateando un cráneo frente al cuartel general del ejército serbio en Belgrado. Más adelante, un archivo tan minucioso como dolido de los soldados estadounidenses muertos durante la guerra en Irak. En otras salas, denuncias de Guantánamo, apuntes sobre el tráfico de armas y –acaso protagónicamente– la extraordinaria obra del argentino León Ferrari: documentos contra el Vaticano, hongos atómicos suspendidos del techo, un Cristo atado a un avión del ejército de Estados Unidos. Lo más regular, en esta edición de la Bienal, es el anti-belicismo, el anti-imperialismo y –para decirlo con apremio– una marcada furia anti-Bush. Así de coyuntural y enfático: un arte deseoso de incidir ahora, de dialogar no con el crítico del mañana sino con el espectador presente, concernido.

Hollywood no es, por fortuna, una isla. Hollywood no es impermeable. La misma sensación de urgencia que atraviesa a buena parte del arte contemporáneo está presente en no pocas de sus producciones. Casi sobra decirlo: en sus mejores producciones. En los últimos años los blockbusters han convivido, en pantalla, con películas políticas –no sólo los documentales civiles del cine independiente sino las cintas sobre Washington, el Oriente o el terrorismo patrocinadas por los estudios–. Hasta ahora se ha optado, la mayoría de las veces, por la alegoría y la distancia: cintas históricas, por ejemplo, que apuntan alevosamente contra la administración actual. No ya, no ahora. El Hollywood más reciente promete otra cosa: más inmediatez, menos zigzagueos. Para refutar a Bush, películas anti-Bush. Para oponerse a la prolongada guerra en Irak, cintas sobre la guerra en Irak. Un cine directo, también concernido.

Está, primero, Redacted (2007), la polémica cinta de Brian de Palma: un collage de historias sobre un puñado de soldados estadounidenses en Irak. Está, también, In the Valley of Elah (2006), una cinta –escrita y dirigida por Paul Haggis– acerca de un soldado que desaparece después de haber prestado servicio en suelo iraquí. Está The Kingdom (2007, Peter Berg), sobre una explosión en Arabia Saudita, y está The Kite Runner (2007, Marc Foster), sobre la vida en Afganistán bajo el régimen de los talibanes. Están, por últimos, dos películas tan afines como contrastantes: la sentimental Grace is Gone (2007, James C. Strouse), acerca de dos niñas que pierden a su madre en la guerra de Irak, y la didáctica Lions for Lambs (2007, Robert Redford), que refiere el debate entre un congresista, un profesor y una periodista. ¿Alguna obra maestra? Al parecer, ninguna. Hasta ahora la crítica estadounidense no ha sido dócil ante estas películas. Se dice: no ofrecen un análisis convincente de la situación. Se afirma: son confusas y tienen, invariablemente, mejores intenciones que resultados. Para ser sinceros, no importa: no esperamos, en este caso, maestría sino elocuencia. Tontos seríamos si demandáramos análisis exactos a cintas realizadas cuando la guerra en Irak aún no termina. Tontos seríamos también si no advirtiéramos que ésa es, justamente, su novedad: estas películas –al revés de las hechas a propósito de la guerra de Vietnam– no esperaron hasta el final del conflicto para reflexionar y denunciar. Por el contrario: estallan al mismo tiempo que los coche-bomba en Irak. Su apremio y su confusión son sus virtudes; mientras más apuradas, más expresivas.

En su último libro, Diario de un mal año, J. M. Coetzee advierte: “Y llegan tiempos en los que la indignación y la vergüenza son tan grandes que sobrepasan todo cálculo y toda prudencia, y uno debe actuar, es decir, hablar”. Producir. Filmar. Actuar.

Comentarios

Un comentarios para “Hollywood en tiempo presente”

  1. julio en Noviembre 18th, 2007 12:18 pm

    De todas esas películas, sin duda rescato la de Paul Haggis. No sé qué crítica estadounidense lees, pero aquí va el enlace con el ensayo de David Denby sobre In the Valley of Elah en el New Yorker:
    http://www.newyorker.com/arts/critics/cinema/2007/09/24/070924crci_cinema_denby

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