Pensemos, para no pensar demasiado, en un mediodía y una plaza. Al centro de la plaza, un mendigo, Diógenes, que convoca a un puñado de hombres. Bajo el mediodía, algunos curiosos que responden a su llamado. Diógenes, bastón en mano, no recibe a la concurrencia con sonrisas sino a palos. “¡Hombres, no heces!”, vocifera mientras su bastón viaja de una cabeza a otra. Casi lo mismo ocurriría hoy en día si uno convocara a líderes y héroes. Algunos curiosos y puras heces. Podríamos asestarles bastonazos a diestra y siniestra y ni siquiera protestarían: necesitan de nosotros, de nuestro voto, de nuestras caricias. Nosotros, y no ellos, somos quienes ejercemos un acto heroico al legitimarlos. Es así y tampoco importa. Tras los palos, Diógenes descubre que puede vivir cómodamente sin hombres. Nosotros podemos hacerlo sin héroes. Se vive mejor sin ellos.

* * *

Aplaudía Nietzsche el ocaso de los dioses. Suponía que, exterminados éstos, el hombre ascendería hasta volverse divino. Nietzsche tenía sífilis y deliraba. Han muerto los héroes y ninguno de nosotros asciende. Idos los titanes, nada crece, todo se reduce. En vez de ocupar su espacio, hemos acotado el mundo a nuestra estatura. Todo es breve y anodino. Todo es lemus y hernández. Hemos conquistado el protagonismo sin apenas merecerlo. Los héroes desaparecieron para que nosotros titiláramos, y titilamos defectuosamente, lejos de las estrellas. ¿Cómo repetir que no importa? También con héroes estaríamos perdidos.

Comentarios

Un comentarios para “Héroes”

  1. Francisco X. Estrella en Marzo 16th, 2007 10:31 pm

    Antihéroes

    Aunque dominase el universo, el dios se aburría, el espacio era una estrella fría. No sabía de compañía —se dice que era perfecto— pero aquel día dudó. La duda le hizo ver que estaba solo y el silencio lo cegó, lo enfureció. De puro hastío, creó. Prefirió la compañía al heroísmo, fue antihéroe por un día. De ese momento datan todos los esfuerzos, todos los dolores, de un momento de duda.

    A partir de ahí pequeñas cosas poblaron el mundo, humores, sangres, ruidos. Con el fin de hacerles frente, la soledad creada por el dios decidió capturar el sonido de las cosas. Imitaba a su creador en el único acto breve que aquel cometió, en el soplo. La soledad de dios sabía que en sí misma era nada, una debilidad del padre, estaba segura que comería tierra mientras durase el tiempo. La vileza de su cuna y el hambre la acompañarían siempre, por ello hizo sonar las piedras, para dejar huella de su dolor. Su voz advirtió el error.

    Ahora que el tiempo ha muerto de cansancio, observo a un duque anciano que mira por la ventana del tren. “Es demasiado tarde para llegar tarde de nuevo”, piensa; el reloj marca el paso. Va al encuentro de su sombra, otro hombre. Parece lejano, como en un sueño. Los antihéroes, como los héroes, se ven a lo lejos desde el mundo de las pequeñas cosas. Con la yema del índice, el anciano duque blanco escribe sobre el vaho seis palabras que morirán pronto, son ruido, huella humana. El duque mira el reloj, la máquina de palabras, y respira el recuerdo. No nacieron los héroes, jamás, solo las manecillas resguardan la excreta, el soplo del vacío. La era del tiempo muerto gorjea.

    Sobre el vaho, el Duque ha escrito: “podemos ser héroes por un día”. Famosos unos minutos, unos días. Héroes de pacotilla.

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