Feb
13
Para empezar modestamente el año: no, no leeré bien los diarios de Salvador Elizondo. Para empezarlo, mejor, con mala leche: tampoco tú los leerás de un modo adecuado. Sencillamente no hay manera. Uno puede empeñarse en recorrer de principio a fin todas las obras de Elizondo y la sensación será siempre la misma: la de haber leído mal, pobremente, su escritura. El problema, he terminado por creer, es que las obras de Elizondo no precisan tanto ser leídas como contempladas. Farabeuf, por ejemplo: uno lee este texto convencionalmente –de la primera a la última página, de izquierda a derecha, de arriba abajo– cuando es un dispositivo visual, atestado de imágenes, que no fluye en dirección alguna y que permite al lector entrar y salir por cualquier lado. Su formato ideal, he llegado a pensar, no es el libro sino el lienzo. Imagino esto: todas y cada una de las letras de Farabeuf vertidas en una enorme tela que cuelga de la pared de un museo. Uno, a lo lejos, contemplaría simultáneamente toda la mancha tipográfica. Uno, de cerca, leería sin orden este fragmento o aquel otro. Es posible leer Farabeuf de ese modo, y tal vez de una manera semejante deberían ser leídos sus diarios. No cronológicamente, intentado tender un hilo vital entre sus fragmentos, sino en desorden, para respetar la valiosa unidad de cada entrada. No repasando una a una sus frases sino advirtiendo, en una sola mirada, la caligrafía, los dibujos, las marcas del papel, las gotas de tinta. No, en fin, como un diario tradicional sino como cuadernos tendidos entre la literatura y las artes plásticas. Más o menos así lucirían estos textos en otra pared del museo imaginario: como esos Diarios del artista argentino Guillermo Kuitca expuestos en la última Bienal de Venecia, lienzos circulares que cubrieron, durante algún tiempo, su mesa de trabajo y que, por lo mismo, registraron azarosamente el paso del tiempo: manchas, anotaciones, bosquejos, gotas de pintura. Todo esto para decir: mucho me temo que Salvador Elizondo imaginó un lector más potente que nosotros.


Tenía 19 años cuando leí por primera vez la prosa de Salvador Elizondo. Me pareció entonces muy influido por Huysmans: decadentismo estético. Para mi sorpresa, Octavio Paz lo vio de manera similar, no obstante el océano de distancia entre mi cultura literaria y la del premio Nobel. Dicho esto, yo no encuentro grandes excelencias formales en Elizondo, y sí en Huysmans. Para mí, el mexicano se perdió en su búsqueda de novedades o invenciones. Era una carga demasiado pesada para sus fuerzas. Sentí su europeísmo de corte muy convencional. Quizás en España advierten lo mismo, y ello explique la frialdad con que lo reciben allá.
Saludos.
El arte, aún cuando sea de vanguardia, debe ser el resultado del decantamiento del espíritu de un pueblo.
Un amigo mío supuso, en un cuento, que si dispusiéramos todas las palabras de “Farabeuf” sobre un lienzo, se formaría sobre él la fotografía del Leng Tch’é. Creo que es una hipótesis perfecta, porque no puede ser demostrada ni refutada. Por mi parte, sostengo que “Farebeuf”, y la obra de Elizondo en general, debe ser leída, no para ser “comprendida”, sino para vaciar nuestros prejuicios sobre la comprensión: un poco como ocurre con los koan zen. Por otra parte, abundan en su obra los cuentos y ensayos claros y perfectos: “La historia según Pao Cheng”, “Ein Heldenleben·, “El desencarnado”, “La luz que regresa”, “Anapoyesis”…
Respecto a la publicación de sus “Diarios”… eso es otro asunto. No creo que haya sido oportuna su publicación. Ya escribí sobre ello en mi blog.