Feb
12
Bar Bella Vista. Madrugada. Un hombre bebe. Hace frío (o no) y él, de smoking, no lleva calcetines. Ya nunca los lleva. Quien vive en cantinas no necesita calcetines. Hacen falta recuerdos. Él los tiene. Demasiados. Alguna vez fue otra cosa. Un diplomático promisorio. Un inglés enamorado. Un cónsul en Quauhnáhuac, México. Persiste allí, atado a esa ciudad, aunque ya sólo lo sujeta la bebida. Ha perdido a su mujer y sus funciones diplomáticas. Sobrevive bebiendo. Eso hace cuando ella, Yvonne, su mujer, irrumpe, tras meses de ausencia, en el bar. Ha vuelto para recuperarlo. Se miran sin drama, algo se dicen, salen del local, caminan hacia casa. En el camino, mientras amanece, el Palacio de Cortés. Más adelante, interrumpiendo su marcha, el lento funeral de un niño. Observan. Alguien llora. Una banda acompaña el ataúd entonando, fúnebremente, “La cucaracha”. Es Día de Muertos.
2
Esto se dice de Bajo el volcán (1947): es la obra cumbre de Malcolm Lowry, es el relato más descarnado sobre el alcoholismo, es la mejor novela mexicana escrita por un extranjero. Es todo eso y esto otro: uno de los escasos mitos de nuestras letras. Así está bien: la novela resiste como literatura y como leyenda. Su trama es una agonía: las últimas doce horas en la vida del cónsul inglés Geoffrey Firmin. Lugar: Quauhnáhuac, México, remedo literario de Cuernavaca. Día: 1 de noviembre de 1938, Día de Muertos. Es posible leer y vivir la novela. Puede hacerse con ella lo que con el Ulises de Joyce: celebrarla siguiendo, paso a paso, el itinerario del protagonista. Se comienza ebrio, se termina muerto. Apenas si importa: toda jornada concluye del mismo modo.
3
Decides ser el Cónsul, seguir su itinerario. Estás en casa. Bebes mezcal, tequila, whisky. Son las nueve de la mañana y tomas de la botella. Sientes, como siempre, culpa. No beberás más, sólo olerás el whisky. Te sirves un vaso de estricnina, sustancia que te dio tu hermano, y esperas que esta vez sí funcione. Debes recuperarte. Ella ha vuelto. Te sientas en la mecedora rota y por un segundo crees haberte curado. Después abandonas la casa en busca de otra bebida. No llegas a ninguna parte. Te caes en el camino. Vuelves, duermes. Al despertar, cerca de mediodía, bebes tequila y paseas por el jardín del vecino. Observas la vida, la explosión de la vida en el jardín del vecino. Vuelves el estómago allí mismo. Regresas a casa y te tumbas en el baño. Debes prepararte para asistir, con Yvonne y tu hermano, a un jaripeo. Intentas afeitarte, pero los temblores te lo impiden. Tu hermano, solícito, te rasura, te pone calcetines. Estás listo. Morirás con calcetines.
4
Malcolm Lowry nace el 28 de julio de 1909 en New Brighton, Inglaterra. Hijo de una familia acaudalada, huye de la comodidad embarcándose, como naviero, rumbo a China. Será siempre un viajero pertinaz. Vive en Londres, París y Estados Unidos. Un golpe de infortunio lo arrastra más allá de la frontera. Permanece en México entre 1936 y 1938. Observa el cardenismo desde la ebriedad y, por unos días, en Oaxaca, acusado de espía, desde la cárcel. No lo mueve el interés por el país sino por la mezcalina. Bebe y, a momentos, escribe. Tiene ya dos novelas y quizá por ello olvida el manuscrito de la tercera en una cantina oaxaqueña. Huye a Canadá, donde vive catorce años. Allá, asistido por su esposa, concluye Bajo el volcán, rechazada por doce editoriales. Cinco años le toma su reescritura y otros más el reconocimiento público. Siempre ebrio, planea una Divina comedia alcohólica. La muerte lo sorprende, de vuelta en Inglaterra, el 27 de junio de 1957, con apenas el purgatorio terminado. Sorpresa menor: Lowry convoca a la muerte mezclando alcohol y somníferos. Hay quien dice que muere ahogado en su propio vómito. Hay quien habla de suicidio. Ambas hipótesis son verosímiles. En una vida vuelta leyenda todo es verosímil.
5
El autobús es un infierno. Vas camino a Tomalín, para ver un jaripeo, pero sólo deseas beber. Miras a Yvonne, a tu hermano, a los pasajeros que te acompañan. Nada comprendes. Tampoco lo haces, minutos después, en el jaripeo. Ves un toro, ves a un puñado de borrachos. De pronto, tu hermano aparece entre la multitud. Una punzada de pánico. Ni siquiera eso mitiga tu ebriedad. Cuando vuelve tu hermano, continúas ebrio, acaso tan ebrio como para ser, por un segundo, optimista. Hablas con Yvonne. Prometes sanar. Promete cuidarte. La felicidad, se dicen, es todavía posible. Entonces comienza a caer la tarde y con ella, invencible, la sensación de fracaso. La felicidad ya no es posible. Notas lo obvio: la caída del Cónsul es distinta a la tuya. No puedes seguir su itinerario. Su derrumbe, por literario, es inimitable. Ocurre en el infierno, no en este mundo. Tiene la densidad de una pesadilla, no la laxitud de la vida. Posee estilo, al revés de tus fracasos cotidianos, nimios. Bajo el volcán, decides, es una estética extrema del fracaso. No describe la evolución del dolor ni la morosa pérdida de las ilusiones. Retrata el instante último, el final de la caída.
6
Los ingleses son mejores viajeros que los estadounidenses. Un norteamericano descubre misticismo donde sea: místico el nopal, el Oriente, todo aquello que no huele a nuevo. El inglés es menos ingenuo, más colonialista: extraña siempre la metrópoli. No sorprende que las mejores novelas escritas sobre México desde el extranjero sean, casi sin excepción, inglesas. Son, también, las menos elogiosas. D. H. Lawrence, Graham Greene y Malcolm Lowry saben lo que todo mexicano: vivir en México es una condena. Lowry acierta al reducir el país a una imagen etílica del infierno. La simbiosis es exacta: el Cónsul lleva brasas en la conciencia, México en todas partes. Personaje y escenario son la misma cosa: las llamas de un alcohólico, la lava de los volcanes. Lowry se ensaña con el país y, un segundo después, lo elogia como nadie. Con él el país es, por primera vez, narrativamente moderno. Es una sucursal del infierno, pero una modelada con las técnicas modernas, joyceanas. Antes de Al filo del agua, antes de Pedro Páramo, México es ya flujo de conciencia, collage de tiempos y espacios, un averno arrojadamente moderno. Es Lowry, inglés alcohólico quien nos arrebata del pintoresquismo.
7
No puedes seguirlo hasta el final. Tu jornada ha terminado. Ahora el Cónsul, desprendido de ti y de Yvonne, bebe en El farolito. Anochece. Adentro, la luz es suficiente para leer. El Cónsul lee. Las viejas cartas de Yvonne. Levanta la vista y, a través de la ventana, descubre un caballo atado a un árbol. Sale como quien es tentado por el abismo. Acaricia el caballo, un relámpago sucede, el animal relincha. Así, anodinamente, se compone la tragedia. El resto es México, sólo México. Un par de policías se acercan y acusan al Cónsul. De pretender robarse el animal. De yanqui. De judío. De socialista. Uno de ellos, sin dedos índice y pulgar en la mano derecha, le arrebata las cartas. El Cónsul se hace de un machete, blande el machete, amenaza con el machete. Entonces, iluminando la noche, tres disparos. Sobre el Cónsul. Súbitamente. Absurdamente. Mexicanamente. Un cuerpo cae bajo los volcanes. Una banda, en algún lado, entona “La cucaracha”. Sólo eso.


El estilo de Lowry es escepcional, ha encontrado la manera precisa para reflejar las borracheras de cantina al puro y más solemne estilo mexicano. Un hombre que muere derribado por el mezcal y Lowry parece que lo ha visto más de una vez.
Buena, che. Me gustaìa conseguir una ediciòn del libro!!!
Me encanta la frase de México como sucursal del infierno, y es la verdad, México es perfecto para morir, pero no para vivir. Espero visiten mi sitio:
http://malcolmlowry.blogspot.com