Alguna vez conocí a Octavio Paz. Alguna vez. Una mañana soleada o una tarde sin viento. Una tarde, sí. Llovía. De arriba abajo. De abajo arriba, era yo un adolescente. Uno más, previsible, de izquierda. Leía La Jornada y cosas peores. Cosas peores: admiraba hasta el delirio a Carlos Monsiváis. Por él, por Monsiváis, estaba yo allí. Allí: un auditorio de la Ciudad de México. Allí: el sitio donde él, Monsiváis, recibiría el Premio Xavier Villaurrutia. Allí estaba yo para conocer a mi héroe, Monsiváis, y, sin embargo, conocí al villano. Conocí a Octavio Paz.
Ocurrió como ocurre cualquier cosa: apáticamente, sin brillo alguno. Anochecía y de pronto, sin aviso, apareció entre el público Octavio Paz. Un anciano ilustre. Un viejo lento, del brazo de su esposa. El anciano caminó pausadamente –el rostro calmo, la vista amable– hasta sentarse dos asientos delante de mí. Pensé: el aliado del imperialismo. Pensé: la derecha. Pensé: eso, todo eso, y también el Premio Nobel. Titubeé, me sumí en una cómoda crisis ideológica. ¿Pedirle o no el autógrafo? ¿Pactar o no con la derecha? Opté por lo más sabio. Opté por el ridículo. Opté por la abyección. Miré a mi hermano y le dije: Anda, el autógrafo. Mi hermano me miró y fue, silencioso, tras la firma. El anciano derramó la tinta, negra, sobre el programa amarillo del evento. Aún ahora mi hermano reclama como suyo el papelito. El muy bastardo.
Pasó el tiempo, digamos. Habló Monsiváis y hablaron los otros. Aplausos, bostezos. Terminó el evento y el público huyó en estampida. Yo, izquierdista y aristócrata, esperé sentado hasta que todos desaparecieran. Todos salvo Paz y su esposa, también a la espera. Digamos que soy un hombre lento. Que Paz se me adelantó un segundo. Cuando quise salir él ya ocupaba, morosamente, el pasillo que daba a la puerta. Caminé impaciente detrás de él y de su esposa. Intenté pasarlos un par de veces, inútilmente. Digámoslo así: alguna vez caminaron juntos el presente y el futuro de la literatura mexicana. Uno detrás de otro. El primero obstruyendo al segundo. El segundo ansioso por empujar al primero. No lo hice, ideé un plan: saltar dos o tres asientos, sacarle la vuelta al presente. Salté malamente las butacas y saqué ventaja a Paz. Victorioso, pensé: dibújate una sonrisa, búrlate de un Premio Nobel. Me detuve a la mitad del pasillo y cerré el paso a Paz. Lo miré con mi mirada abyecta, sonreí aviesamente, le estiré la mano. Me sentí viril, amenazante. Un delincuente. Un adulto.
Quisiera decir que Paz titubeó ante mi amenaza. Que su mirada se rindió ante la mía. Que el presente languideció ante el futuro. Lo cierto es lo contrario. Paz me miró con desdén y me ofreció su mano como quien propina una patada a un perro. Me observó de arriba abajo y me largó como a una puta. Desapareció el anciano ilustre y yo quedé allí, solo, mermado, a mitad del pasillo. Un adolescente. Una mierda. Sólo eso.
Ahora estoy seguro: la literatura mexicana no tiene futuro.

Comentarios

Deja un comentario