Feb
12
El hombre
James Byron Dean nace el 8 de febrero de 1931 en Marion, Indiana. Su padre es un dentista. Su madre, una mujer destinada a morir, como él, muy joven. Vive, crece en una granja. Árboles, animales, viento. Valdría la pena describir una escena feliz pero el niño no es feliz. Su madre muere cuando él tiene 9 años, es criado por sus tíos. Son unos tíos amables, bondadosos, pero, para beneficio de este relato, pensémoslos terribles, con garras. El adolescente, hastiado de la violencia de los tíos, se muda a California. Descubre el teatro, actúa. Descubre a las mujeres, las seduce. Descubre a los hombres, se entrega a una bisexualidad contenida. Tiene talento sobre las tablas y alguien le sugiere mudarse a Nueva York, estudiar seriamente. Hace ambas cosas. En Nueva York es aceptado en el Actors Studio, la escuela de interpretación más importante. De pronto, el relato se enturbia, el hilo de su vida se vuelve incomprensible. Alguien nos había dicho que él era un hombre, uno más, y las cosas le ocurren como si no lo fuera. Todo pasa demasiado fácil, con demasiado poder, como si él, al revés de nosotros, tuviera un destino. Actúa en una obra de Broadway, es llamado a Hollywood, se marcha a Holly-wood. Protagoniza tres películas en un año como quien bosteza tres veces en un día. Su celebridad es inmediata. Mujeres y fotógrafos lo persiguen. Él huye a bordo de autos deportivos, obsesionado con las competencias automovilísticas. No conduce él sino el destino. Un día, el 30 de septiembre de 1955, toma su Porsche Spyder 550 y el destino lo estrella contra otro auto. Muere. Es imposible narrar lo que sigue.
El actor
El hombre es actor. No uno cualquiera. Uno bueno, grande. Filmó tres películas y sólo una se estrenó mientras vivía. Tres películas le bastaron. Para hacerse una estrella. Para fijar un estilo. Para no desaparecer aquel 30 de septiembre. Al este del edén fue la primera. Su personaje viaja por el sur de Estados Unidos renovando, inconscientemente, la actuación. Se sobreactúa. Ése es su estilo, su escuela. Son los cincuenta y el resto de los actores simula traer una tabla a la espalda: son títeres y nadie los mueve. Todos, salvo los formados en el Actors Studio. Dean, por ejemplo: improvisa, gesticula, asombra al público gimiendo o desplomándose en el suelo. No hay comedia en su coreografía: es intenso, demasiado. Cuesta encontrar otros ojos más expresivos en el cine, unas manos menos dóciles, un cuerpo más relajado.
Un mes después de su muerte se estrena Rebelde sin causa. Un año más tarde, Gigante. De esta última, una anécdota: Dean tiene un ídolo, Marlon Brando, y Brando aconseja murmurar los diálogos, provocar que el espectador acerque su rostro a la pantalla para escuchar las palabras. Dean murmura durante todo el rodaje y, un día después de finalizar la filmación, muere. Hereda una broma: cuando los productores revisan las cintas descubren que sus diálogos, demasiado bajos y arrastrados, son incomprensibles. Un amigo de Dean debe imitar su voz y doblarlo. La Academia celebra la broma con una nominación póstuma al Oscar.
Rebelde sin causa. James Dean es eso, esa película. En las demás actúa, en ésta encarna a un arquetipo. Continúa imitando a Marlon Brando pero eso ya no importa. Improvisa, murmura, gesticula como su ídolo. Hace algo que su ídolo no puede: resumir una época, personificar un arquetipo, en un solo gesto. Dean viste una chaqueta roja y la adolescencia tiene por fin un estilo. Dean protesta de cierto modo y los adolescentes adquieren sus gestos subversivos. Dean actúa y el adolescente se afianza. Con James Dean nace el adolescente. Antes de él había una época imprecisa, molesta, entre la infancia y la edad adulta. Después de él existe esa epidemia, los adolescentes. Darle forma a algo es crearlo. James Dean inventó la adolescencia.
El mito
El hombre es actor. El actor es un mito. El mito persiste porque no se fatiga, muere encendido. James Dean muere cuando debe morirse: justo en la cima. Como debe morirse: de plenitud. Siendo congruente: rechazando la madurez, siendo un cadáver hermoso. Su muerte, aún más que su vida, es su victoria. Es demasiado bello para confiarle su rostro a la edad adulta y muere. Es demasiado brillante para batirse con el mundo y muere. Es demasiado y muere. No se enfanga con la vida. Mantiene límpida su rebeldía: no un acto, un gesto. Mantiene intacto su potencial: muere al principio para ser promesa, futuro. Se apaga para encenderse mejor. Su muerte es el acto más bello del siglo XX.
Imaginar. Es una tarde soleada. California bosteza serena, indolentemente. El viento sacude los árboles. O digamos, mejor, que no hay viento. Hay movimiento sólo en la carretera 466: un auto precipitándose hacia la historia. El resto yace suspendido, a la expectativa. Dentro del auto, James Dean conduce con lentes oscuros, una mano en el volante. A su lado, un amigo, mecánico. Marchan vertiginosos hacia Salinas, California, para competir en una carrera automovilística. No es un auto cualquiera: un Porsche Spyder 550. Tiene un apodo: Little Bastard. Dean ríe en su pequeño bastardo. Dos horas antes, un policía, una multa, una advertencia: “Manejando de ese modo nunca llegarán a Salinas”. El auto modera su velocidad sólo para detenerse en una tienda. Dean pisa por última vez el suelo, pide una Coca Cola. Imaginemos que bebe ahí mismo, de la botella, un solo trago. Vuelve al auto como quien se apunta con un revólver. Se sumerge en la tarde.
California bosteza de nuevo. La imagen se descongela, vuelve el movimiento al mundo. Un joven, Donald Turnupspeed, conduce en sentido contrario a James Dean. Tiene 23 años y la estrella 24. Regresa de la universidad para pasar un fin de semana en casa de sus padres. Su auto es un Ford Custom Tudor 1950. Ignoramos si tiene un apodo. Sabemos que es un pequeño bastardo. Son las 5:46 de la tarde. Dean sale de la ruta 466 para tomar la 41. En la intersección, el encuentro. Ambos conductores se topan frente a frente. Dean murmura unas últimas palabras: “Tiene que vernos”. Se ven, se estrellan. Un hombre se encuentra por última vez con un mito. El hombre sufre unos rasguños. El otro humano, mecánico, sobrevive. Sólo el mito sale disparado por el parabrisas, el cuello roto, su auto despedazado.
Cuentan que una ambulancia recogió a James Dean y que éste murió en ella, camino al hospital. Pensemos otra cosa. Imaginemos a James Dean suspendido en el aire, proyectado más allá del parabrisas, su playera blanca ensangrentada. Imaginémoslo ya muerto, victorioso, sonriente.

