Equívoco continuo: Hollywood produce películas. La verdad es otra: produce películas pero, sobre todo, suicidios. Cinco casos míticos.

Peg Entwistle (1908-1932)
Hay vidas, como las de Marcel Schwob, imaginarias. Ocurren, borbotean en el fango, y sin embargo parecen tramadas por una imaginación geométrica. La de Peg Entwistle es una de ellas: menos una vida que una fábula para ambiciosas. Peg tuvo todo para triunfar en Hollywood y, no obstante, fracasó como pocas. Nacida en Wales, realizó el itinerario pertinente: primero Broadway, después Hollywood. Era rubia, tenía los ojos verdes y un fulgor en el rostro que reflejaba menos talento que tragedia. Se casó, arribista, con Robert Keith, padre de un actor entonces famoso. Arribista fue, también, su desenlace. Abrumada por el fracaso, ascendió a su manera, inolvidable. Peg condujo hasta el Monte Lee, caminó hasta el blanco letrero de HOLLYWOODLAND y trepó, al fin ascendente, los 45 pies de la letra H. Su caída fue hermosa, como todas las caídas, pero también fue irónica. Quiere la leyenda, y a quién importa la verdad, que mientras ella se suspendía en el aire una carta llegaba a su casa. No es difícil imaginar su contenido: la invitación para protagonizar, finalmente, una película importante. Mejor así: las mujeres son más bellas en caída, simulando el vuelo.

Lupe Vélez (1908-1944)
Quiere otra leyenda que el suicidio más grotesco corresponda a una mexicana. Lupe Vélez era, según la publicidad, la “explosiva mexicana”, la bomba latina en un Hollywood todo dinamita. Fue más estrella en la cama que en la pantalla: hizo algunas películas, folló con Douglas Fairbanks, Gary Cooper y Johny Weissmüller. Es también en su cama donde debemos imaginarla minutos antes de su muerte. Su carrera, como su explosividad, decrecía: realizaba tristes películas serie B, no provocaba ya fuego sino toques. Lupe lo sabía y decidió, minuciosa, su suicidio. Me gusta imaginarla ataviada con su mejor vestido, recostada en su cama, ingiriendo barbitúricos, esperando la muerte y después las fotos hermosas de su cadáver fastuoso. Pero no hubo fasto. Lupe (nombre es condena) murió como mexicana, ahogada en su propio vómito, el rostro en el escusado. Hasta allí la arrastró el malestar estomacal, provocado por los barbitúricos, y allí le tomaron las placas finales. Ahora quieren los críticos, enemigos del cine, que Lupe murió de otro modo, sin tanto asco. Háganme caso: los mexicanos no mueren suicidas sino intoxicados.

James Whale (1893-1957)
Los directores de cine son tipos duros. Obreros del arte, resisten el fragor de los rodajes y, por lo mismo, no padecen ante esa minucia, la vida. Ninguno se suicida. Sólo uno de ellos, y uno grande, se ha marchado dirigiendo su propio desenlace. Su nombre era James Whale y dirigió las mejores películas de monstruos: Frankenstein (1931) y, cuatro años después, La novia de Frankenstein. El mayor elogio que puede hacérsele es afirmar que no parecía director de cine. Era demasiado fino, demasiado elegante, para desempeñar un oficio tan bajo. Lo desempeñaba, sin embargo, y envejecía. Imaginémoslo a los 73 años, arrugado y encorvado. Hace años que no dirige una cinta y ahora, mientras lo observamos, bebe y escribe su carta de despedida. No la leamos, mirémosle todavía. Se pone de pie, bamboleante, y se dirige hacia la alberca donde alguna vez celebró sus míticas fiestas homosexuales. Teme al agua pero, como todo ser pensante, teme más a la vida. Toma un respiro y se arroja, decidido. Dejemos de mirarlo mientras se ahoga. Larga vida al último elegante.

Marilyn Monroe (1926-1962)
La suicida más famosa de Hollywood, y quizá del mundo, no lo es. Marilyn no se mató a sí misma. Mucho menos fue asesinada, como quiere el delirio, en medio de una intriga política. La realidad es más pálida: en pantalla Marilyn fue una diosa, en vida murió como cualquiera. Ahora, gracias a Donald Spoto, conocemos los hechos vulgares. La autopsia fue contundente: no se encontraron restos de tranqulizantes en el estómago de Marilyn ni tampoco dosis importantes en su sangre. No tenía, además, motivos para matarse: vivía más satisfecha que nunca, protagonizaría una cinta sobre su admirada Jean Har low y estaba a unos días de casarse, de nuevo, con Joe DiMaggio. Lo ocurrido la noche del 4 de agosto no fue un suicidio sino un accidente. No hubo culpables sino responsables: Ralph Greenson, su siniestro psicólogo, y Eunice Murray, su abominable ama de llaves. Marilyn había iniciado el día como se debe: ingiriendo un amplio cocktail de tranquilizantes. Greeson lo ignoraba y, cerca de la noche, le ordenó consumir una dosis de hidrato de cloral, otra sustancia sedante, letal al mezclarse con el Nembutal que ella había tomado. Ordenó otra cosa a la ama de llaves: practicarle un enema a la diva, como si los mortales pudieran tocar el trasero de los dioses. Una lavativa mal practicada y una equivocada prescripción médica fueron las armas que asesinaron, después de una breve, penosa agonía, a la estrella.

Marilyn Monroe (1926-1962)
La suicida más famosa del Hollywood, y quizá del mundo, no lo es. Ni siquera ha muerto. Marilyn sigue viva. Pregúntenle a Nietzsche: mueren los dioses, no las diosas.

Margaux Hemingway (1955-1996)
Hay vidas, como las de Shakespeare, atravesadas por la tragedia. Simulan ocurrir en libertad, pero están ya tramadas desde el principio. La de Margaux Hemingway es una de ellas: menos una vida que un caso para la genética determinista. Margaux era hermana de Mariel, la beldad nórdica de Manhattan, y nieta de Ernest, el escritor que colgaba de lianas. Más hermosa que la hermana, no tuvo el éxito de ella: fue actriz y modelo rutilante por un segundo para apenas después sumirse en una madurez casi anónima. Hay, como en todo caso, dos versiones: era feliz, dicen unos, y desdichada, dicen otros. Escuchemos a los optimistas: Margaux, a un paso de su muerte, era una mujer feliz. Unas horas antes de su suicidio comía y cantaba con amigos en un encendido restaurante de Hollywood. Todo es hermoso (nunca nada lo es) y entonces irrumpe, invencible, la tragedia. Algo ocurre, Margaux se marcha a casa e ingiere, mecánicamente, el frasco entero de tranquilizantes. No es ella quien lleva las pastillas a su boca sino el destino. Es un asunto de familia: Margaux es la quinta Hemingway suicida en cuatro generaciones. Los periódicos encabezan al otro día: Margaux Hemingway, nieta del famoso escritor, se suicida justo treinta y cinco años después de que éste se volara los sesos. Hay cosas que Hollywood sabe y el mundo ignora.

Comentarios

2 comentarios para “Morir en Hollywood”

  1. karla en Febrero 4th, 2008 4:32 pm

    mi pregunta es si tiene algo en contra de los mexicanos,siento q lo dice de manera ironica,y no soy mexicana soy Hondureña.

  2. gloria gallegos en Marzo 6th, 2008 2:37 pm

    que onda contra los mexicanos el que escribe el artículo ¿será acaso un español? porque ellos estan llenos de maricas……

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