Feb
12
Muere una estrella. Un instante después, los lamentos. Hollywood ha muerto. La magia ha terminado. Una época ha desaparecido. Pero no desaparece. Están las películas y, también, las estrellas. Sobreviven algunas, apenas unas pocas. No es ocioso cantarles ahora que están todavía vivas. No escucharán nuestros cantos (viven demasiado lejos, demasiado alto) pero, al admirarlas, nos elevaremos un poco del suelo. Eso son las estrellas: imágenes aéreas de nosotros mismos, aquello que pudimos ser y no somos.
Elizabeth Taylor (1932)
Piénsese en una estrella del Hollywood clásico viva y se pensará, tarde o temprano, en Elizabeth Taylor. Cuesta trabajo no hacerlo. Es grande y tiene una cadera prominente. Una cadera y una carrera. Ha actuado desde niña y nunca le ha faltado fama. En 1944, a los 12 años, arriba al estrellato. Años después lo comparte con otras estrellas, Lassie incluido. Participa en épicas inolvidables, como Gigante (1956), con James Dean y Rock Hudson, o Cleopatra (1963), al lado de Richard Burton. Interpreta a dos heroínas de Tennessee Williams y, en ¿Quién le teme a Virgina Woolf? (1966), a una demente de Edward Albee. Es ésta última la mejor actuación de su carrera y una de las mejores de todo el cine. Eso es Elizabeth Taylor: una gran actriz, tan solvente en el drama, tan dudosa como estrella. Una cosa es cierta: no es ella quien conserva vivo el lustre del Hollywood clásico.
No podría hacerlo quien ha envejecido con tan poca gracia. Hollywood es un sitio cruel y no tolera el descuido. Elizabeth Taylor se ha descuidado. Tiene varios kilos de más y una vida excesivamente pública. Sabemos demasiado de ella. Qué causas apoya, qué amigos visita, qué doctor le practicó la famosa operación cerebral. Podemos recitar sin problemas los nombres de sus siete esposos y los años en que se casó una y otra vez con Richard Burton. Es una estrella, como las más recientes, sometida permanentemente a la luz de las cámaras, explotada en exceso, carente de misterio. Vive demasiado cerca del suelo, demasiado humana. El Hollywood clásico es una entidad mítica y ella, una estrella cotidiana. No morirá con Elizabeth Taylor el encanto. La leyenda reside en otra parte, en otras piernas.
Cyd Charisse (1921)
Le bastaron un par de piernas suntuosas para ser una estrella. Aún hoy eso le sigue bastando. Cyd Charisse es dueña de los muslos más famosos de Hollywood. Muslos perfectos: no existe celulitis en el celuloide. Alguien nacida en Amarillo, Texas, con el nombre de Tula Ellice Finklea no merece la fama. Sí la merece si cambia su nombre y mantiene las pantorrillas, hermosas, en movimiento. Cyd Charisse no dejó de moverse en pantalla. Fue bailarina de ballet desde niña y bailarina de comedias musicales en el cine. Tenía la gracia de Ginger Rogers y un agregado ineludible: sensualidad en las extremidades. Sus muslos, sus rodillas, sus pantorrillas: volveremos siempre sobre lo mismo. El genio es monotemático, y también lo es el cuerpo de nuestra estrella. Piernas, eso basta. Una cadera desprestigia a Elizabeth Taylor, un muslo salva a Cyd Charisse. Eso es Hollywood: un pedestal para la belleza.
Pasa el tiempo y las cintas dejan de cantar y bailar. Los musicales se desvanecen y, con ellos, Cyd desaparece. Desaparece, no se apaga. Ya lo ha explicado la física: cuando una estrella se funde, su luz nos alcanza todavía. Cyd nos alumbrará mientras sobrevivan sus obras maestras: The Band Wagon (1953) y, sobre todo, Cantando bajo la lluvia (1952). Su participación en ésta última es mínima y, no obstante, inolvidable. Aparece en una sola secuencia, pero esa secuencia es, ay, la más grande de todo el cine. Gene Kelly baila. Baila en un escenario pop, todo colores primarios. Creemos que el cine nunca ha llegado tan lejos en imaginación y artificio y entonces aparece Cyd, la pierna de Cyd Charisse. Gene Kelly pierde, a media coreografía, su sombrero. La cámara lo sigue hasta estrellarse con una pierna memorable, que levanta el sombrero con la punta del pie. La pierna se eleva, la cámara acaricia lentamente la pantorrilla y, un segundo después, el muslo. El tiempo se congela. El cine pudo haberse terminado entonces. Lo habíamos visto ya todo.
Lauren Bacall (1924)
Es otra, sin embargo, la verdadera estrella. Se llama Lauren Bacall y Hollywood sobrevivirá mientras ella viva. No tuvo los éxitos de Elizabeth Taylor ni las piernas de Cyd Charisse. Tuvo otra cosa: glamour. En toda ella. A todas horas. Aun ahora. El glamour no puede ser explicado, sólo descrito. Glamour es Lauren Bacall. Su metro 74. Su cuello grácil. Su rostro hermoso, siempre fino. Sus ojos verdes. Su voz ronca, tan firme como sus pechos pequeños, tan sugestiva como su cintura. Sus manos largas y delgadas. Su cabello rubio. Su mirada. La manera en que porta todo ello. El modo en que camina. Sus palabras incisivas. La sensualidad al pronunciar, en To Have and Have not (1944), la frase famosa: “You know how to whistle, don’t you? You just put your lips together and blow”. Toda ella. Glamour es Lauren Bacall. Glamour no eres tú.
Ella, al revés de Elizabeth Taylor, tiene una vida sobrehumana. Una vida inverosímil, casi una fábula. Una chica hermosa es retratada en la portada de Harper’s Bazaar. La esposa de una famoso director de cine, Howard Hawks, observa la revista y habla de la modelo con su marido. Meses después la chica ya protagoniza una película, To Have and Have Not, al lado de Humphrey Bogart. Ella tiene 19 años; él, 45. Se casan, tienen hijos, son felices. Nunca otra pareja ha tenido tanta química en pantalla. Nunca nadie ha sido tan dichoso. A su alrededor orbitan las estrellas más famosas de Hollywood. Una mancha grave: Bogart enferma de cáncer y muere. Lauren Bacall sufre pero, más allá de lo humano, se compromete meses después con Frank Sinatra. El matrimonio nunca ocurre. Ella se muda a Broadway y triunfa en las tablas. Se casa de nuevo, tiene otro hijo. La chica envejece con estilo. Participa en pocas, buenas películas (The Fan, Dogville). Mantiene su elegante belleza. Conserva intacto su misterio. La chica es, además, inteligente: escribe sus memorias y gana el National Book Award. Todo ocurre como debe ocurrir. No hay caderas prominentes ni escándalos gratuitos. Está ella y está el glamour. Es una vida de estrella, inexplicable para ti. Podemos decirlo de otro modo: ¡ah, Lauren!

