Abr
11
Publicado en Día Siete.
Texto: Rafael Lemus
Un día desaparezco, rabioso, de la ciudad de México y aparezco, radiante, en otro pueblo, entre mis hermanos, los turistas. ¿Acaso soy el último de los vulgares? ¿Sólo yo me siento cómodo entre ellos? No cualquiera turista, desde luego. Nunca uno pretencioso, jamás un viajero. El turista promedio, todo risas y dólares. Su cabecita rubia y sus lentecitos oscuros. Su cámara ávida y sus ojitos lustrosos, destellantes. Ese turista, ningún otro. A su lado, sonrío y titilo. Con ellos, entre ellos, todo es feliz y básico. Viajan en aviones y ya en el piso, escupidos aquí o allá, son elementales. Comen, beben y duermen, apenas vivos. Entre una y otra comida, una siesta, una retahíla de billetes y algún ay ante un monumento. Ningún hallazgo que arrobe. Ninguna aventura que ponga en crisis lo ya conocido. Un viaje simple, aunque fotogénico.
Diré que el turista marcha a la vanguardia. Allí donde él está estaremos todos ya muy pronto. Su manera de viajar será mañana la única posible. Atrás quedará el viajero. Atrás, con aquellos otros detritos: el amor, el heroísmo, la poesía. Viajar es hoy cosa cotidiana. Un subirse a un avión y un padecer, en partes iguales, el aeropuerto y sus alrededores. El viajero persiste bohemio y, por lo mismo, descansa a un paso del ridículo. Ansía confundirse con los nativos y ningún nativo lo respeta. Se fatiga en busca de lo auténtico y todo es ya puesta en escena. Abandona su espacio para toparse con un hallazgo y, cuando al fin lo hace, no sabe cómo comportarse. Ante cualquier descubrimiento, duda: mostrar o no asombro. La sorpresa delata y pasar de largo es una pena. Su solución: mirar apenas, sonreír avergonzadamente y tomar la foto cuando nadie lo note. Mi turista, en cambio: tan sólido, tan rotundo. Algo lo sorprende y ya exhibe, sin pudor, su sorpresa. Un oh, un click, y a otra cosa.
El turista es sabio porque no busca. Alguien le señala que allá está la vida y hacia allá marcha. En el camino se estampa contra el centro –algún punto neurálgico de la ciudad–y de allí ya no sale. Intuye que todo ocurre en el centro, y no se equivoca. Espera –un daiquirí en la mano, las piernas cruzadas– y por allí ve pasar a todos. Roland Barthes conocía esa pereza. Apenas llegaba a una ciudad ya pedía que lo llevaran al centro. Sólo los centros le importaban. Allí, decía, confluyen todos los signos. Allí, la ciudad es legible. Allí, de pronto, el fogonazo.
Elogio al turista porque lo envidio denodadamente. Quisiera ser negro en el hastío nórdico y rubio en las repúblicas bananeras. Quisiera mirar a mi vecino y sentir que, entre su miseria y la mía, se extiende un océano y dos idiomas. Quisiera despachar la vida como la despacha un turista. El turista viene, mira y huye rápidamente. Nunca vuelve, no reincide. Una foto, y a otra cosa. Uno, nativo, viene, mira y persiste. No una foto sino una película infinita, fastidiosa, letargo puro. La fuga es cosa de ellos. Tedio es nuestro nombre.
No soy el mexicano que escribe esto. Soy aquel tipo –bermudas rosas, lentes oscuros, cabello oxigenado– que simula leer un mapa para llegar día a día a su casa.

