Sep
10
Este texto no puede, no debe, ser reproducido sin mi autorización o la de la revista. Hay leyes, reglamentos, jueces, abogados, burócratas que aseguran que los derechos de reproducción de este artículo son míos, aunque yo ya lo escribí y estoy por cobrarlo, y de la revista, a pesar de que sus editores no lo pensaron ni escribieron y de que tal vez ni siquiera suscriban las opiniones aquí vertidas. Hay penas, multas para el despistado que –no sé por qué– se decida a copiarlo. Ahora bien: hacer eso, reproducir un texto, es sencillísimo. Basta con caminar hasta la papelería y pagar unas fotocopias y distribuirlas entre los amigos. O basta con escanearlo y diseminarlo por email. O basta con pegarlo en un blog. Cosa de minutos. Niñerías. Pero ahí están las leyes, la maquinaria, para poner freno a lo que la tecnología, las máquinas, facilitan: el libre tráfico de información y contenidos e ideas y música e imágenes y escritura.
Esta tensión, entre los derechos de propiedad intelectual y la libre circulación de los bienes culturales, es una de las fricciones capitales de nuestro tiempo. Tirando hacia un lado: millones de internautas que copian y pegan y comparten textos, la inacabable biblioteca Google (que pretende subir a la red millones de libros publicados), los abogados que diseñaron las licencias creative commons, los programadores que crean software libre, las bandas que cuelgan su música en la red para que sea descargada y distribuida, los escritores que registran sus obras para luego, ya propietarios de ellas, permitir su reproducción sin fines de lucro. Tirando hacia el otro lado: la rigidez legal, el lucro desaforado, el software privado, las corporaciones que tachan de piratería toda copia de un bien cultural, la legislación mexicana, que en 2003 extendió aún más la vigencia del derecho patrimonial: ahora hay que esperar nada menos que cien años post mortem auctoris para que las obras se vuelvan del dominio público.
Los defensores más intransigentes del copyright actúan como si los derechos de propiedad intelectual fueran naturales, inalienables. Son lo contrario: construcciones históricas. O mejor: construcciones obsoletas, de otra época, pensadas para otras circunstancias. Las primeras normas al respecto surgieron en la Venecia del siglo XV y en la Inglaterra del XVI, y no para proteger a los autores sino para otorgarle a los impresores la propiedad de las obras que publicaban. Sólo hasta fines del siglo XVIII, en Francia, se empezó a reconocer que los autores eran los dueños de sus obras, al menos hasta que se volvieran parte del domino público. Antes de eso, los trabajos artísticos eran propiedad de todos y de nadie: bienes comunes que uno podía copiar, circular e incluso transformar. Así se escribió La Ilíada. Así se escribieron los libros de la Biblia. Así se hace la literatura: entre todos y para cualquiera. Incluso ahora la creación más significativa ocurre al margen de las tiesas normas legales: se cita, se plagia, se reescribe el patrimonio cultural pese a la multitud de amenazantes abogados. Así es y así será, cada vez con mayor nitidez –lo que viene es un arte de pastiches, parodias, hipertextos, collages, sampleos.
¿Hay que abolir, entonces, el copyright? Por lo menos, hay que discutirlo. Discutirlo como lo que es: un hábito legal que, como cualquiera, debe ser revisado y puede ser modificado o abolido. Hay que discutir, además y sobre todo, la naturaleza de las obras culturales. ¿Son mercancías –como parecen creer las corporaciones que se benefician de ellas– o son bienes comunes? Si son lo primero, no pueden ser copiadas ni traficadas libremente: hacerlo sería como robar una pala, piratear un vestido. Si son lo segundo, pueden ser reproducidas y difundidas porque ese, y no generar plusvalía, es su fin: circular, influir, enriquecer la conversación pública. Convengamos en que una obra literaria puede ser ambas cosas a la vez: una mercancía que un editor ofrece a un consumidor y un regalo, notable o no, que un autor hace a sus lectores, al idioma, a la tradición. Los capitalistas insistirán en que es ante todo una mercancía. Como lectores nos toca insistir en lo contrario.
Que un autor se beneficie de la comercialización de sus obras parece lógico. Que los derechos que dicen protegerlo terminen obstaculizando la circulación de su trabajo es un problema. Para resolver esta contradicción algunos activistas empujaron en los años ochenta una innovación jurídica: ya no el copyright sino el copyleft. Su promotor más conocido: el programador estadounidense Richard Stallman. El objetivo inicial: liberar las licencias del software para permitir que los usuarios pudieran ejecutar, copiar, distribuir y hasta enriquecer los programas. Ahora el movimiento se ha expandido y ya toca otras industrias, casi todos los ámbitos culturales. El copyleft es bastante menos extremo, mucho más viable, de lo que suelen señalar sus adversarios. Tan sencillo como esto: el autor registra su obra para tener la propiedad intelectual de ella y, un instante después, reconoce el derecho de los otros a copiarla y distribuirla sin afán de lucro. Si la obra es un libro, se advierte en la página legal: “Se permite la copia parcial o total de este libro siempre y cuando no se haga con fines comerciales, no se modifique su contenido, se respete su autoría y se mantenga esta nota.”
O sea: quien quiera copiar el libro y repartirlo, adelante. Quien desee reeditarlo en otro sello, o adaptarlo para el cine, o distribuirlo con afán de lucro, debe seguir los pasos habituales: solicitar el permiso del autor, pagar derechos. ¿Que esto afectará, a la larga, los ingresos de los escritores? Esos ingresos son ya, en la mayoría de los casos, exiguos y puede que el copyleft, que la mayor circulación de un trabajo, termine significando mayores ventas. Hay un ejemplo: las novelas del colectivo italiano Wu Ming, antes llamado Luther Blisset. Aunque pueden descargarse gratuitamente en internet (www.wumingfoundation.com) y reproducirse una y otra vez, al menos doscientos mil italianos han optado por ir hasta la librería y comprarlas en el tradicional formato de libro.
¿Para qué rematar estas notas cuando pueden apuntar hacia otra parte y quedar, mejor, abiertas? Apuntar hacia acá: el ensayo Contra la originalidad, de Jonathan Lethem, y el libro colectivo Contra el copyright, ambos publicados en 2008 por Tumbona. El último, felizmente copyleft, puede leerse aquí: www.tumbonaediciones.com/vs-copyright.pdf
-Rafael Lemus
Publicado el domingo pasado en Día Siete


Esperando que Tumbona comulgue con lo que publica, aquí dejo el link al ensayo original de Lethem que está en línea: The ecstasy of influence, A plagiarism ( http://www.harpers.org/archive/2007/02/0081387 )
Tumbona trata de ser congruente; por eso, el libro “Contra el copyright” se puede descargar en nuestra página, nuestro blog, nuestros boletines virales y aquí mismo, en la liga que pone Rafael. Lo que no podemos hacer es publicar en línea sin el permiso de los autores. Ese es el caso de Lethem, cuya historia (como la de muchos otros autores de la colección)es así: le escribimos hace poco más de una año; él, cordialmente, nos envió con su agente; el agente nos mandó un contrato donde nos pedía pago por regalías (lo justo) y no, no nos daba permiso para subir el libraco a la red. ¿Es nuestra culpa? En el ensayo de Lethem, que quizá deberías releer con calma, él mismo advierte que la última palabra sobre el destino de la obra la debe tener el autor (y a veces el autor simplemente quiere pagar la renta). De todas formas, estamos por subir a nuestra página los aforismos de Dufoo y todos aquellos libros cuyos autores nos permitan reproducir en línea… Además estamos armando una biblioteca virtual con libros de dominio público en español (selección de la casa, eso sí). ¿Por qué habría de hacerlo sólo Google? La idea de poner la cultura a circular para encerrarla de inmediato en el imperio del monopolio me revienta. Tal vez tú, yo, todos, deberíamos hacer los mismo en nuestros blogs para revertir la tendencia monopólica: subir a la blogósfera nuestras lecturas cumbre…
Te vimos en la página de DíaSiete.com.
Nos gustaría que te pases por nuestro sitio y nos digas que te parece.
Saludos afectuosos,
A. Zan
http://perspectivazan.blogspot.com/
en el FCE me pagaron al publicar mi libro y cedí todos los derechos; ok, ese fue el trato y lo acepté porque quise. Años después llamaron para pedir permiso de incluirlo en la biblioteca de Google y, aunque agradezco la deferencia al preguntar (aunque supongo que legalmente no estaban obligados), lamento que no me dieran opción para que se pudiera “bajar” completo
¿Qué querían los del Google y el Fondo? ¿hacer que más gente leyera mi texto o abrir un espacio de “probaditas” para que se les antoje todo el libro? Ni idea; para mí lo más triste es que no puedo hacerlo pdf y ponerlo en mi blog porque ya vendí una vez mi libro
¿Para qué rematar estas notas cuando pueden apuntar hacia otra parte y quedar, mejor, abiertas? Apuntar hacia acá: dejar fluir la cultura, el arte y la cultura por el arte es liberar algo que nos pertenece a todos y a cada uno al mismo tiempo. El arte y la cultura no tienen precio, y si lo tiene no se paga con dinero, solo fluye.
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