Chaplin

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Fragmento de un texto publicado hoy en Día Siete.

Es 1914 y Charles Spencer Chaplin Jr. actúa en su primer cortometraje. La cinta –Making a Living– no es memorable: un reportero –levita gris, sombrero negro, bigote tupido– intenta robar la nota a otro reportero. De estar uno allí, entre la gente que ve por primera vez al comediante inglés, uno diría: pobre hombre, no tiene futuro. Pero uno, ya se sabe, no es vidente y Charles Spencer Chaplin Jr. sí que lo era. Días después, minutos antes de rodar su segundo filme, el hombre se pierde en el camerino y quien reaparece, inesperado, es otro sujeto. No ya el comediante inglés ni el fallido reportero de la primera cinta. No ya Charles Spencer Chaplin Jr. sino un mendigo en blanco y negro. Es Charlot –Canillitas, The Tramp– y es, literalmente, la suma de los comediantes presentes: la chaqueta de Charles Avery, los pantalones de Fatty Arbuckle, las botas de Ford Sterling, el bigote de Mack Swain. Es Charlot y su cortometraje –Kid Auto Races at Venice– es ya extraordinario. Más todavía: es el anuncio de lo que viene. Vemos, en un primer instante, una muchedumbre y una carrera de autos. Vemos, segundos después, a un hombrecito –Charlot– que entra a cuadro, mira a la cámara y nos contempla. Vemos, por último, el feliz gag: los esfuerzos del camarógrafo y su asistente para deshacerse de ese mendigo que va donde la cámara, que sonríe para nosotros, que desea ser filmado. No han pasado cinco minutos y ya todo está expuesto: el hombrecito nimio pero protagónico, su inquebrantable lazo con el público, su figura hecha de puro cine, el cine.

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