Abr
7
Publicado en el número de abril de Letras Libres.
Crítica de la pirámide
Posdata, México, Siglo XXI, 1970, 148 pp.
Qué pétreo luce, puede lucir, Octavio Paz a la distancia. Una obra conclusa, ya fija y de una extensión apabullante. Una escritura lúcida y clara –tan clara y lúcida que, de pronto, parece no necesitar de la colaboración de los lectores para revelar sus significados. Una biografía, se reza, ejemplar. 1968, se dice: el año decisivo, la renuncia al servicio diplomático, el camino de la independencia crítica. Posdata, se recuerda: un libro clave, la obra en que el poeta comienza a andar, después de una embriaguez orientalista, la prudente ruta de los liberales. Cierto: 1968 es un año axial en la biografía de Paz, y Posdata, un ensayo capital en su bibliografía. Falso: basta acercarse, de nuevo, a las páginas de Paz para que esa imagen pétrea estalle en mil pedazos. Felizmente no hay, ni en Posdata ni en ninguno de sus libros, un algo muerto, sedimentado. Por el contrario: algo vibra cuando uno pasea los ojos por estas, aquellas, líneas. Antes que el pasmo, dos revelaciones: lo escrito aún desafía; y su obra no ha sido suficientemente leída. Octavio Paz: no un clásico, nuestro contemporáneo.
Es absurdo erigir una estatua en honor de Paz cuando él mismo derruyó, una y otra vez, su propia imagen. Nótese: su obra cambia recurrentemente de tono y estilo porque Paz no desea fijarse, ni como joven marxista ni como poeta surrealista ni como pensador liberal. Véase: sus opiniones liberales ofenden a la izquierda, y sus devociones románticas, a los liberales, porque eso desea Paz –una incómoda, propicia soledad. 1968 es un caso paradigmático. Luego de su salida de la embajada mexicana en la India, Paz tiene, en apariencia, dos opciones: o resana su relación con el Estado o pasa lista en las filas de la izquierda. Opta, desde luego, por una tercera: escribir un ensayo, Posdata, que no gustará ni a unos ni a otros. En los dos primeros capítulos conquista su autonomía: rompe lo mismo con el régimen que con la izquierda revolucionaria y propone una ruta –la democracia liberal– que la mayoría encuentra, sencillamente, anticlimática. Con el último apartado –una interpretación de Tlatelolco en clave mítica– queda casi solo: muchos jóvenes, entonces afines al poeta, leen el texto como una elaborada justificación de la matanza. No sólo eso. En vez de complacer, Paz ejecuta algunas piruetas intelectuales hoy envidiables: critica a la izquierda mientras celebra generosamente el espíritu del 68; defiende la democracia liberal al tiempo que delata la insuficiencia del liberalismo; abre una puerta e invita a atravesarla, no obstante, sin ilusiones: “En las circunstancias actuales la carrera hacia el desarrollo es mera prisa por condenarse.”
Se antoja decir, ahora, que Paz se equivocó entonces. Que aquel último apartado, la “Crítica de la pirámide”, era mera literatura. Que una matanza es una matanza es una matanza y que la represión oficial no ocultó otra cosa que la podrida alma del régimen. Pero ocurre, una vez más, lo mismo: uno vuelve a esas páginas de Posdata y algo se agita en ellas, como si un nervio de la realidad hubiera sido revelado y, más, tocado. Se conoce la tesis: la matanza del 2 de octubre reveló el verdadero rostro de México; a través de los rifles estatales se manifestó una violencia atávica, propia de otros tiempos y de todos los tiempos; a la manera de la cultura azteca, la casta priista pretendió expiar su falta –la prolongación de un régimen temporal– mediante el sacrificio de hombres y mujeres inocentes… Esto es literatura, sí, y formidable, pero es también otra cosa: un desenmascaramiento. Más que imaginar, Paz descubre. ¿Qué? No la verdad sobre el 2 de octubre sino estructuras y mecanismos arquetípicos, gestos y conductas atemporales: la violencia mimética, la necesidad del chivo expiatorio, la búsqueda del equilibrio por medio el sacrificio. De hecho, su interpretación no falla por delirante sino por incompleta. Sostenida en las ideas de Mauss, Bataille y Caillois, no extiende los argumentos de estos, como después lo hará René Girard, hasta sus bordes. A Posdata no le sobra el último capítulo: le faltan, si acaso, páginas.
También incompleta, felizmente incompleta, es la vuelta de Paz hacia el liberalismo. Hay, sí, un cambio: una visión más pragmática de la realidad mexicana (en los primeros dos capítulos) y cierta tendencia a desprenderse del hechizo orientalista. Hay, sí, una defensa enfática de la democracia liberal –nunca antes expresada con tanta contundencia en su obra– y un rechazo absoluto de la idea de la revolución. Pero no hay aquí, no todavía, un liberalismo pleno y convencido. Por el contrario: Paz tropieza al exponer su liberalismo (recurre a términos como la “conciencia general”) y aún no afina su visión crítica del sistema político mexicano (al que llama entonces, con más encono que rigor, dictadura). ¿Será liberal más adelante? Sí y no. Nunca dejará ya de defender la sociedad abierta pero, pequeña cosa, jamás comulgará con ella. Lo que prevalece aquí –e incluso en sus obras más liberales (El ogro filantrópico, Tiempo nublado)– es el horror del poeta ante las obras de los modernos:
Los modelos de desarrollo que nos ofrecen el Oeste y el Este son compendios de horrores […] Gente de las afueras, moradores de los suburbios, los latinoamericanos somos los comensales no invitados que se han colado por la puerta trasera de Occidente […] –llegamos tarde a todas partes, nacimos cuando ya era tarde en la historia, tampoco tenemos un pasado o, si lo tenemos, hemos escupido sobre sus restos, nuestros pueblos se echaron a dormir durante un siglo y mientras dormían los robaron y ahora andan en andrajos, no logramos conservar ni siquiera lo que los españoles dejaron al irse, nos hemos apuñalado entre nosotros…
¿Qué es esto? No un detallado análisis histórico, ni un comentario sociológico de naturaleza liberal, ni una profesión de fe romántica. Es, para decirlo pronto, literatura. Esto se olvida con frecuencia: en Posdata, a la mitad de su análisis del sistema mexicano, Paz apunta que la crítica del poder empieza con la crítica del lenguaje. Es decir: que no hay críticos más agudos del estado de las cosas que los autores que exploran el idioma. Lo mismo puede decirse de Paz: si persiste es porque es, ante todo, un poeta. No digo que Posdata sobreviva por la belleza de su exposición. Digo: las ideas, la crítica, el llamado de Posdata se mantienen encendidos porque nacen de un temple literario. Por eso mismo se resiste Paz al liberalismo, el romanticismo y demás escuelas. Porque su sensibilidad literaria le impide someterse al árido campo semántico de una sola ideología. Porque su sabiduría verbal le permite matizar donde los otros subrayan. Porque, cuando una Idea exige adhesión, el lenguaje responde con su natural pesimismo. ~
– Rafael Lemus


[…] Simplemente recomendable. Posdata. […]