Publicado en Día Siete n. 324. 

Texto: Rafael Lemus

No tolero, no, a aquella gente que no se queja. No me fío, no, de sus cándidos rostros ni de sus sonrisas lerdas. Cómo confiar en ellos cuando ellos, crédulos, sólo confían en el mundo, esa errata. Parecerían estar conformes con todo, como si todo, incluso ellos, no tuviera tacha. Ya se estrella su vida contra un muro y ya exclaman: nada pasa, por algo ocurren las cosas. Por esto: porque la vida no es sabia. Incapaces de comprender siquiera eso, no perciben apenas nada. Como no contemplan el común horror de la realidad, no descubren, tampoco, sus contadas, súbitas detonaciones de belleza. A quien nada irrita, nada complace. Decir sí a algo supone decir no, denodadamente, a innúmeras cosas. Ellos, por el contrario, no combaten, flotan. Dicen sí como quien dice quién sabe. Bonita vida.

Aquel que se queja también tiene tacha. Hay algo vergonzoso en sus reclamos: parecería pensar que las cosas pueden ser de otro modo. Porque nada va a cambiar, mejor sería callar definitivamente. Callar, sí, pero no a la manera de aquellas almas nobles, aceptándolo todo. Callar combativamente, para no compartir la miseria. Mientras eso pasa, nada más placentero que la queja. Imposible explicarlo a quien no lo experimenta: quejarse es uno de los placeres más resueltos de la existencia. Eso y el deleite más obvio, más a la mano, de cualquier mexicano. Antes, cuando todavía no me quejaba de las ocurrencias, solía decir a mis padres: “Lo único bueno de vivir en un país tan nefasto como éste es que disfruto cuando me quejo.” Antes, y también ahora, esa sonrisa esquiva, chueca, como a pesar de uno mismo, en mi rostro. El quejicas, el verdadero quejicas no sufre, sonríe. El mundo, fértil y descompuesto, es una inagotable oportunidad para armar frases. Los desperfectos del mundo son, también, nuestra ganancia. Porque podemos quejarnos, podemos ser tolerablemente felices. No una felicidad cualquiera, una sombría, paradójica, la única a nuestro alcance.

Quejarse no es cosa fácil. La queja es un arte. Puedo decirlo con orgullo: pocos quejosos me rebasan. Algunos escriben piezas maestras, otros combaten las enfermedades: yo me quejo. Empecé como cualquiera, apenas superficialmente. Ya un perro me ladraba y ya decía yo: maldito perro. Poco a poco fui aprendiendo: no hay perros sino animales y no animales sino naturaleza. Cualquier bichito no es nunca un bicho sino un síntoma, rotundo, del mundo entero. Si una mosca me sobrevuela y me martiriza, es cosa seria: el mundo todo está en mi contra. Si un microbusero se me atraviesa, no hacen falta más pruebas: el infierno, y no otra cosa, ha sido corroborado. Basta una uña enterrada, o apenas menos, para postular la insoportable, atroz vanidad de la existencia.

Que nadie me compadezca. Es un bello domingo y yo también lo disfruto. Lo disfruto y, para mejor disfrutarlo, así me quejo: maldito mediodía luminoso.

Comentarios

Un comentarios para “El arte de la queja”

  1. Francisco X. Estrella en Marzo 9th, 2007 10:07 pm

    Estimado señor Lemus,

    Desde hace mucho tiempo deseaba enviarle una carta, pero apenas hoy he hallado su página web. Aún no la leo, pero sí he leído todos sus artículos en Letras Libres y prácticamente no hay uno que me desagrade. Tengo especial preferencia por aquel dedicado a John Banville y ese otro sobre Sandor Marái, autor a quien amo. No he encontrado pieza alguna con la que quede en desacuerdo en otro dedicado a Carlos Fuentes o aquel dedicado a Jorge Volpi: aséptico. Sus observaciones desde el clasicismo y la literatura del XIX me resultan, por decir lo menos, apasionantes.

    Intento ensayar, preparo ahora mi primer libro. Pero, por el momento, permítame enviarle mi saludo y mi admiración por su crítica (oficio que creía inútil antes de leer al doctor Johnson o a Connolly, por ejemplo), por su claridad y aplomo.

    Atentamente,

    Francisco X. Estrella

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