En el principio fue el desconcierto. ¿Por qué ella, Herta Müller, y no uno de esos escritores –guapos, viejos, prolijos– que todos conocemos? Luego, cuando empezaron a difundirse los primeros datos, fue la decepción. Otra europea: nacida en Rumania pero de lengua alemana. Otra narradora: responsable de cuentos y novelas breves, presuntamente minimalistas, nada que ver con las Grandes Obras de los Voluminosos Autores que todos admiramos. El colmo: una escritora –ay, de prosa poética– y no una Figura Pública habituada a manosear, ante el Gran Público, los Grandes Temas. Qué carajo.

Ahora, después de haber leído En tierras bajas (1982) y El hombre es un gran faisán en el mundo (1986), además de algunos cuentos sueltos y un par de entrevistas con la autora, sé que el que busque algo grande y pesado en la vida y obra de la nueva premio Nobel se llevará un merecido chasco. Lo que hay, para empezar, es una minoría –un pequeño grupo de ciudadanos suabos, esos individuos de origen alemán que emigraron a partir del siglo XII a la ribera del Danubio y entre los que nació, en 1953, Müller. Lo que hay es un modesto pedazo de tierra –el Banato rumano, en la frontera con Serbia y Hungría, escenario de buena parte de sus ficciones. Lo que hay, finalmente, son concisas estampas de la vida de esos suabos –campesinos miserables, y maltratados después de la derrota del nazismo, en la Rumania de Nicolae Ceauşescu. No mucho más que eso. Suficiente.

Sé, también, que lejos, bastante lejos, de estos libros están los delirios posmodernos, el optimismo del modernism o la largueza de las creaciones decimonónicas. Sé que aquí el timbre narrativo es beckettiano, que es como decir: áspero, agónico. Son pocas las palabras y a menudo parecen balbuceadas, escupidas. Son escuetos, descarnados, los párrafos y rara vez se comunican armónicamente unos con otros. Son, sobre todo, muchas y tajantes las prohibiciones que se impone Müller: la prosa no debe fluir dócilmente; la trama no debe envolver a los lectores; el tono no debe optar, nunca, por la magnificencia.

Sé, por último, que no hay un grano de épica en estos libros. Como si también eso, el heroísmo romántico, se negara Müller. Aunque se conoce que ella fue una aguerrida opositora de la dictadura de Ceauşescu y que por lo mismo tuvo que abandonar Rumania en 1987 para instalarse, ya definitivamente, en Berlín, no parece haber, al menos no a primera vista, nada abiertamente sedicioso en estas páginas. La dictadura aparece al fondo, mirada al sesgo y retratada con algunas imágenes de feroz poesía (“El manzano tiembla. Sus hojas son orejas que están a la escucha.”) Los personajes son, pueden ser, cualquier cosa salvo inflamados rebeldes –en medio de la dictadura sobreviven atónitos, fatigados, esperando el pasaporte que les permita abandonar el país (El hombre es un gran faisán en el mundo) o rumiando amargamente su fastidio (en los cuentos de En tierras bajas). En el Banato rumano, por otra parte, nada, ninguna chispa, está por encenderse. Más bien al revés: es una tierra casi baldía, salpicada de ancianos, sin lugar para niños o jóvenes.

¿Por qué se impone Müller este voto de pobreza? ¿Por qué su acritud? Tal vez porque lo contrario, la obesidad y las falsas ilusiones, son cosa de las mayorías: del Estado: de la dictadura. Tal vez porque lo que ella pretende escribir, una literatura deliberadamente menor, es al fin y al cabo la solución más subversiva. Ya lo advertían Gilles Deleuze y Félix Guattari en su clásico sobre Kafka: la literatura más perturbadora es, desde hace tiempo, aquella que una minoría escribe maliciosamente dentro de una lengua –o un discurso– mayor.

Así, como piezas menores, minoritarias, marginales, actúan las obras de Müller. Por ejemplo: para involucrarse en la tradición rumana, la escritora decide emplear su lengua materna –el alemán– y no el rumano que aprendió a los quince años. Por ejemplo: cuando escribe el alemán, no lo hace como una nativa sino como una intrusa –pensando en rumano y escarbando en el idioma hasta encontrar “su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su desierto” (Deleuze y Guattari). Por ejemplo, y sobre todo: en vez de reproducir la grandilocuente retórica estatal, trabaja una lengua privada, una prosa elemental y pequeña iluminada por repetidos fogonazos. (“Del jardín de la iglesia alzan el vuelo unas palomas silvestres. Son grises como la luz. Sólo el ruido permite diferenciarlas.”)

Hay que decir, para terminar, que la misma lógica impera en su retrato de la Rumania de Ceauşescu: la condensación, no la holgura. Antes que entregar relatos edificantes –más bien propios del realismo socialista– sobre la disidencia, Müller compone oscuras miniaturas, detalladas estampas –canciones, supersticiones y refranes incluidos– de la vida rural suaba. Para decirlo con un disparate, piénsese en Marc Chagall; en el Marc Chagall de los años previos a la Primera Guerra Mundial; en sus folclóricas pinturas de las aldeas judías de Bielorrusia; en La lluvia (1911), por ejemplo, pero en tonos aún más sombríos.

Algo así, por lo pronto.

– RAFAEL LEMUS
Letras Libres, noviembre

Comentarios

3 comentarios para “Herta Müller / Por una literatura menor”

  1. Animal de Fondo en Noviembre 5th, 2009 1:34 pm

    Me dijeron hace tiempo que valía la pena leerlo a usted, me suscribí en G Reader y a esperar. Ahora veo que estaban en lo cierto.
    Únicamente le hago la observación de que en las dos o tres últimas entradas, precisamente en G Reader, que es el tiempo que lo llevo siguiendo, sus escritos aparecen bien titulados, pero el texto es una serie de palabras incoherentes.
    Un cordial saludo.

  2. Roberto Cruz Arzabal en Noviembre 5th, 2009 9:56 pm

    Se agradece una visión que no responda a la decepción de los críticos del canon estricto. Habrá que leer a la Müller con el detenimiento que se merece.
    Por cierto, no deja de resultarme curioso tu descubrimiento de Deleuze (pues así puedo llamar esta repentina fascinación); sobre todo porque pertenece a esa jerga posestructuralista que solías evitar.
    De cualquier modo, se agradece la reseña. Saludos

  3. jp en Noviembre 9th, 2009 11:16 pm

    Lo de Deleuze no creo que sea un descubrimiento ni creo que sea una repentina fascinación:

    “El escritor, como dice Proust, inventa un nuevo lenguaje dentro del lenguaje, un lenguaje en cierta forma extranjero. Trae a la luz nuevas potencias gramaticales o sintácticas. Arrastra al lenguaje fuera de sus cauces habituales, lo lleva a delirar”

    Suena muy cercano a la idea de literatura defendida (o construida) por Lemus con cada una de sus críticas, ¿no?

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