Jul
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Acaba de aparecer en Letras Libres, algo tardíamente, un artículo mío sobre la violencia en México.
Cuando empecé a escribir ese texto mi intención era ocuparme de un asunto entonces poco atendido, las prácticas de duelo, y estudiar tres valiosos proyectos de escritura que se oponían a la estigmatización de las víctimas: el sitio Nuestra aparente rendición y sus dos blogs hermanos, 72 migrantes y Menos días aquí. Mientras escribía eso siete personas, entre ellas Juan Francisco Sicilia Ortega, fueron asesinadas en Cuernacava –y las cosas, ya se sabe, cambiaron: el tema de los muertos saturó la discusión pública, el duelo se practicó en las calles y carreteras y el campo literario, hasta ese momento más o menos silencioso, comenzó a discutir de veras la campaña gubernamental contra la delincuencia organizada. Modifiqué entonces mi texto para incluir, en su última parte, esos acontecimientos –y leí ese ensayo el 29 de abril en un coloquio celebrado en Graduate Center, City University of New York. Mes y medio más tarde actualicé otra vez el texto para incluir la marcha de Javier Sicilia y su comitiva a Ciudad Juárez –y entregué ese ensayo a Letras Libres. Desde luego no pude anticipar lo que seguiría: el diálogo entre Sicilia y Calderón en el Castillo de Chapultepec.
Todo esto para decir: si hoy tuviera que volver a escribir el texto, escribiría prácticamente lo mismo. Lo que ocurrió en Chapultepec no cambia un ápice mi opinión: sigo creyendo que el movimiento de Sicilia ha tenido efectos simbólicos y materiales muy positivos y que la campaña del gobierno federal contra el narcotráfico ha sido contraproducente y debe ser modificada. Mi opinión sobre el movimiento de Sicilia es, de hecho, tan favorable que a veces pienso que lo que suceda con este en el futuro es ya secundario: lo importante ya pasó. Entre otras cosas, el movimiento ya atizó las prácticas de duelo, activó las discusiones sobre la memoria, sacudió el campo literario, destruyó aquella dicotomía (o Calderón o el narco) que tanto inhibió la discusión, contribuyó a desagraviar a las víctimas, obligó al gobierno a aceptar su responsabilidad y organizó a diversos grupos sociales. Sé que ahora está de moda entre algunos escritores denunciar el catolicismo de Sicilia y tacharlo por lo mismo de derecha. A mí tampoco me agrada la parafernalia católica que acompaña al movimiento, pero desprender de ella que Sicilia y Calderón son lo mismo me parece un tontería. De repente creo más bien lo contrario: que solo un temperamento como el de Sicilia –católico y de izquierda, poeta y activista, intelectual y gurú– podía reunir en un mismo movimiento a actores tan disímbolos, hazaña nada menor en una sociedad obsesionada con reproducir la división electoral de 2006.
Ahora: si el Calderón que vimos en Chapultepec es el mejor Calderón posible, pobre país. Es verdad que ese Calderón –capaz de reunirse y dialogar con sus críticos– es mejor que el solitario de Los Pinos que medita su afinidad con Churchill y es probable que su desempeño en Chapultepec le gane algunos puntos de popularidad. Pero nada más –y a estas alturas eso es muy poca cosa. Calderón, al revés de Sicilia, es un funcionario público y a él le corresponde mucho más que conversar y participar en el debate sobre la seguridad pública. No basta con que lamente la complicidad de tantos funcionarios locales con el narcotráfico: es hora de que persiga a las autoridades, no solo locales, coludidas con la delincuencia organizada. No basta con que acepte entre dientes que su cruzada contra el narcotráfico ha tenido resultados contraproducentes: debe actuar en consecuencia y modificar seriamente su política. No basta con que reconozca, solo para después minimizarla, la responsabilidad de su gobierno en la escalada de la violencia: tiene que rendir cuentas.
En fin: aquí puede encontrarse mi ensayo.


Me parece injusto que se juzgue al presidente como único responsable de lo que sucede en nuestro país. Ni modo. Alguien tiene que pagar por los destrozos colectivos. Aún en las desgracias, los mexicanos sacamos a relucir el individualismo, es decir, hasta para culpar debemos buscar un solo responsable. Además me parece una posición crítica cómoda. Y no es que sea yo el apologista de Calderón, simplemente creo que en este país no hay memoria.
No pretendo juzgar a Calderón como el único responsable de lo que sucede en el país. Por el contrario: digo más de una vez en el ensayo que los culpables de la criminalidad son, claro, los criminales; digo en el post que hay cantidad de autoridades coludidas con el narcotráfico, y he dicho en otra parte que la violencia no es solo cosa de narcos y policías y que en ella todos tenemos que ver, hasta esos narradores que hacen la apología del narco mientras fingen retratarlo. Ahora: sí se vale hacer responsable a Calderón de su propia política de seguridad, y más cuando ya está claro que esa política ha sido ineficiente y ha provocado una escalada de la violencia. Además, un poco para eso están los presidentes: para dar la cara, para hacerse responsables de los movimientos y los resultados de la maquinaria estatal que dicen presidir.
Me gustó mucho tu texto, Rafael. Creo que abordas bien los varios malentendidos acerca de la responsabilidad de los criminales pero también, y siempre será necesario reiterarlo, de la responsabilidad del presidente Felipe Calderón. Ambas partes deben ser señaladas, sin excluir a los ciudadanos.
Saludos!
Gracias por poner los elementos desde una mirada mas alla. Felicidades
Es notable la manera de poner cada cosa en su lugar y dimensionarla en hechos concretos. Entiendo que no se trata más que de eso y que falta por ver lo que sucederá, como lo que después del texto en letras libres sucedió en el senado y lo que la sociedad en su conjunto aporte para que estos realmente se convierta en un punto de inflexión y no sea sólo llamarada de petate.