Mar
4
Publicado en el Día Siete de hoy, como parte de la columna Vida en un cuadro.
Dos Diane Arbus.
Una, de carne y hueso, nace en Manhattan, Nueva York, en 1923. Hija de una acomodada familia judía, gasta su infancia siendo desdichadamente feliz. Aun adolescente conoce a Allan Arbus, el hombre con quien se habrá de casar apenas cumpla 18 años. Al lado de él –actor y fotógrafo– ella adquiere los rudimentos de su oficio. Al principio, sin tino ni genio, dispara su cámara de 35 mm. Más tarde, en los años sesenta, ya separada de Allan y con una Rolleiflex entre sus manos, aprende el arte con Richard Avedon y deviene una cotizada fotógrafa periodística. Su celebridad es breve: en 1971 ingiere barbitúricos hasta eclipsarse. Su celebridad es póstuma: en 1972 el MoMa le dedica una sonada retrospectiva y el público neoyorquino –es decir, el mundo– se topa con el torturado talento de Arbus. Se descubre: al lado de su trabajo ya conocido existe otro, más oscuro e incluso grotesco. Se repite: Arbus persigue y fotografía sin piedad ni dolo a los habitantes más marginales de Nueva York. Se enumeran sus imágenes: unas tétricas gemelas, un gigante con sus padres, un niño con una granada de juguete en Central Park…
La otra Diane Arbus, de ficción, nace en Hollywood, California. Aunque carga una cámara, no es fotógrafa. Aunque ingiere un frasco de barbitúricos, no fallece. Su rostro –hermoso, acaso demasiado hermoso– nos resulta raramente familiar. Jamás conocimos a Arbus y sin embargo –podemos asegurarlo– hemos visto más de una vez este rostro. No en Nueva York sino en la pantalla. Es Nicole Kidman y así está bien: es buena cosa ver a Nicole Kidman (en la pantalla o en Nueva York). Es buena cosa, también, atender por una vez los créditos y leer el nombre del director, Steven Shainberg, responsable de la estupenda La secretaria (2002). Aunque sabemos que las películas sobre artistas no suelen convocar otra cosa que bostezos, no es insensato conservar alguna esperanza con Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (2006): es bueno el reparto y es bueno el director. Más aún: no debe ser difícil reproducir la estética de Arbus en el cine. Antes que fácil, debe ser natural: ella copió del cine –de la película Freaks (1932), particularmente– su gusto por lo grotesco y ahora el cine puede copiar de ella su perturbador realismo. Una propuesta redonda. Eso se piensa.
La película –aseguran los críticos– es infame. La película –secunda el público– aburre. De ser así, ¿qué falla? No tanto esta actriz o aquel director sino el cine mismo. Digámoslo de una vez: aunque Hollywood vive enamorado de las biopics, el cine rara vez brilla cuando refiere, en hora y media, la vida entera de un personaje. Está, primero, el problema del tiempo: ¿cómo reducir toda una vida en noventa minutos? Así: acentuando las escenas más “dramáticas” y desechando todos aquellos detalles nimios, aquellos momentos muertos, aquellas minucias cotidianas que componen, al fin y al cabo, la porosa trama de la vida. Está, después, el problema de la complejidad: ¿cómo representar el incomprensible embrollo de la existencia en un relato? Si contamos algo, lo simplificamos. En el cine, como en la novela, todo es falsamente sencillo: un personaje llega al tercer rollo de película sólo porque antes pasó por el segundo. En el mundo pasa lo contrario: no podríamos decir qué cosa nos ha arrastrado a estar leyendo, aquí y ahora, estas palabras. Está, al final, el problema de la moral: reducidas a su esqueleto, vueltas un fácil mecanismo, las biografías contadas por el cine son aleccionantes. Si el personaje asciende, tú mira y aprende. Si el personaje desciende, mira y no imites. ¿Es necesario decir que nuestras vidas son todo salvo ejemplares?
Aléjate de las películas biográficas. Aléjate de las películas sobre artistas. El cine ha infamado, una y otra vez, a pintores, escritores, fotógrafos. Con el pretexto de celebrar su arte se ha ensañado con mucho de ellos y ha compuesto repetidos himnos al lugar común. Es un hecho: como el cine sufre a la hora de representar el acto creativo, exagera los elementos circunstanciales del artista. Su disfraz. Su gesto. Su pretendida bohemia. Incapaz de retratar el genio, construye insidiosas caricaturas. Son tantos y tan falaces estos esperpentos que ellos componen, de hecho, la verdadera galería del cine de horror. Si uno se abandona a la oscuridad, no hay monstruos más siniestros que estos: el escritor sin escritura, el pintor sin lienzo, la fotógrafa sin arte.


No comparto la crítica de Rafael. El cine es también una manifestación artística; es la creación de un artista que no necesariamente debe atenerse a la realidad objetiva, en este caso biográfica. Lo que se ve en la película es la visión que un autor tiene sobre una persona de existencia real y, como tal, el trabajo es legítimo.
Otra cosa es la crítica a los merecimientos de la película, el trabajo de la dirección o de los actores. Esta sí es materia opinable.
CARLOS