Abr
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Cuenta Oliver Sacks, en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, la historia de un presidente y un puñado de enfermos mentales. El presidente es Ronald Reagan y acaba de prestar juramento. Los enfermos son un grupo de pacientes afásicos que miran, en la televisión del sanatorio, el discurso inaugural del nuevo emperador. El presidente gesticula, manotea, se obstina en conmover a los espectadores. Los enfermos observan, y ríen a carcajadas. Ocurre que las personas afásicas no comprenden las palabras (ni escritas ni orales) pero, en su mayoría, son capaces de entender lo que su interlocutor intenta expresar: miran a los ojos, interpretan los gestos, registran el tono de la voz, y de ese modo entienden lo básico. No ante Reagan. Ajenos al discurso, los pacientes fijan su atención en las muecas, las inflexiones, la mirada del presidente deseosos de comprender, y no comprenden nada, absolutamente nada. Uno de los pacientes rompe en risas, después otros y otros. No hay manera de ocultarlo: el nuevo presidente es imbécil –gesticula absurdamente, su mirada no expresa nada, sus cambios de voz son falsos e inconsistentes, puro énfasis. Que alguien interrumpa a ese payaso.
Buenas risas he de provocar yo también en quienes atienden mis gestos. Al parecer hace rato que he perdido el control de mi rostro. Si se trata de abrir la boca, la abro, y si es necesario cerrar los ojos, los cierro; de hecho, hablo y parpadeo que es un gusto. Pero cuando el asunto es expresar aflicción o dicha o enojo o compasión con las facciones, soy más bien burdo, para no decir siniestro. Ya me cuentan una historia lamentable y ya se quejan: por qué sonríes, qué con tu alegría. Ya me cuentan una broma y ya la suspenden para consolarme: qué tienes, qué te preocupa. Ha habido veces en que deseo sonreír y sin querer hago una trompetilla, y otras en que estornudo mientras intento mostrar mi adhesión a lo que alguien afirma concienzudamente. Hay que verlo: lágrimas cuando pretendo arquear las cejas, frente fruncida en vez de un guiño de ojo, carcajadas en velorios, expresiones de pavor ante las muestras de cariño de mis abuelos. Ahora mismo: acaba de tocar a mi puerta el vecino, acaba de huir ante mi desfigurado gesto de bienvenida.
Si les cuento esto no es para provocar lástima. Sencillamente deseo advertirles: esta dolencia es contagiosa y ya son muchedumbre los que la padecen. Enciendo la televisión y allí están los enfermos: actrices que fingen aflicción en vez del júbilo que les demanda el libreto; conductores con gestos de sabiondos mientras dicen una y otra tontería; políticos que sonríen y sonríen cuando, en el fondo, están –o deberían estar– avergonzados de ser tan visiblemente cretinos. Abro las revistas de sociales y allí están también: los gestos necios de la burguesía mexicana, huecos, vagos, sin contenido alguno. Para no mirarlos, salgo a la calle y me topo con lo mismo: gente que sonríe y se muestra entretenida cuando debajo de sus facciones, sospecho, todo es pánico –ante el 2009, ante la crisis, ante la aspereza de un mundo que se niega a hacernos un guiño, una simple mueca de esperanza.
Sonrío.
No sé por qué sonrío.
-Rafael Lemus
Día Siete


Vivimos en la cultura del gesto, tienes razón. Una cosa es la cara que ponemos y otra muy distinta lo que realmente sentimos o queremos decir. No sé en qué momento nos acostumbramos a fingir tanto. Difícilmente podemos encontrar a alguien que no esté pretendiendo nada.