Santiago Roncagliolo
Óscar y las mujeres
Alfaguara, México, 2013, 314 p.

Óscar y las mujeres es, si así se quiere, una obra literaria singular y única. Es la sexta novela de un autor con nombre y apellido, Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), quien, de acuerdo con la solapa, ha sido traducido a veinte idiomas y vendido más de ciento cincuenta mil ejemplares. Es una obra cuya trama, aunque trivial y poco sorprendente, combina tropos y estereotipos y escenarios de un modo hasta ahora inédito –el personaje principal es un tal Oscar Califatto, guionista de telenovelas en Miami, y las trescientas páginas del volumen siguen, al parecer con humor, sus desventuras laborales y amorosas. Es, también y como cualquier pieza literaria, una particular suma de decisiones formales (este adjetivo en vez de aquel otro, un tono y no otro, ciertos recursos y hábitos) que ya los lectores aplaudirán o reprobarán.

Óscar y las mujeres es, en otro sentido, una mercancía editorial como muchas otras. Véase su empaque: no una cubierta inusitada, salida de ninguna parte, sino la acostumbrada desde hace años por Alfaguara, un sello que arrastra una historia y desempeña un cierto papel en el circuito editorial hispanoamericano. Véase su factura: no una escritura informe, difícil de clasificar, sino una novela que relame viejas convenciones, aprovecha los pactos de verosimilitud ya existentes y repite buena parte de las rutinas de otras muchas obras publicadas y premiadas por –digamos para acotar– Santillana, Planeta y Random House Mondadori. De hecho, no es aventurado afirmar que varias de las estrategias narrativas puestas en práctica aquí son, justamente, las estrategias hegemónicas de una cierta novela panhispánica promedio: narrador omnisciente y en tercera persona; español estándar, cuidadosamente expurgado de vocablos y modos locales que podrían obstruir su circulación en diferentes mercados nacionales; trama intimista, más o menos sentimental, empeñada en no atender el contexto en que se sitúa; tono levemente irónico que, en vez de demoler los estereotipos disponibles, los emplea un instante después de haberse burlado tímidamente de ellos; nulo compromiso político.

Este libro puede ser leído, así, de dos maneras: o bien como una obra literaria aislada, lo que obliga a fijar la mirada en su composición formal y dramática, o bien como un producto característico del negocio editorial presente, lo que implica mirar más allá del texto y atender el orden económico. Apenas si hay que decir que en las reseñas publicadas en blogs y diarios y revistas domina, y no por poco, el primer tipo de lectura –esa crítica literaria, y no cultural, que desprende los libros de su circunstancia material y los lee en el vacío, ya para celebrar su supuesta singularidad estética, ya para encontrar revelaciones sobre una pretendida condición humana. Una crítica, además, que, al revés de la producción cultural que dice revisar, apenas si se ha renovado. Allá afuera, en el transcurso de un par de décadas, el horizonte cultural dejó de ser lo que era: cambió el público, cambió la noción de autoría, cambió la industria editorial, cambió la forma de legitimación de las obras, cambió el sitio de la literatura en la comunidad y su estatuto entre las demás prácticas culturales. Solo esa crítica humanista, devota de una literatura con mayúscula, permanece fija en las viejas supersticiones: la centralidad del autor, la atemporalidad de lo literario, los privilegios de la literatura sobre las demás escrituras…

¿Cómo ocuparse, por ejemplo, del asunto de la autoría en obras como Óscar y las mujeres? Si me preguntan, habría que evitar a toda costa el culto romántico a la idea del autor y resistir las lecturas que ese culto impone: o lecturas biográficas o lecturas inmanentes que sitúan el texto solo al lado de otros textos del autor y así crean una ilusión de unidad autoral. Debería evitarse también la operación contraria: suponer que cualquiera puede maquilar estas obras y que, por lo mismo, es irrelevante atender a sus productores. No: no cualquiera escribe estos libros. Estos libros están escritos por un tipo particular de autores, por una clase de sujetos propia de este momento histórico. Esos escritores –impensables hace veinte o treinta años en el escenario latinoamericano– que moran no tanto en un determinado campo nacional como en el mercado panhispánico regido por los sellos españoles. Esos escritores que –al revés de los maquiladores anglosajones de best-sellers– tienen un pie en la industria del entretenimiento y el otro en el campo literario y son a la vez producidos por los departamentos de mercadotecnia de los grupos editoriales y legitimados por eventos y publicaciones creadas precisamente para ello (en el caso de Roncagliolo: Bogotá 39, Hay Festival, Granta en español). Esos escritores que –en sintonía con las corporaciones transnacionales en que publican– crean obras desterritorializadas, desprendidas de toda comunidad, y escritas para todos y para nadie.

Más o menos de la misma manera tendría que pensarse el estatuto de estas obras: ni piezas excepcionales, distintas a todas las demás piezas, ni ordinarios best-sellers, iguales a todos los best-sellers que, desde el siglo XIX, acompañan a las obras literarias. No: libros como Óscar y las mujeres no son obras anómalas ni mercancías idénticas a las de otro tiempo. Son–otra vez– resultado de una circunstancia histórica específica. Esta circunstancia: la economía neoliberal y el tipo de literatura que privilegia. Se sabe: a partir de los años ochenta los procesos de globalización y liberalización económica transformaron drásticamente a las sociedades latinoamericanas y, en el camino, desplazaron las obras literarias a un nuevo espacio. También se conoce: la literatura latinoamericana, hasta entonces sin un lugar específico y más o menos vinculada a la discusión política nacional, fue mudada a un sitio propio, lejos de donde se debate lo público y cerca de la industria del entretenimiento. Desde luego hay quienes se resisten todavía hoy a la mudanza: esos autores que no admiten la distribución prevaleciente de los espacios y discursos y trabajan, obra tras obra, para devolverle relevancia a la literatura y conectarla una vez más con los asuntos de la comunidad. Por supuesto hay quienes sencillamente sonríen y obedecen: esos otros muchos escritores –Santiago Rocangliolo entre ellos– que aceptan el nicho que se les concede, posan para la foto y producen justo lo que la industria les demanda –bagatelas, enlatados, Óscar y las mujeres.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, mayo 2013

El pasado 21 de enero el presidente Enrique Peña Nieto visitó el municipio de Las Margaritas, Chiapas, para lanzar desde allí la así llamada Cruzada Nacional contra el Hambre. En esa comunidad, alguna vez ocupada por el Ejército Zapatista, y ante un nutrido corro de gobernadores y senadores y diputados y secretarios de Estado, Peña Nieto realizó una hazaña retórica nada modesta: presentó el que parece ser el principal programa social de su gobierno, expuso la manera en que el Estado mexicano se alista para combatir una vez más la pobreza, sin hablar apenas de la pobreza misma. Hay que ver: entre las dos mil y pocas palabras que leyó ese día ninguna fue desigualdad o iniquidad o explotación o concentración o corrupción, y ni siquiera propiedad, tenencia o mercado. Revísese el texto: dos mil palabras acerca de la “condición lacerante” que padecen millones de mexicanos y ni una línea sobre el modelo económico en que esa laceración tiene lugar, ni una referencia a la asimétrica distribución de los recursos, ni el más mínimo esfuerzo por identificar las causas de la miseria y de su violenta persistencia a lo largo de nuestra historia. Nada. Dos mil palabras. Aplausos.

Lo que sí hubo aquel día en el discurso presidencial fue un leve asombro (¡oh, Chiapas, tantas “selvas, agua en abundancia, climas y productos variados” y tanta miseria!) y una clara intención de minimizar el problema de la pobreza, de ubicarlo en los márgenes del país y no en el centro mismo de la sociedad mexicana. El escenario elegido para el evento es ya significativo: una comunidad en los bordes de la nación, casi en la frontera con Guatemala, y no cualquier ciudad, donde la pobreza urbana no es menos masiva ni menos escandalosa. También sintomáticos son esa negativa a conectar el fenómeno de la miseria con otros procesos sociales y el anuncio, repetido cuatro veces por Peña Nieto, de que la “primera prioridad” de la campaña es y debe ser atender los cuatrocientos municipios más necesitados del país, como si la pobreza fuera un mal incrustado en sitios precisos y pudiera ser extirpado sin necesidad de alterar el resto del sistema. Al final no extraña que, con un diagnóstico tan insuficiente, el gobierno proponga lo que propone, una cruzada asistencialista animada por la ciudadanía (“Las mujeres y los jóvenes serán el ejército que movilizará la Cruzada”), y no políticas de redistribución o reformas al modelo económico.

A estas alturas la detención de Elba Esther Gordillo tiene aún a la mayoría de los columnistas preguntándose si esa acción fue tan solo un acto aislado del gobierno o si ya revela el estilo personal de gobernar del nuevo presidente. Por lo pronto, esto puede decirse: a cien días de la toma de posesión es ya posible identificar un estilo personal de hablar de Peña Nieto y –¡malas noticias!– no es muy distinto a lo mostrado aquel día en Las Margaritas ni a lo que acostumbran desde hace años los dirigentes de los regímenes neoliberales. Para empezar, el tinglado discursivo de Peña Nieto se monta sobre ese lugar común que tantos han venido masticando desde la caída del comunismo: la idea de que ha terminado la era de los grandes proyectos políticos y es hora de ser eficientes. El primero de diciembre, en Palacio Nacional, Peña Nieto lo puso de este modo: “La democracia plena llevó su tiempo, pero hoy la democracia ha logrado consolidarse y ser parte de nuestra cultura.” Un día después, en la firma del Pacto por México, agregó: ahora que la democracia es ya una “realidad irreversible”, no queda sino dar “el siguiente paso en el perfeccionamiento democrático: transitar del sufragio efectivo al gobierno eficaz.” Una y otra vez aparece entre sus palabras ese término, eficacia, lo mismo que la noción de que el Estado, para ser eficaz, debe adaptarse al ritmo y las circunstancias del mercado global. Es decir: el Estado no está ahí para alterar ese ritmo y esas circunstancias, y ni siquiera para servir de contrapeso a las dinámicas mercantiles, sino –tal como dejó ver la reforma laboral– para adecuar las leyes y estructuras al estado actual de las relaciones sociales. Es, al fin y al cabo, el argumento de la modernización que tantas veces han blandido los gobiernos latinoamericanos: vamos a destiempo, un paso atrás del mercado, y la prioridad es darle alcance, no desarrollarnos más equitativamente. Es, también, ese falso realismo que Jacques Rancière descubrió en las democracias consensuales: “la lógica policial del orden que afirma, en cualquier circunstancia, no hacer más que lo único que es posible hacer.”

Desde luego que un gobierno que insinúa que los proyectos ideológicos son cosa del pasado, y se define como un “gobierno facilitador” (EPN, 1 de dic.), hará cuanto sea posible para distanciarse de la dicotomía izquierda/derecha y situarse en un supuesto centro político. Desde luego que evitará mezclarse en polémicas culturales (véanse las tímidas referencias de Peña Nieto a la historia mexicana) y gastará un lenguaje técnico, desprovisto de toda ilusión política y saturado de términos (eficacia, excelencia, calidad) que rara vez alientan la controversia. Desde luego que revestirá sus acciones con un lenguaje de unidad y consenso (alianza, frente común, Pacto por México) y advertirá que todo disenso no es sino “encono” y “discordia” y que, por lo mismo, puede ser “desterrado” (EPN, 1 de dic.) con buena voluntad. Todas estos recursos retóricos, practicados por Peña Nieto en todos y cada uno de sus mensajes públicos, persiguen al final un efecto nada democrático: ocultar el conflicto, negar el antagonismo social y político.

Aunque ya un tanto obvio y gastado, este tipo de discurso no deja de plantear problemas a todos aquellos que, ubicados a la izquierda del espectro político, deseamos debatirlo. Por una parte, esconde su signo ideológico detrás de una superficie tecnocrática –y de ese modo condena a sus antagonistas a debatir técnicamente o a practicar una suerte de crítica que ya otros tacharán de paranoica o sospechosista. Por otra parte, al jugar la carta de la unidad y el consenso, reduce el espacio para el desacuerdo. Por ejemplo, si uno señala las limitaciones del Pacto por México y advierte sobre el peligro de acotar la política al acuerdo entre las fuerzas ya constituidas, ya escucha: ¿qué tú no estás con México? De un modo u otro, es urgente superar el impasse en que se encuentra la opinión pública de izquierda desde el primero de diciembre del año pasado (impasse solo roto por algunas voces aisladas y refrescantes, como las de los miembros del colectivo Democracia Deliberada) y oponer un discurso de veras crítico a las palabras del gobierno.

Ese contradiscurso, me parece, debe cumplir con, por lo menos, cinco tareas:

Primero, insistir una y otra vez en que debajo de las políticas y el habla de los dirigentes estatales hay una ideología y tiene nombre: neoliberalismo.

Segundo, poner en suspenso el término restauración (que tiene a muchos meditando si esta o aquella práctica es o no esencialmente priísta) y activar un signo que le va mejor al gobierno de Peña Nieto: continuismo.

Tercero, señalar cuantas veces sea necesario que el conflicto social existe, que no ha sido sembrado allí por el encono de algunos actores políticos y que no desaparecerá con acuerdos cupulares ni programas asistencialistas ni llamados a la buena voluntad.

Cuarto, rechazar la idea de que no hay más soluciones que las que el gobierno ofrece y alumbrar otras experiencias políticas y sociales exitosas, nacionales o comunitarias.

Quinto, denunciar todo intento de reducir la política al acuerdo entre partidos y grupos de poder y advertir que hay, y siempre habrá, otros muchos sujetos políticos: minorías, comunidades, multitudes.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, abril 2013

Juan Pablo Villalobos
Si viviéramos en un lugar normal
México, Anagrama, 2012, 188 p.

Una magnífica primera novela. Una novela corta de una loca originalidad que hiela la sangre. Cómica, convincente, terrorífica. En apariencia simple, pero altamente sofisticada. Una denuncia subversiva. Fulminante. Estos son apenas unos cuantos de los muchos elogios que ha recibido aquí y allá Fiesta en la madriguera (2010), la primera novela de Juan Pablo Villalobos, traducida casi de inmediato a catorce idiomas. A estas alturas los elogios deben sumar ya más de las ciento y pocas páginas del libro, en teoría uno de los acercamientos literarios más poderosos al asunto del narcotráfico en México. La novedad, se dice, estriba en la voz narrativa: es un niño, Tochtli, el que cuenta la historia de su padre, líder de un cártel, y la cuenta como, al parecer, lo haría un niño –sin explicaciones generales ni indagaciones periodísticas ni crítica política. La ventaja, se añade, es el punto desde el que se mira el fenómeno: no desde arriba, intentando comprender el sistema en que operan los cárteles, ni tampoco a ras de suelo, contando crímenes y cuerpos, sino a la altura de los ojos de un niño que de vez en vez se cuela entre los adultos y algo atisba.

Si me preguntan, es justo lo contrario: son esa voz y ese sesgo los que hacen de Fiesta en la madriguera uno de los relatos menos consistentes que se han producido de unos años para acá en torno al narcotráfico. Más todavía: en vez de proponer una perspectiva singular del asunto, la novela arrastra muchos de los tópicos a los que nos ha acostumbrado la así llamada narconarrativa (el capo, las joyas, el palacete) y repite no pocos de los hábitos que críticos como Oswaldo Zavala han ya denunciado –desdeña los procesos sociales, desprende a los cárteles de otras instancias políticas y financieras, se encandila con la titilante superficie del fenómeno. Sucede algo más grave y, eso sí, inusitado: como todo es narrado por un niño que opina que “la mayoría de los libros hablan de cosas que no le importan a nadie y que no sirven para nada”, y al que el mundo le parece enigmático y desmesurado, los cárteles aparecen como entidades misteriosas, casi etéreas, prácticamente inefables. Bonita narcopoética: creer que el narco es indecible, creer que la narrativa apenas dice.

Si viviéramos en un lugar normal es la segunda novela de Villalobos (Guadalajara, 1973) y no es intelectualmente más potente que la primera. La trama se sitúa esta vez en Lagos de Moreno, unos meses antes y unos meses después de la llegada de Carlos Salinas de Gortari a la presidencia, y refiere la historia de una familia –papá, mamá, siete hijos– que sobrevive, como se repite una y otra vez, a base de quesadillas (“quesadillas inflacionarias”, “quesadillas normales”, “quesadillas devaluación”, “quesadillas de pobre”). El narrador no es ahora un niño sino uno de los hijos mayores, Orestes, quien, ya adulto, recuerda su paso “de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a la juventud, alegremente condicionado por lo que algunos llaman visión pueblerina del mundo, o sistema filosófico municipal”. Hay, salpicados por aquí y por allá, inmigrantes polacos, sinarquistas furiosos, vacas inseminadas, naves espaciales y sandías psicotrópicas –así como en el otro libro había espadas de samuráis, safaris por África e hipopótamos enanos de Liberia– y hay, también, un persistente sentido del humor que depende, en buena parte, de la exageración y la caricatura.

En aquella novela Villalobos se acercaba al asunto del narco no para pensarlo ni cronicarlo ni denunciarlo: se acercaba a él y punto. Acá ya no sorprende que vuelva al México de finales de los años ochenta con un par de objetivos bastante irrelevantes: congelar ese país en una caricatura, burlarse un segundo después de la caricatura. Que nadie espere encontrar aquí una exhaustiva reconstrucción de esos años, o una radiografía del pasado con la mira puesta en el presente, o una mordaz crítica de los estereotipos que empleamos para pensar el México priísta. Lo que hay es una escritura que, convencida de su escaso poder crítico, se divierte con algunos lugares comunes y obliga a sus personajes a representar pesados roles alegóricos. Por allá aparece un policía, que muy pronto se torna el Policía, y por acá irrumpen el Profesor y el Político y el Rico y los Pobres. Solo en el penúltimo apartado todos entran en contacto y solo entonces el relato cobra cierta fuerza: se desvanecen los tipos, se alumbran las asimétricas relaciones entre unos y otros.

Lo que está en curso aquí es una suerte de restauración. Cuando uno lo creía ya vencido, se asoma en estas páginas ese mito que animó durante tanto tiempo a tanta literatura escrita desde y sobre México: el mito del México excepcional y surrealista. Ya lo advierte el título: este es un sitio como ninguno otro. Ya lo remachan todos y cada uno de los siete capítulos: este es un país tan peculiar que en él todo adquiere una tonalidad pintoresca y lo que en otros sitios se vive como tragedia aquí se experimenta como parodia y relajo. Da lo mismo si se habla de pobreza, corrupción, lucha de clases o, en el caso de Fiesta en la madriguera, violencia y narcotráfico: todo es puro folclore, típico desmadre mexicano, y es mejor reírse y hasta sentirnos un poquito orgullosos de lo singulares que somos. Bonita literatura para el sexenio que empieza: una narrativa que trae de vuelta viejos hábitos mientras se finge muy contemporánea.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, marzo 2013

Granta en Español
Número 13, otoño 2012, 294 pp.

Esto es lo que hay: un objeto –un objeto que mide 21 centímetros de alto por 15 centímetros de largo, pesa 440 gramos, cuesta 250 pesos en librerías mexicanas y tiene una cubierta rosa salpicada aquí y allá por unas cuantas esferas azules y no pocas letras rojas y negras.

En la tapa: el nombre de la revista, el número de la edición y veintitrés equis que se suceden mecánicamente hasta que aparece la ¿abreviatura? M E X.

En la contra: un código de barras, una dirección electrónica (www.duomoediciones.com) y una descripción, bastante inane, de los textos que se incluyen (“Fabio Morábito presenta al diablo”, “La envidia fraterna según Álvaro Uribe”, “La fórmula de la tranquilidad de Guadalupe Nettel”…)

Adentro: veintitrés anuncios publicitarios y el mismo número de intervenciones literarias, presentadas en aparente desorden, sin distinciones nacionales o genéricas. Ahora una pieza teatral de Hugo Hiriart. Ahora una viñeta histórica de Pablo Soler Frost. Ahora un cuento de Marie Darrieusssecq. Ahora una ficción autobiográfica de Valeria Luiselli. Ahora un relato de Alain-Paul Mallard, y una crónica de Stanley Booth, y un apunte de Richard Ford, y un recuerdo de Sandra Cisneros, y una pieza de David Miklos, y una narración de Verónica Murguía, y un manifiesto de Roberto Bolaño.

¿Qué hacer? ¿De qué manera leer este artefacto? ¿Como un número más de una revista literaria que, en sincronía con el espíritu de los tiempos, no pretende otra cosa que ofrecer un poco de entretenimiento? ¿Como una antología de cierta literatura mexicana? (¿Qué literatura?) ¿Como una intervención en un campo literario específico? (¿Qué campo?) Es inútil recorrer las páginas de este volumen en busca de pistas o aclaraciones: no las hay –no hay siquiera una nota que explique los criterios de la selección. Para encontrarse con alguna declaración de los editores Valerie Miles y Aurelio Major, es necesario ir más allá y visitar la página web de la revista o atender una entrevista aparecida en Milenio. Ahí uno descubre: que la literatura mexicana ha sido absorbida desde hace algunos años por el tema del narcotráfico y la violencia, que sin embargo tiene “otra cara”, que es hora de mostrar esa cara al mundo y que este número de Granta es –¡gracias, Granta!– una muestra de esa otra literatura mexicana.

Todavía hasta hace no mucho tiempo la mayor parte de las obras literarias se enunciaba desde un sitio preciso y, por lo mismo, era más o menos fácil ejercer el oficio crítico. Uno tomaba una obra y la leía dentro del marco nacional que le correspondía, revisaba sus afinidades y tensiones con un determinado canon, atendía la manera en que reafirmaba o deconstruía ciertos tropos locales y el modo en que interpelaba a una comunidad de lectores de contornos más o menos discernibles. Hoy, está claro, ese tipo de acercamiento es ya insuficiente, y en algunos casos, sencillamente imposible. Por ejemplo, si hubiera que fijar Granta en un solo sitio, ¿dónde sería? La marca es inglesa, la versión en castellano se edita en Barcelona, el grupo editorial que la financia es italiano y el ejemplar que tengo enfrente fue impreso en algún rincón de México. Más importante, ¿a qué público se dirige un número como este? En rigor, no a los lectores mexicanos pues, a estas alturas, ninguno de ellos necesita que se le descubran los nombres de Hugo Hiriart, Fabio Morábito o Álvaro Uribe y solo los más inocentes se creerán ese cuento de que la literatura escrita en el país padece una fijación con el narco y de que, por lo mismo, toda escritura que no se ocupe de ese tema es marginal y contrahegemónica. Siendo honestos, tampoco apela a ningún otro público nacional, y menos a una comunidad pequeña y concreta, sino a ese etéreo pero rentable auditorio panhispánico que ciertas editoriales españolas insisten en alimentar y regir desde Madrid y Barcelona. Es decir: se dirige a todos, se dirige a nadie.

Alguien dirá que, más allá de las transformaciones del circuito editorial, las instrucciones de todo volumen literario siguen siendo las de siempre: acercar la cara a la página y pasear los ojos de izquierda a derecha y de arriba abajo. ¿De verdad? Hágase el intento de leer estos textos, del primero al último, concienzudamente, y tarde o temprano se experimentará una cierta sensación de banalidad. ¿Qué hace uno leyendo tan en serio un objeto como este? Es como ir a la inauguración de una bienal de arte y obstinarse en contemplar exhaustivamente cada pieza y en ignorar todas las demás dimensiones del evento –los intereses económicos que lo animan, el performance de los asistentes, el código que los rige, las relaciones que se crean y desvanecen en el momento. Es obvio que lo que importa aquí y allá no son tanto las obras –logradas o fallidas, potentes o blandas– como las inclusiones y exclusiones que la selección genera: quién quedó dentro y quién quedó afuera. En el caso de Granta se conoce el objetivo de esas selecciones, no distinto al de tantos premios y festivales literarios: cotizar a ciertos autores y publicitarlos en el mercado. No por nada Mario Bellatin –capaz como ningún otro narrador mexicano de pensar a la vez la literatura y la institución literaria– respondió a la convocatoria de los editores de manera genial: entregando una página en blanco. ¡El texto es irrelevante!

Esto propongo: no abrir el volumen o, en todo caso, picotearlo con cuidado, sin dejarse absorber por la mancha de tinta, sin ceder a la costumbre de fascinarse con las palabras. En vez de pegar la nariz a la página, sugiero tomar distancia y pensar. Sí, pensar. Pensar este número de Granta no como una pieza literaria única sino como un producto cultural situado entre otros muchos productos culturales similares, inscrito en un determinado sistema editorial y con funciones primordialmente comerciales. Pensarlo como un fruto típico de cierta globalización literaria, a la vez dinámico e insulso, libre de ataduras genéricas y lastres nacionalistas pero desprendido también de toda comunidad de lectores y, por lo mismo, incapaz de incidir en un sitio y explotar aquí y ahora. Pensarlo como un objeto. Vamos, como una mercancía.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, enero 2013

La figura de Alfonso Reyes es a un tiempo fantasmal y abrumadora. Por una parte, Reyes es el autor de una obra inmensa y múltiple que contiene, entre sus miles de páginas, algunos de los ensayos, cuentos y poemas canónicos de la literatura mexicana; por la otra, es un escritor tan amplio y diverso que parece carecer de un núcleo preciso, de un texto emblemático capaz de representar todo su corpus, de una obra maestra bajo la cual puedan coincidir devotamente las nuevas generaciones de lectores. En cierto sentido, esa función de texto axial ha sido desempeñada, de un tiempo para acá, por un singular ensayo de juventud, “Visión de Anáhuac (1519)”, escrito en 1915, cuando Reyes tenía apenas 26 años y empezaba un exilio de una década en Madrid.

A estas alturas es ya imposible leer, de veras leer, “Visión de Anáhuac”. Sencillamente no hay manera de volver atrás y toparse, de golpe, con este texto tal como fue publicado por primera vez en San José, Costa Rica, en 1917: un texto nuevo, aislado, libre aún de su problemática condición de clásico. Hoy “Visión de Anáhuac” está ya inserto en una abultada trama de lecturas, críticas y rescrituras que lo han resignificado una y otra vez y que lo han incorporado, deformándolo, en debates sobre, por lo menos, el latinoamericanismo, el hispanismo, la conquista y la revolución. De hecho, “Visión de Anáhuac” es hoy ya todo eso: no solo las veintipocas páginas publicadas originalmente sino también las lecturas que ha soportado, las rescrituras que ha padecido, los años que han corrido.

Ahora, si de verdad fuera posible remontar todos esos años y llegar hasta el texto original, tampoco nos toparíamos con un material nítido y unívoco, dotado de un significado listo para ser desentrañado. La naturaleza misma del texto es ya compleja. ¿Qué es “Visión de Anáhuac”? ¿Un ensayo, un poema en prosa, una estampa histórica o un texto político que habla sobre la situación de México en 1915 mientras finge hablar sobre 1519? ¿Las cuatro partes en que está dividido se sitúan en 1519, año en que las huestes de Cortés desembarcan en México y llegan hasta Tenochtitlan, o van y vienen entre ese pasado y el presente en que el texto está escrito? ¿Sus páginas describen líricamente las costumbres, la vegetación y los paisajes de la capital mexica unos días antes de ser asolada por los españoles, o reconstruye la visión que los conquistadores tenían de esa tierra? ¿El texto adopta el punto de vista indígena y lamenta la desaparición de la cultura azteca, o adopta la perspectiva contraria y admira la presencia de los españoles en América? En todos los casos es imposible saberlo con certeza: el texto no tiene una respuesta enfática para estas preguntas o, mejor, tiene muchas respuestas, diversas y contradictorias. Es uno, el lector, el que responde al final esas interrogantes y arrastra el texto hacia un lado u otro. Así, cualquiera que asegure haber desprendido un sentido de este texto miente: él mismo ha depositado ese sentido ahí. Como senalaba Adorno, “La interpretación no puede extraer nada que la interpretación misma no haya introducido.”

Si “Visión de Anáhuac” es un texto elusivo es, en parte, porque tiene algunos de esos rasgos que el mismo Adorno identificaba en el ensayo: una escritura informe, “crítica del sistema”, “radical en el no radicalismo, en la abstención de toda reducción a un principio, en la acentuación de lo parcial frente a lo total, en lo fragmentario”. Es elusivo, también, justo por lo contrario: porque en vez de adoptar el recurso retórico típico del ensayo, la argumentación, opta por otro, la descripción. Basta leer los primeros párrafos de “Visión de Anáhuac” para notar que Reyes, en lugar de sentar alguna tesis, describe las estampas contenidas en la “peregrina recopilación” Delle Navigationi et Viaggi de Giovanni Battista Ramusio. Basta avanzar otro poco para constatar que, en vez de adoptar un solo punto de vista, se oculta detrás de varias voces, cita a distintos autores (Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, fray Manuel de Navarrete, Alexander von Humboldt) y va de una perspectiva a otra. Al revés del grueso de los ensayistas, Reyes argumenta poco y hace todavía menos por persuadirnos. Antes que discutir, ilustra: detalla paisajes, vestidos, alimentos. Es como si el texto aspirara menos a la condición de ensayo que a la de imagen. En cierto sentido, “Visión de Anáhuac” es ya eso –una imagen al interior del archivo mexicano– y, como toda imagen, es neutra: un elemento que, para significar, debe ser incluido en un discurso ideológico.

De un tiempo para acá se ha intentado incluir “Visión de Anáhuac” dentro de ciertos discursos posmodernos. Todavía más: se ha pretendido descentrar la figura de Reyes, firmemente ubicada en el centro del canon mexicano, y acercarlo a teorías precisamente opuestas a la idea de un canon universal y humanista –el posestructuralismo, el poscolonialismo, los estudios culturales. (Véase, por ejemplo, el potente ensayo “Alfonso Reyes y ‘el duelo de la historia’” de Ignacio Sánchez Prado [Armas y Letras núm. 55, 2006]). Aunque ese Reyes belicoso y poscolonial resulta bastante más atractivo que el Reyes humanista y bonachón que se estila en las historias de la literatura mexicana, no termina de parecer del todo convincente. Hay algo en Reyes, y particularmente en “Visión de Anáhuac”, que se resiste a ser colocado dentro del bando posthumanista. Ese algo es Reyes mismo –o más bien: su temperamento apolíneo, arielista, que, por una parte, lo aleja del nacionalismo mexicano y del tropos de la América salvaje y, por la otra, lo ata a un cierto conservadurismo político y lo opone a todo desorden social, en particular a la revolución que tiene lugar en México mientras él escribe su “Visión”. Fascinado con la templanza del Valle de México, la Revolución se le presenta a Reyes como un acto dionisiaco, calibánico, que atenta contra el supuesto equilibrio del paisaje. Mientras él elogia los esfuerzos del ser humano por someter la naturaleza a un orden, la Revolución actúa en sentido contrario: destruye las formas, revienta los moldes, reinstaura el caos. En tanto él advierte que, “de Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra”, los revolucionarios dinamitan los diques y provocan flujos sociales incontrolables. “Cuando los creadores del desierto acaban su obra –lamenta Reyes–, irrumpe el espanto social.”

El temor de Reyes a todo conflicto social y político no solo se transparenta en esa metáfora: está latente en la estructura misma de “Visión de Anáhuac”. Ya la selección del tema es sintomática: para registrar el encuentro de los mexicas y los españoles Reyes elige el año de 1519 y no el de 1521, cuando suceden los enfrentamientos más violentos y unos someten a otros. Elige los momentos previos al encuentro, el instante en que los españoles miran desde lejos la ciudad de Tenochititlán, y no el momento posterior en que unos y otros entran en contacto. Elige no la lucha entre los dos bandos sino los albores de la batalla, los últimos instantes de orden. No sólo selecciona ese momento: lo fija en imágenes, como si quisiera impedir que transcurrierra y dieran inicio las hostilidades. Imágenes, además, que capturan menos la estructura social de Tenochtitlan que su vegetación y paisaje. Imágenes que, como se quejaba Susan Sontag de las fotografías, son capaces de registrar las cosas pero no los procesos sociales que dieron origen a las cosas.

El mismo recelo ante el conflicto se manifiesta en otro elemento de “Visión de Anáhuac”: la despolitización de los sujetos que aparecen en el texto. Como Cortés y los españoles que lo acompañan son contemplados poco antes de violentar la ciudad mexica, mientras observan a lo lejos los palacios y los lagos, no aparecen como conquistadores sino como viajeros fascinados con lo que miran. Por medio de una complicada pirueta intelectual, son desprovistos de su capacidad de agencia y emergen como meros espectadores. En el mismo sentido funciona la única cita literal que se hace de un texto de Cortés: Reyes selecciona una expresión casual de las Cartas de Relación (las mieles de maíz y maguey, “¡mejores que el arrope!”) e ignora los repetidos pasajes violentos y racistas incluidos allí, con lo que Cortés aparece menos como la cabeza de los conquistadores que como un cronista fascinado con las costumbres americanas. Algo semejante ocurre cuando el texto se ocupa de Moctezuma: Reyes se demora imaginando su ropa y sus palacios. En uno y otro caso la política se esfuma y ambos sujetos, como el resto de los que cruzan el texto, se vuelven elementos de una composición poética, simples trazos de una imagen coherente y armónica.

El problema, al final, no es solo que esas estrategias retóricas tiendan a borrar el conflicto y la violencia de aquel 1519. Es, sobre todo, que aíslan a Reyes de lo que ocurre en México en 1915: de un lado, el paisajista y el transparente valle que advierte; del otro, la morena multitud que se obstina en irrumpir en el paisaje y volverlo un campo de batalla.

-RAFAEL LEMUS
Letras Libres, diciembre 2012

Una serie en openDemocracy sobre cómo se ven las elecciones estadounidenses desde distintas partes del mundo.

Mi intervención, aquí.

Tryno Maldonado, Teoría de las catástrofes, Alfaguara, México, 2012, 433 pp.

 

El 22 de mayo de 2006 cientos de maestros de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación instalan un plantón en el centro histórico de la ciudad de Oaxaca. Tres semanas más tarde la policía del estado dispara gases lacrimógenos y balas de goma contra ellos con el fin de desalojar la plaza –y fracasa en el intento. Al día siguiente se constituye la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (appo), una suma de organizaciones civiles, algunas de ellas bastante radicales, que coinciden en una demanda: la renuncia del gobernador Ulises Ruiz. El conflicto escala: la appo toma carreteras y oficinas públicas, ocupa televisoras y radiodifusoras, reúne a cientos de miles de personas en sus marchas. En el centro de la ciudad –resguardado por barricadas y de vez en vez por vehículos oficiales incendiados– los sublevados mandan durante meses: se autogestionan, discuten y acuerdan y disputan, aplican –no sin saña– sus propias leyes. Finalmente el 29 de octubre, después de numerosos enfrentamientos entre la appo y las fuerzas de seguridad locales, la Policía Federal Preventiva entra con tanquetas al estado y toma la plaza. Un mes más tarde son levantadas las últimas barricadas del movimiento. El saldo del conflicto: veintisiete muertos, siete desaparecidos, cientos de casos de tortura y un ex gobernador impune –y coleando.

A estas alturas ya no sorprende que esos hechos hayan llamado la atención de cronistas y fotógrafos y cartonistas pero no la de los distraídos narradores mexicanos. Asombra, sí, que sea justamente Tryno Maldonado el que se desprenda del grupo y se atreva a ocuparse de aquellos meses en Teoría de las catástrofes. Asombra porque nada en sus novelas anteriores (Viena roja, 2005, y Temporada de caza para el león negro, 2009) delataba un interés por la política nacional y porque todo en aquella fallida antología de narradores mexicanos que coordinó (Grandes hits, vol. 1, 2008) celebraba el temperamento apolítico de sus contemporáneos. Desde luego no es que Maldonado (Zacatecas, 1977) haya sufrido, de pronto, una transformación extrema y que esta obra –súbitamente encendida por un cierto furor militante– abandone la esfera de lo literario y se acerque al panfleto o al documento de denuncia. Casi por el contrario: un personaje se encarga de subrayar por ahí que no es lo mismo un libelo que una novela y esta obra exagera a veces sus elementos novelescos (algo de melodrama, algo de lirismo, algo de psicologismo) como para no ser acusada de panfletaria. No es tampoco que el radicalismo de los sujetos representados contagie la forma de la obra y que esta sea un dispositivo de escritura radical. Es una novela, punto. Una novela de aspecto más o menos convencional, relatada linealmente por un narrador omnisciente y entretenida lo mismo en referir los acontecimientos del conflicto oaxaqueño que las desventuras amorosas de su protagonista, un tal Anselmo Santiago.

Ahora: Teoría de las catástrofes no es una novela cualquiera. Es, qué duda cabe, la mejor novela de Maldonado y uno de los tres o cuatro libros relevantes de su generación. Si no se cree, léanse y reléanse sus últimas cien o ciento cincuenta páginas, ya desprendidas de las tramas secundarias que lastran un poco la primera parte y dedicadas por entero a relatar la represión del movimiento. Autores más políticos, confesamente militantes, no han logrado exponer con tal eficacia la brutalidad de los aparatos de seguridad del Estado mexicano. La representación de la violencia a que nos ha acostumbrado buena parte de la “literatura del narco” luce, por otro lado, tópica, atestada de clichés, al lado de estas páginas. Y sin embargo no es eso, esos pasajes de ruido y furia, lo que distingue a esta novela. Es otra cosa: la astucia con que se acerca a la política, la densidad con que concibe el poder.

Lo primero es la actitud de Maldonado ante el evento. Lo más fácil, cuando un movimiento popular estalla, es reducirlo a dos o tres factores inmediatos (la corrupción del sindicato de maestros, la corrupción del gobernador en turno) y comprenderlo dentro de un marco de referencias previas (es el priismo de siempre, es el radicalismo de los sesenta). Aquí Maldonado ofrece espacio a esos argumentos –un personaje despotrica contra el sindicato mientras otros escupen sobre el infame Ulises Ruiz– pero va bastante más allá y atiende la particularidad del acontecimiento, la manera en que crece y rebasa el conflicto magisterial, el modo en que se enciende y explota y es, finalmente, destruido. Porque sabe que todo evento es al fin y al cabo distinto a todos los demás eventos es capaz de referir la irrupción de una comunidad –efímera y particular, terrible y atractiva, a la vez violenta y víctima de la violencia– al interior de la sociedad oaxaqueña. Porque se mantiene alerta ante el acontecimiento puede atender el habla de los otros y potenciar su escritura con un léxico (brigada, barricada, asamblea, comunidad, terrorismo de Estado…) que muchos otros considerarían, ay, poco literario.

Lo segundo es la posición de Maldonado ante el evento. Los últimos años –con sus decenas de miles de muertos a manos del crimen organizado– nos han acostumbrado a que los escritores mexicanos que no callan se suelen alinear, casi automáticamente, del lado de las víctimas. Algunos valientes se atreven incluso a afectar un poco la voz y a hablar, desde la comodidad de su estudio, en nombre del anónimo campesino caído o del inmigrante centroamericano decapitado. En esta novela la relación entre escritor y víctima, autor y activista, escritura y acción, está, por fortuna, problematizada. En principio, la historia es contada en tercera persona y el narrador omnisciente deja ver su simpatía por el movimiento pero se cuida de hablar en su nombre o, peor, en el de alguno de los muertos. Después, el personaje principal –Anselmo– es un profesor de matemáticas no sindicalizado que alguna vez estudió literatura y tiene ciertas pretensiones intelectuales, y por todo ello es visto con desconfianza por los activistas que sostienen el plantón en la plaza. De hecho, Anselmo se mantiene a lo largo de casi toda la novela fuera del movimiento, del otro lado de las barricadas, y solo consigue entrar hasta su centro –que de todos modos no acaba de entender– cuando una de las rebeldes le abre paso. Si al final es abatido por la brutalidad policiaca y paramilitar (imposible distinguirlas en las últimas páginas) no es porque sea parte del movimiento sino porque el Estado ha decidido reimponer el orden y lo hace, claro, mediante una violencia ciega y desproporcionada.

Lo tercero, y último, es la manera en que la novela atiende lo que está más allá del evento. Es decir: Maldonado mira con fascinación el acontecimiento, los días y noches del conflicto, pero también mantiene la mirada fija cuando el movimiento es aplastado y se disgrega. Lo que observa es que las barricadas son levantadas y la ciudad regresa al “orden” pero la violencia no cesa; tan solo abandona la plaza principal y vuelve adonde estaba, a los sótanos de la sociedad oaxaqueña. Dicho en los términos de Zizek: desaparece la violencia subjetiva –la que los medios cubren– pero persiste la violencia sistémica que hace posible ese orden. La violencia del agente del ministerio público que orilla a una de las protagonistas a declarar que tuvo relación con el movimiento, que es una puta y que por eso “le ocurrió lo que le ocurrió”. La violencia permanente –social, económica, racial– en la segunda entidad más pobre del país. La violencia de todos los días en un estado donde, según datos del gobierno federal, dos terceras partes de la población viven en la pobreza y cerca de un millón de indígenas sobrevive en un estado de “inseguridad alimentaria”. El horror, el horror.

-Rafael Lemus

Letras Libres, octubre 2012

Escribo en la Biblioteca Pública de Nueva York. Frente a mí un hombre –negro, canoso, traje a cuadros percudido– lee un libro (descubro: el Mercer Dictionary of the Bible), toma notas en una gastada libreta amarilla y de vez en vez levanta la vista y sacude sus manos en el aire, como si dictara, quién sabe, un hipotético sermón. A mi lado una joven ignora el espectáculo y escribe (ya no en una libreta sino en una MacBook) asistida por tres o cuatro diccionarios regados sobre la mesa. Otras doscientas, trescientas personas atestamos las mesas de trabajo de la sala de lectura –la imponente Rose Main Reading Room– mientras una persistente fila de turistas entra al lugar, se pasea por los pasillos, toma alguna fotografía y sale de vuelta hacia las calles de Manhattan.

Desde hace un par de años trabajo con frecuencia en esta biblioteca y ya les puedo decir: es uno de los mejores sitios en que uno puede estar. Claro: es demasiada la gente que entra y sale y es demasiado, de pronto, el ruido. Desde luego: puede ser una lata llenar a lápiz una papeleta tras otra y esperar quince, veinte minutos a que los libros lleguen a uno. Pero basta admirar la sala de lectura, con sus macizas mesas y sillas de roble, o la biblioteca toda, con su fachada de mármol, para creer una vez más que el trabajo intelectual importa y tiene peso. Además, cinco millones de títulos están ahí, literalmente a los pies de cualquiera que se acerque y solicite un ejemplar. Así de fácil: sin costo alguno, sin necesidad de pertenecer a una institución académica, sin que ningún especialista en derechos de autor se interponga entre el lector y la obra. Al final no asombra que esta biblioteca –el Schwarzman Building en la Quinta Avenida y la Calle 42– sea la estrella del sistema bibliotecario neoyorquino y uno de los puntos emblemáticos de la ciudad.

Y sin embargo, a principios de este año, el patronato de la biblioteca aprobó un ambicioso plan para transformarla. La idea –se dice– es vender los edificios que hoy albergan a la Mid-Manhattan Library y a la Science, Industry and Business Library y apretar ambas bibliotecas dentro del recinto de la Quinta Avenida, creando de ese modo una inmensa Central Library. Desde luego que para hacerle espacio a esas dos instituciones habría que modificar el edificio. Esta es la idea: demoler los siete pisos de estantes que desde hace 101 años sostienen la sala de lectura y enviar tres y medio de los cinco millones de libros que están ahí a una bodega en Princeton, Nueva Jersey. De llevarse a cabo el plan, al final no habría una sino dos bibliotecas: abajo, una biblioteca de préstamo diseñada por Norman Foster y bien pertrechada de cafés y sofás y computadoras; arriba, una biblioteca de investigación, con su sala de lectura intacta pero suspendida en el vacío, su acervo ya del otro lado del Hudson.

Para justificar el plan, el presidente del patronato, Tony Marx, ha deslizado un argumento económico: son tiempos de austeridad y la institución no puede darse ya el lujo de mantener aparte aquellas dos bibliotecas; además, los edificios que las contienen valen millones (alrededor de cien millones de dólares cada uno) y ese dinero podría ser empleado para reconstruir el Schwarzman Building, extender sus horas de operación y contratar más bibliotecarios. Por otro lado: son tiempos digitales y es hora de actualizar la biblioteca, ofrecer nuevos servicios, “reemplazar libros con personas”. Finalmente: no se corre peligro alguno. Que se relajen los conservacionistas: ni la fachada ni la sala de lectura del Schwarzman Building serán tocadas. Que se despreocupen los investigadores: los libros más consultados permanecerán en el sitio y los demás serán traídos de Princeton a Manhattan en no más de 24 horas.

Previsiblemente el anuncio de este plan desató, en un segundo, una encendida batalla. En mayo más de setecientos escritores –entre ellos Mario Vargas Llosa, Salman Rushdie y Jonathan Lethem– firmaron una carta abierta en la que manifestaban su preocupación ante los cambios propuestos. También en mayo Charles Petersen publicó en la revista N+1 un extenso, documentadísimo ensayo contra el proyecto que nutrió otros muchos ensayos críticos y que terminó motivando un foro de discusión entre promotores y opositores en The New School. Entre los opositores hay quienes rechazan toda alteración del edificio, monumento histórico de la ciudad, y quienes advierten sobre los riesgos de apostarle de lleno a los libros digitales, sobre todo porque los soportes de hoy podrían no ser los de mañana y porque las leyes de derechos de autor obstaculizan por lo pronto, y quién sabe durante cuánto tiempo más, el libre acceso a ellos. Otro de los argumentos se ha escuchado ya en México: ¿para qué gastar millones en la creación de una megabiblioteca cuando lo más urgente es fortalecer las pequeñas y maltrechas bibliotecas de los barrios? El argumento principal, sin embargo, es que la fusión de las tres instituciones terminaría afectando a la biblioteca ya existente en la Quinta Avenida, una biblioteca de investigación, y de no préstamo, cuyo objetivo no es atender al lector ocasional que busca de vez en vez una o dos novelas sino a los investigadores que solicitan de golpe quince o veinte libros y se instalan todo el día en una de las mesas de trabajo.

Democracia: esa es una de las palabras clave en todo esto y está en boca tanto de los entusiastas como de los críticos del proyecto. Los entusiastas afirman que el plan haría más democrática la biblioteca y agregan: circularía más gente, se prestarían más libros. Algunos sugieren, incluso, que quienes se oponen al proyecto lo hacen porque, al fin y al cabo, no son demócratas y porque les repele la idea de que más y más personas anden por ahí, platicando, actualizando su perfil de Facebook en alguna de las computadoras, solicitando el primer volumen de The Hunger Games o la última temporada de Mad Men. Pero está claro que no es eso lo que asusta. Asusta que, en aras de consentir a esos lectores (atendidos ahora en la Mid-Manhattan Library), se sacrifique un espacio de investigación plenamente democrático. Porque vaya que la Biblioteca Pública es un espacio democrático. Lo ha sido desde aquel día de 1911 en que un migrante ruso-judío de 23 años abandonó su departamento en el Bronx, viajó a Manhattan, cruzó el umbral de la biblioteca, llenó a lápiz una papeleta y solicitó el primer libro en la historia de la institución –un ensayo en ruso sobre las obras de Nietzsche y Tolstoi. Lo es hoy, cuando cualquiera puede consultar el acervo y cuando funciona como la biblioteca primaria de los estudiantes de la universidad pública de la ciudad. ¿Lo seguirá siendo en el futuro si, en su afán de tornarse más popular, obstaculiza la investigación de los alumnos de los colegios públicos y de los investigadores independientes y de ese modo contribuye otro poco a la hegemonía de las universidades privadas?

Si me preguntan, lo que más me molesta es ese afán de acabar con la excepcionalidad de la Biblioteca Pública y de ponerla a tono con las lógicas hegemónicas. Hay aquí un espacio de sociabilidad alterno, con sus propias normas de contacto e intercambio, y hay allá un deseo de alterar ese espacio no para protegerlo o enriquecerlo sino para someterlo de una vez por todas a los ritmos del mercado y la cultura del entretenimiento. El edificio es majestuoso –no importa, hay que remodelarlo y confiarle a Norman Foster que lo arrastre hacia las modas de la arquitectura contemporánea. La biblioteca de investigación funciona –no importa, hay que reducirla y hacer que quepa allí una biblioteca de préstamo donde circulen más y más personas. El espacio es ya democrático –no importa, hay que volverlo más popular, ofrecer lo que la mayoría quiere, rendirse ante la tiranía de las estadísticas.

Se ha dicho que oponerse a la reconstrucción de la Biblioteca Pública de Nueva York supone adoptar una posición eminentemente conservadora. Por el contrario: significa resistirse al desmantelamiento de una biblioteca de investigación, defender la existencia de espacios alternos, sostener que dentro de este mundo caben otros mundos.

-Rafael Lemus
Letras Libres, septiembre 2012

Todavía hasta hace no mucho tiempo un escritor mexicano escribía resignadamente para los lectores mexicanos. Se sabía que solo unas cuantas obras literarias conseguían atravesar las fronteras del país y que aún menos alcanzaban a dar el salto a otro idioma y, tal vez por lo mismo, se producían libros y libros obstinados en descubrir o construir o derruir la identidad nacional. De dos décadas para acá, sin embargo, es bastante más fácil rebasar los bordes de las literaturas nacionales y circular en ámbitos más amplios. Nada más hay que ver: hoy son legión los narradores latinoamericanos que tienen agentes y viajan a ferias y son publicados en España y traducidos a uno y otro idioma. Además: si son traducidos, rara vez es porque sus obras hayan tenido cierto impacto al interior de sus literaturas locales y demanden circular en otros sitios. Casi por el contrario: si tienen algún impacto en su país es porque han sido editadas en un sello español o porque se sabe que serán traducidas o porque sus autores han sido previamente legitimados en eventos internacionales.

Desde luego que los escritores que se benefician de este orden de cosas murmuran una y otra vez que todo se debe a su talento, como si sus obras fueran necesariamente superiores a las de esos colegas que, pobres, no son atendidos más allá de su país o a las de aquellos viejos que, tontos, no supieron escribir más que en clave nacionalista. Desde luego que no es así. Si los narradores latinoamericanos circulan hoy más que antes no es porque sean mejores o más universales que los narradores latinoamericanos del pasado sino porque, sencillamente, hoy es más fácil andar por circuitos internacionales. Piénsese en internet y las redes sociales. Piénsese en el alcance de las editoriales españolas. Piénsese, sobre todo, en el presente económico: un capitalismo global que rebasa el marco de los estados nacionales y demanda mercancías, cada vez más mercancías, que puedan viajar ligeramente.

Ya se sabe que las fuerzas económicas se acompañan siempre de discursos que tienden a justificar sus prácticas. Se conoce también el gastado truco de esos discursos: minimizar precisamente los factores económicos y explicar los fenómenos en clave meramente simbólica. Así sucede en el ámbito editorial: a la vez que se expande y globaliza el mercado, irrumpen discursos que presentan el fenómeno no como resultado de ciertos procesos económicos sino como una victoria casi espontánea del universalismo, como una conquista del espíritu humanista. Puede verse: a partir de los años noventa se suceden textos y manifiestos –sí: McOndo y el Crack en el caso latinoamericano– que proclaman la extinción de las literaturas nacionales y el nacimiento de una literatura mundial en la que todos los escritores participan, feliz, pretendidamente, en igualdad de circunstancias.

Pocos entre nosotros han expuesto con más convicción este discurso que Christopher Domínguez Michael. En un ensayo (“¿El fin de la literatura nacional”) publicado primero en la Nouvelle Revue Francaise (núm. 575, 2005) y luego en el periódico Reforma (El Ángel, 21 de agosto, 2005) Domínguez Michael sostiene que, gastada la “identificación romántica entre cultura y nación”, las literaturas nacionales están a punto de extinguirse y diluirse “en el seno de la literatura mundial”. No cualquier literatura mundial: una república de las letras que, gracias a los efectos de la globalización, es ya de veras mundial y se diría que casi idílica. Una república democrática, sin fueros ni excepcionalismos: “Es hora de asumir que la fiesta terminó y que el precio de haber ganado un lugar en la literatura mundial se traduce en el fin de nuestra excepcionalidad y de los fueros que el realismo mágico, falso o verdadero, conllevó.” Una república igualitaria, sin centros ni periferias: “Hoy día, un escritor mexicano o colombiano tiene la misma oportunidad sobre la tierra –para seguir parafraseando a García Márquez– que un escritor checo o irlandés, para insistir en otras viejas periferias que, como la latinoamericana, acabaron por ocupar el centro.” Una república pacificada, desprovista de tensiones poscoloniales: “Salvo en el alma envenenada de racismo invertido de algunos profesores, no existe, ni ha existido jamás, en México ni en el resto de América Latina, una ‘literatura postcolonial’.” En suma, una literatura mundial que es, curiosamente, el envés del mundo: justa y apacible, alumbrada por “el universalismo de las Luces” y en la que el “talento individual” termina siempre por imponerse.

Por supuesto que hay algo de verdad en todo esto: los mitos sobre el alma nacional han sido felizmente vapuleados y –como han mostrado Pascale Casanova, Franco Moretti y otros teóricos de la World Literature– los esquemas nacionales con que suelen estudiarse las literaturas no alcanzan ya a referir los acelerados procesos de transferencia cultural actuales. También es cierto que existe un vasto circuito internacional de comercio de libros en el que cada vez más actores participan y para el cual cada vez más narradores escriben. Lo que cuesta aceptar es esa idea de que las literaturas nacionales se han extinguido cuando está claro que los imaginarios nacionales siguen pesando, que los mercados locales y globales se traslapan y que las obras culturales participan a la vez, y con efectos distintos, en ámbitos locales, nacionales e internacionales. Lo que de plano no se puede tolerar es esa noción de que la literatura mundial es una república justa y apacible. No: es asimétrica y el poder y la voz están distribuidos inequitativamente. No: es jerárquica y existen centro y periferia, literaturas mayores y menores, idiomas más y menos atendidos, poéticas más y menos rentables.

Al final del día no existe ningún escritor mundial. Lo que hay son escritores plantados en un sitio u otro, afectados por estas o aquellas ideologías, atados a un idioma, que escriben obras que apelan a unos lectores y no a todos. Los escritores mundiales, por tanto, deben ser producidos –y rápidamente. En nuestras sociedades de consumo el mercado editorial no puede esperar a que un autor se imponga por sí solo y traspase poco a poco sus fronteras locales; debe mundializar escritores cuanto antes. ¿Cómo? Por medio de la publicidad y el espectáculo. Así: con giras de promoción, con encuentros internacionales, con concursos literarios cuyo cometido no es tanto reconocer el trabajo de un autor como producir capital –capital simbólico para los nuevos y viejos autores que reciben el premio, capital a secas para las empresas editoriales que organizan todo el tinglado. Además, ya creado ese escritor mundial, es difícil que caiga y vuelva al ámbito de donde vino. El tipo puede perpetrar las obras más atroces y los críticos pueden cebarse casi unánimemente contra ellas y no pasará demasiado: los dardos de los críticos rara vez atraviesan las fronteras y apenas si pueden contra el prestigio de una figura avalada por las grandes editoriales y los grandes premios.

Buena parte de este espectáculo está montado, en el caso latinoamericano, por empresas e instituciones españolas. Tusquets, Anagrama, Babelia, la versión en castellano de Granta, el Instituto Cervantes, la Casa de América. O mejor todavía: Santillana, Planeta, Random House Mondadori. En otros tiempos uno hubiera recordado que, detrás de los discursos panhispanistas formulados desde España, suele ocultarse –como quería Fernando Ortiz– una ideología “neoimperialista” que, a la vez que proclama la existencia de una cultura común a todas las naciones de lengua castellana, tiende a ocultar las radicales diferencias socioeconómicas entre España y algunos países latinoamericanos y a justificar los intereses comerciales de las empresas españolas en América Latina. Ahora que el orbe literario es supuestamente amigable y los reclamos poscoloniales son solo producto de “almas envenenadas”, al parecer no queda más opción que aplaudir y sumarse acríticamente al espectáculo.

Uno de los trucos que más se celebra a los escritores latinoamericanos en ese espectáculo globalizado es desdeñar sus escenarios nacionales y ubicar sus ficciones en la Alemania nazi o en algún rincón de Asia, “luchando –como ha escrito Enrique Serna– contra el estigma nefando de haber nacido en la colonia Narvarte”. Otro es escribir un español “estándar”, sin marcas regionales, listo para ser traducido. Parecería incluso que para algunos escritores la lengua no es ya su materia prima sino un lastre: eso que delata un origen, eso que dificulta el libre tránsito de las mercancías. Un último y multipremiado truco: maquilar una escritura que viaje por todas partes y no incida en ninguna, que consienta a distintos públicos y no afecte a ninguno; una escritura que, en vez de arrastrar esos reclamos de reconocimiento característicos de las literaturas menores, se crea el cuento de que ya no hay periferia y de que todos habitamos parejamente el mundo.

Que quede claro: no se trata de tomar el lápiz y recalcar los bordes de las literaturas nacionales, y menos todavía de atizar el burdo nacionalismo y alentar obras folclóricas o esencialistas. Justo lo contrario: hay que aprovechar que el campo de acción se ha extendido y arrastrar las disputas ideológicas más allá de las fronteras. Porque vaya que hay motivos de disputa. Porque el escenario, aunque globalizado, sigue siendo injusto. Porque, al fin y al cabo, esa literatura mundial que tantos celebran no es el fin de la historia.

- RAFAEL LEMUS
Letras Libres, julio 2012

Hace tres semanas voté desde el extranjero por Andrés Manuel López Obrador.

Si voté por él no fue porque lo crea un candidato ideal ni porque considere que la izquierda que él encabeza sea la mejor izquierda posible.

Voté por AMLO porque me opongo a la restauración del régimen priista –que todavía ni siquiera terminamos de demoler.

Voté por AMLO porque me opongo a la continuación de una política económica que, durante los últimos doce años, ha provocado que la economía mexicana crezca cuatro veces menos que las demás economías latinoamericanas y nueve veces menos que las economías de los países emergentes.

Voté por AMLO porque me niego a votar por una candidata que, disfrazada de novedad, desliza una agenda retrógrada que, entre otras cosas, no reconoce el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y su vida reproductiva.

Voté por AMLO porque me niego a votar por un candidato formado, defendido, maquillado, producido, mimado por Televisa.

Voté por AMLO porque viví en la ciudad de México durante los años que él la gobernó y creo que la gobernó bien.

Voté por AMLO porque repudio la contraproducente política de seguridad de Felipe Calderón que, entre otras cosas, incrementó la violencia en 31 de los 32 estados de la república, multiplicó los homicidios en las entidades donde aplicó los operativos militares y dejó una estela de –¿cuántos?– sesenta, setenta mil cadáveres malamente identificados y perversamente tachados, casi siempre sin pruebas, de narcos y sicarios.

Voté por AMLO porque –según datos del Coneval– casi la mitad de la población del país (52 millones de personas) vive en la pobreza y doce millones en la pobreza extrema y solo un proyecto de izquierda es capaz de entender que la prioridad es abatir la miseria.

Voté por AMLO porque en México el poder y el dinero y el espacio y el tiempo están mal repartidos y es hora de aplicar severas políticas de redistribución y solo un proyecto de izquierda podría revertir la criminal concentración de los recursos.

-RAFAEL LEMUS

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